Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Que los hermanos Montero rumien o digieran lo que quieran, yo me voy a dormir porque me noto hasta el moño de tanto drama familiar. Pero me será imposible, me conozco, lo sé, será acostarme y dar vueltas en la cama oyendo el tic-tac del reloj mientras crecen los recuerdos de lo absurdo, notando que los malos presentimientos, traviesos, inoportunos, se cuelgan de las cortinas, inquietándome por ruidos irracionales que al final serán, cómo no, saltos de gata mimada, inquieta porque falta alguien y aquí no se duerme si no estamos todos.

Y a ver qué hago yo ahora.

Cansarme. Bailar. Poner música bien alto y yo sé que me vas a cazar, pero no me dejo atrapar, me gusta hacerme de rogar, y es verano y luce el sol, es la costa catalana y estamos tranquilos, como anestesiados, y después del gazpacho nos quedamos dormidos y un día tonto, sin pensarlo bien, con nada claro, tras amanecer, un día de estos en que no te ves, huí porque hoy he venido para hablar de mí, de mi situación, de mi porvenir, de las cosas que importan de verdad, necesito gramos de piedad, y la loca de la vecina que en breve comenzará a golpear el suelo con el palo de la escoba porque no hay derecho y éstas no son horas y parece mentira que sea usted agente del orden, qué irresponsabilidad concederle esa placa. Y a mí qué, señora, bienvenida al mundo del ensayo y del dolor, bienvenida al tiempo del amor y de la llaga donde retozo, donde se me puede ir la pinza y cualquier noche saco la pipa y la hago callar para siempre, decide mientras se mueve frenética y gira y gira porque al mundo nada le importa lo llenos de inmundicia que están mis días y aunque te quitara la vida, aunque te muerda el dolor, no debo esperar nunca ayuda, ni una mano, ni un favor, y lo único que cuenta ahora es sacudir los huesos un poco más, agitar la melena, dejar que fluya el movimiento porque siento que soy uno de esos expertos capaces de cagarla y reírse en el intento y la explosión de aire, luz y color me lleva de la mano, bienvenidos a mi hogar, aquí pueden encontrar sin fisuras su libertad, y de pronto, cansada y sudorosa, calculo que es el momento de una última canción y yo no te culpo por querer dejarme sola, tal vez te aplauda por decírmelo tan claro y con descaro, y después me dejaré caer entre las sábanas para dormir como duermen las niñas buenas, sin conciencia y sin pecados veladas por sus hadas. Aunque algo hace que me detenga, unos ojos que me miran embobados, abiertos de par en par. Su cara peluda con su hocico naranja, inmóvil sobre la cómoda, sigue mis evoluciones asombrada, incapaz de entender qué estoy haciendo. Me acerco, intento cogerla, acariciarla, tirarle de los bigotes, rascarle tras las orejas, hacer que siga mi ritmo dentro de la barrera de mis brazos.

Insolidaria como sólo estos bichos saben ser, huye asustada.

Definitivamente, los gatos no entienden el baile.

XXIV

No me apetece entrar, me estoy volviendo haragana, o indiferente, o más cobarde todavía si cabe, pero no quiero hacerlo, no me da la gana. Sé que siempre que me comparo con algo o alguien busco una analogía fácil entre mis recuerdos y acabo por regresar a la infancia, que es donde parece que vivo la mayor parte del tiempo, un lugar ficticio y cómodo, accesible y no siempre mejor donde sabes que cada cosa tiene un color y se distingue lo dulce de lo amargo. Nada de medias tintas, nada de grises entrecanos.

Me gusta la infancia, me gusta la mía porque de pequeña podía permitirme el lujo de ser desobediente y negarme a hacer aquello que no deseaba. Pues bien: soy pequeña y me niego a ir al colegio, me declaro en rebeldía, prefiero volver al capullo de mi cama calentita, no quiero entrar en comisaría.

Sin embargo es inexcusable, debo hacerlo, y a pesar de que intenta prolongar el rato del café para entretenerse y que no se acabe nunca, que le dure toda la mañana, o mejor, el turno entero, al final acaba bebiéndoselo frío, espeso y mareado y, tras pagar con desgana y dejar una propina que no se merecen, que nunca se merecen, asume que es hora de empezar la jornada y cruza la calle arrastrando los pies con la frase ya preparada, hoy el gordo se va a cagar, piensa, pero antes de acceder se topa con sus compañeros vestidos de faena, armados hasta los dientes y protegidos con chalecos antibalas que salen en tropel y casi la pisotean sin miramientos para meterse atropelladamente en alguna de las lecheras que aguardan aparcadas sobre la acera. Mientras se reparten los asientos, Clara distingue a Bores, que da órdenes con firmeza y se abre paso cual general romano entre sus tropas.

– ¿Qué ocurre? -le pregunta.

Él, con los ojos brillantes, le informa sin ocultar su emoción que se dirigen a casa de Vito, la operación está en marcha -seguro que ya se imagina las toneladas de droga aprehendida apiladas tras el escudo de la Policía y el enjambre de micrófonos y cámaras que le apuntan mientras explica, con su labia sin igual, cómo la incautaron gracias a su olfato de sabueso-. La pasada noche se observaron movimientos inusuales, hubo otra vez vehículos que entraban y salían de la mansión y, tras solicitar permiso por radio, la patrulla de guardia siguió con precaución a uno de estos coches hasta un polígono cercano al aeropuerto. Una vez allí, interceptaron en una nave industrial una conversación reveladora: hoy llega el cargamento. Como es lógico, vendrá camuflado en contenedores y disuelto en una moderna sustancia sintética que lo hace indetectable para las unidades antidroga, especula. Los hombres de Vito, comandados por Malde, lo recogerán y conducirán hacia el sótano de esa nave, en donde cortarán el material para distribuirlo a los minoristas. Pero lo tenemos todo previsto, asegura Bores encantado, vamos a seguirles la pista desde el primer momento, grabaremos cómo reciben la mercancía en la terminal de carga, cómo la introducen en las furgonetas y, a mitad de camino, les daremos el alto en la carretera para pillarlos con las manos en la masa. Enhorabuena, agente Deza, el soplo de su confidente no iba desencaminado. Recuérdeme que no se me olvide mencionárselo al comisario cuando regresemos.

– Se lo recuerdo por el camino. Voy a por un chaleco y me apunto.

No, mejor que no, casi déjelo, no se moleste, me elude el muy desgraciado y esquiva mi mirada con disimulo. Dejarla fuera ha sido cosa de su compañero, entiéndame, él se lo explicará. Y desaparece como alma que lleva el diablo, huye veloz como si de verdad tuviera algo más importante que hacer que alimentar su propia fantasía personal, se tira de cabeza a uno de los coches y agarra la radio para transmitir arengas del tipo «Agentes, los quiero a todos de vuelta» o «¡Al abordaje, caballeros!». Ha visto demasiadas series policíacas en televisión, pero eso a mí poco me importa, porque veo salir a París y tengo un par de cositas que decirle a la cara. No me da tiempo, porque apenas me acerco a él farfullando «eres un…» me frena con la excusa que tiene preparada desde hace un buen rato.

– Créeme, es por tu bien -me advierte cogiéndome por los hombros y mirándome con un aire de firmeza impostada que no me trago.

– Qué sabes tú cuál es mi bien -le escupo-. ¿Por qué lo haces?

– No podría vivir con ese peso sobre mi cabeza si te pasara algo -argumenta mientras se mete en el asiento delantero del único vehículo que aún no ha arrancado, se coloca el cinturón y comprueba el seguro de su pistola.

– Eres un grandísimo hijo de puta -es lo único que sale de mi garganta.

– Hazme un favor, llama a Reme -me pide como si no me hubiera oído-. Ayer se quedó en casa de su hermana y todavía tiene el móvil apagado, seguro que estará durmiendo. Quería haberme despedido de ella -confiesa con ademán dramático, como si fuera a la guerra, qué dolor, qué dolor. Qué pena.

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