»Aquel paseo de domingo fue un instante detenido en el tiempo, congelado como en una moviola, como en una película de ciencia ficción cuando dos realidades paralelas se cruzan por una grieta en la unidad espacio-tiempo que te permite ver otra dimensión igual a la tuya pero distinta. Pude contemplar así la otra vida de mi padre, de hecho los tres, que nos creíamos en la más absoluta realidad, pudimos hacerlo, y entonces comprendimos que tal vez éramos nosotros la parte del sueño, el otro lado del espejo. Porque, sin duda, lo que mi padre estaba viviendo con aquella niña era mucho mejor. No parecía el señor estricto, rígido, intransigente, que vetaba escotes y largos de faldas en los trajes de mamá, que nos exigía silencio y contrición en nuestra habitación, que no nos permitía correr por el pasillo, que amenazaba con dejarnos sin paga los domingos si antes no íbamos a comulgar y nos conminaba a levantarnos de la cama sin remolonear porque por cada segundo de más que pasáramos acostados un negrito moriría de hambre en África por nuestra pereza. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que nosotros, aun siendo los legítimos, la buena familia, la auténtica, nos sentimos ese día invisibles. Las verdaderas eran ellas, la madre fea y la niña preciosa con churretones en la cara, mucho más reales en su felicidad.
»Quién era esa mujer lo sabría luego, más tarde, porque la vida es tan perra o los hombres tan vagos que no se molestan en esconder sus pecados. Mi madre, por el contrario, lo supo nada más verla: era una de sus enfermeras en la clínica, y lo siguió siendo hasta su jubilación, ascendiendo poco a poco hasta ser su mano derecha.
– Pero ese día, ¿qué os dijo ella?
– Que mi padre había vuelto antes de su cacería y se había acercado al parque a buscarnos, pero se encontró con esa señora, la esposa de un paciente muy enfermo y, siendo tan educado como es, se había ofrecido a acompañarlas en su paseo. ¡Pero vamos con ellos!, exclamó Miguel, ¡se han ido por ahí, podemos alcanzarlos! No, respondió mi madre sonriendo, ¿cómo pudo sonreír en ese momento, de dónde sacó la fuerza o la hipocresía para hacerlo? Es que esa señora está muy triste, su marido se muere, ¿entiendes?, y esa pobre niña tan linda se va a quedar sin padre y no creo que le haga ninguna gracia que tú vayas corriendo a abrazar al tuyo para darle envidia. ¿No te da pena? Yo creo que es mejor dejarlos ir, no demostrarle que cuando se quede sin papá y la llamen huérfana en el colegio, los demás niños seguirán teniéndolo -y la voz de Ramón adquiere el brío de la mentira y sé que repite con exactitud la misma entonación falsamente animada con que ella lo diría y me tiembla el auricular en la mano y me dan más ganas de llorar todavía-. Qué fuerte, ¿no te parece? ¿Tú crees que mi madre se creía su propio cuento? En el fondo esa mentira tan colorida no era más que lo que deseaba que ocurriera: las va a dejar, volverá, regresará a casa.
»Pero los agraviados, los alejados de su vida aquel mediodía de primavera éramos nosotros, con los que se ve que debía de ser infeliz, a los que maltrataba de palabra y apartaba de su lado, de los que huía. Sin embargo, la tortilla pronto daría la vuelta y las abandonadas serían ellas, o al menos eso debió de pensar mi madre en algún momento, y por eso era mejor no revelar que conocíamos su secreto, no alterar ese extraño orden de las cosas para que, según su mente educada por su confesor en lo tradicional, lo católico, lo legítimo, todo continuara como siempre había tenido que ser. Si lo dejábamos correr, si no interveníamos haciendo de ese momento algo irreparable, imborrable, que abortara cualquier posibilidad de dar marcha atrás, la visión de la otra vida de mi padre no pasaría de ser eso, una imagen fugaz que se puede olvidar en la tranquilidad de una existencia vivida "como dios manda".
– Así que él regresó…
– Sí, ese domingo por la noche, como si nada, con su escopeta y un par de conejos que compraría en el mercado, unos conejos de granja sin perdigones en el culo y que seguro tendrían en las patas traseras las marcas de los ganchos de la carnicería. La criada, como siempre, recibió las piezas sin rechistar y mi madre en camisón acudió a besarle y a preguntarle cómo le había ido el fin de semana: «Regular», respondió, lo recuerdo perfectamente. «Regulín regulán», agregó a continuación, «la mitomatosis está haciendo estragos». Era muy tarde, Miguel dormía, yo hacía los deberes, siempre los dejaba para última hora, y al día siguiente fue como si ese domingo nunca hubiera existido. Y cayó en el olvido.
– ¿Y a él no le sacasteis nunca el tema?
– No, porque mi madre siguió insistiendo con el cuento cada vez que volvíamos al parque. Es mejor no decirle nada a papá, porque si le preguntamos por esa niña, como su padre se va a morir, seguro que se enfada muchísimo. Y no queremos que se enfade con nosotros, ¿a que no? Por eso callamos, cualquier cosa antes que ver a papá maldiciendo y con el ademán de levantar la mano.
»¿Quieres saber el final de la historia? Esmeraldita, la descendiente de tan rancia estirpe, se equivocó de pleno, porque la niña del helado de fresa nunca se quedó huérfana, tuvo durante toda su vida un padre de fin de semana, pero un padre al fin y al cabo, que aparecía por la puerta vestido de cazador pero que jamás dejó de verlas porque años después, cuando ya estaba demasiado cascado y hastiado como para fingir que seguía yéndose de cacería, empezó a inventarse congresos médicos a los que era ineludible asistir, ya se sabe, la Ciencia avanza que es una barbaridad y hay que estar al día.
»Por eso le mató.
– Otra vez con lo de que le mató. A ver, Ramón…
– ¿No lo entiendes? Le dejó morir, no pudo perdonarle. ¿Podrías tú? Si fuera un buen tipo con dos mujeres, tal vez, quién sabe. Pero era un cabrón, te lo digo yo, un cabrón de la cabeza a los pies. Por eso mi madre no movió un dedo para llamar a urgencias tan pronto como él sintió la primera sacudida fuerte en el pecho. Dijo que se puso a pensar en que quizá quedara impedido para los restos y no le parecía mal castigo a cargo de ese dios tan justiciero al que mi padre adoraba y, cuando quiso darse cuenta, él ya había dejado de respirar.
– ¿Y por qué ha tenido que marcharse precisamente ahora?
– Necesitaba alejarse. Se ha enterado, no sé cómo, algún «alma caritativa» se lo habrá contado, de que la niña del parque, la hija de mi padre y su enfermera, ha tenido una niña. Al parecer alguien ha visto a la «otra viuda» del doctor Montero paseando a su nieta en su cochecito por el mismo parque y, no me preguntes por qué, le ha supuesto un shock. No deja de darle vueltas a la idea de que ha privado a mi padre de la oportunidad de ver a su primer nieto o quizá cree que la otra, su querida, consiguió más de él. Dice incluso, en plan culebrón total, que mi hermano y yo hemos corrido el peligro de liarnos en cualquier discoteca con nuestra hermana y cometer incesto sin saberlo. Sí, sobre todo Miguel, que no ha mirado a una mujer en su vida. ¿Que por qué pensó en venir a Sevilla? Porque aquí está la casa donde se crió, con sus jardines y sus mosaicos de azulejo, con sus huertas y la tapia que la ocultan del bullicio de la ciudad. Dice que es el único lugar que recuerda donde ha sido inocente, porque las paredes de su casa en Madrid están manchadas de mentira y de vergüenza.
– Tu madre se está poniendo como una novela de Antonio Gala. Hay que ver lo que le gusta el drama. Y tú, ¿cuándo vas a volver a casa?
Por lo que se ve todavía no. Ahora resulta que su hermano y él tienen que pensar, no sé en qué pero pensar. Parece ser que les hace falta reflexionar sobre su pasado, sobre cómo les pesa la memoria, psicoanalizarse mutuamente, fustigarse si hace falta, yo qué sé. Recapacitar, rumiar su infancia, acordarse de su acné, deglutir su adolescencia de niños malqueridos.
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