Félicien Marboeuf, considerado «el más grande de entre los escritores que no han escrito nunca nada», autor de una serie de magníficas novelas no escritas y ciudadano de honor de Glooscap, lugar situado en algún punto de la costa de Canadá. Alain Bublex, que es el creador de esa ciudad, lleva más de una década trazando incesantemente mapas de distintas épocas de Glooscap, fotografiando o diseñando sus improbables edificios y coleccionando tarjetas postales de los mejores rincones de ese lugar inventado. No me extrañaría que pronto comenzaran a aparecer ofertas de viajes a Glooscap. Y si no, al tiempo.
Allí mismo, en lo alto del Paseo, Jérôme Darrieux me informa de que, justo en los suburbios de la utopía moderna de Glooscap, ha comenzado a renacer la antigua y retrógrada utopía del señor Aaron Rosenblum, de la que hablaba ya J. Rodolfo Wilcock en La sinagoga de los iconoclastas. Hay que decir que, cronológicamente, la utopía de Rosenblum no fue afortunada: el libro que debía hacerla famosa, Back to Happiness or On to Hell (Atrás hacia la felicidad o adelante hacia el infierno), apareció en 1940, precisamente -dice Wilcockcuando el mundo pensante estaba mayoritariamente entregado a defenderse de otro plan, no menos utopista, el nazi. De hecho, Rosenblum confiaba en el apoyo de Hitler, ya que ambos perseguían el mismo objetivo: la felicidad de la gente de bien.
Rosenblum había comenzado por preguntarse cuál había sido el periodo más feliz de la historia mundial y, considerándose inglés y, como tal, depositario de una tradición perfectamente definida, había decidido que el periodo mejor había sido el del reino de Isabel, bajo la sabia conducción de Lord Burghley, pues entre otras cosas había producido a Shakespeare y, además, en aquel periodo Inglaterra había descubierto América.
Así que el plan de Atrás hacia la felicidad era el siguiente: devolver el mundo a 1580. Abolir el carbón, las máquinas, los motores, la luz eléctrica, el maíz, el petróleo, el cinematógrafo, las carreteras asfaltadas, los periódicos, los Estados Unidos, los aviones, el voto, el gas, los papagayos, las motocicletas, los Derechos del Hombre, los tomates, los buques de vapor, la industria siderúrgica, la industria farmacéutica, Newton y la gravitación, los pavos, la cirugía, los trenes, el aluminio, los museos, las anilinas, el celuloide, Bélgica, la dinamita, los fines de semana, la enseñanza obligatoria, los puentes de hierro, el tranvía, la artillería ligera, los desinfectantes, el ácido bórico, el café.
Es evidente que hay quien tiende hacia la Edad Media y quien lo hace hacia el Imperio Romano, otros al Estado de la Gente de Bien (los retrógrados de mi país) y hay quien incluso es partidario del retorno al Mono. El espíritu de Rosenblum, rancia herencia de nuestro pasado, sigue recorriendo España de la mano del jefe de la oposición, un señor llamado Rajoy.
Decido no separarme de Darrieux hasta que me explique qué está mirando con tanta fijación desde lo alto del Paseo de Sant Joan. Me cuenta finalmente que mira el rascacielos de Gas Natural que, hace ya tres años, impide que desde lo alto del Paseo pueda verse el mar como se había visto siempre hasta que lo taparon con ese edificio desafortunado y nada utópico. Le hablo entonces de los empleados que trabajan en las oficinas de ese rascacielos y que acaban de verse afectados por una lipoatrofia semicircular, enfermedad causada por la electricidad estática y la falta de humedad. Darrieux, con sus ojos más iluminados que nunca, me asegura entonces que, aunque sabe de personas que lo sospechan, no cree que exista una maldición evidente del Paseo de Sant Joan contra ese edificio. Y menos aún cree que los Rosenblum y toda su gente de bien, los que conspiran en los suburbios de Glooscap, puedan arreglar ese atentado a la belleza y la pérdida del mar. Los Rosenblum son toda esa gente de bien que nos llevaron a la guerra de Irak por nuestro propio bien. Los Rosenblum, concluye, no han arreglado nunca nada, ni en la Edad Media.
Me acuerdo del García Márquez de sus inicios y de unas líneas que modificaron discretamente mi concepción de la escritura, unas líneas que en su primerizo relato breve Isabel viendo llover en Macondo describían la aparición de un perseguidor en la niebla tropical, una persona invisible que sonreía en la oscuridad. Esa risa del perseguidor me quedó para siempre grabada en la memoria, la recuerdo muy bien. Recuerdo que, tras el largo diluvio que se desploma sobre Macondo durante una semana en la que las personas del pueblo quedan narcotizadas por la lluvia, el tiempo de pronto comienza a cambiar y escampa y se extiende un silencio, una tranquilidad, un estado tan perfecto como imaginamos que debe de ser la muerte. En ese silencio misterioso y profundo se oye una voz clara y completamente viva. Luego un viento fresco sacude la hoja de la puerta, hace crujir la cerradura, y un cuerpo «sólido y momentáneo, como una fruta madura», cae profundamente en la alberca del patio. Entonces llegan las frases que subrayé como un loco: «Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.»
Y también recuerdo cómo el tiempo quedó suspendido -tal vez flotando en una niebla ardiente- la tarde en que me encontré con otro perseguidor en un texto en el que García Márquez, recordando sus días juveniles en París, hablaba del día en que sintió los pasos en la niebla de un hombre que creyó que era un perseguidor, y lo pensó así porque andaba muy escamado y había estado horas calentándose en el «vapor providencial de las parrillas del metro» eludiendo a los policías que le golpeaban en cuanto le veían, pues le confundían con uno de los tantos argelinos a los que masacraban en aquellos días en París: «De pronto, al amanecer, se acabó el olor de coliflores hervidas, el
Sena se detuvo, y yo era el único ser viviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente de Saint-Michel, sentí los pasos de un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante en el que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando.»
Dos perseguidores: uno invisible en el trópico, sonriendo en la oscuridad; el otro, llorando en Europa, en la luz fugaz de un puente parisino. A veces me parece que los dos, atrapados entre la risa y el llanto, son una misma persona, la misma que se encuentra uno cuando lee al García Márquez primerizo.
Comenzar es muy fácil. Pero lo malo viene después, cuando hay que seguir dando la talla. Al principio, uno comienza, llega, busca la protección de un grupo generacional y se come el mundo. Lo difícil viene después, cuando hay que seguir comiéndose el mundo. Lo más difícil es mantenerse, y ya no digamos acabar. Ödön Von Horváth solía decir: «La mayor alegría del mundo es comenzar.» Pero no pasará a la historia por eso, sino precisamente por su manera de acabar. Murió fulminado por un rayo en plenos Champs Élysées de París. Von Horváth fue un caso raro como escritor, porque supo comenzar y acabar.
«Al principio era la palabra. Después la palabra se volvió incomprensible» (Ennio Flaiano, citado por Nicole Kraus en un hotel de Liubliana).
En el último día de este invierno primaveral recibo inesperadamente en casa La ciudad en invierno, el título que me recomendara fervientemente ayer Lolita Bosch por teléfono. ¿Es una casualidad o ella ha actuado para que me lo enviaran? Sólo sé que hablé ayer con ella los minutos suficientes para felicitarla por sus artículos, por sus libros y por llamarse como se llama. «Suponiendo que te llames Lolita», añadí, sin darme cuenta de que con eso estaba dando carta de ley a su apellido.
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