Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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Sí. Había que tener confianza. No podía dejar ir a Felipe bajo el diluvio de su desesperación. Tenía que ser fuerte. Respiró hondo. No podía darle crédito a recursos infantiles y mágicos. Recursos imaginarios. Quebrarse ante premoniciones funestas. Era su miedo. No era nada más que eso.

– Tenés razón -dijo-, tenés razón. Ya me voy a calmar.

Respiró hondo una y otra vez. Todo saldría bien. Felipe no se iba clandestino. Mañana lo vería en la oficina. Se fue calmando lentamente.

Entró al baño a sacar papel higiénico para soplarse las narices, secarse las lágrimas. Felipe salió a traerle un vaso de agua.

– Cómo te fue con Adrián -preguntó, cuando ella, sentada en la cama, con el vaso de agua en la mano, ya no lloraba.

– Creo que bien -dijo-, me costó convencerlo, pero al fin aceptó prestar el carro. Le pregunté si podíamos guardar armas en su casa, pero dijo que eso sí que era imposible.

– Me imagino -dijo Felipe-, pero, algo es algo.

– Dijo que no podía porque Sara está embarazada y era ponerla en peligro.

– Es normal -dijo Felipe-, no lo culpo.

Se marchó al poco rato. El silencio de la casa la rodeó denso y pegajoso.

No apagó las luces. Las dejó encendidas como si así impidiera los pensamientos sombríos asaltándole las lágrimas tercas no bien Felipe desapareció por la puerta.

Capítulo 22

EL TIEMPO, ESE DIOS JUGUETÓN, "eso" que nuestros astrólogos hurgaban días y noches enteros en los altos montes, observando con cuidado el movimiento de los astros, la cúpula estrellada que nos rodeaba desde entonces, insondable e infinita, hace sus espirales. El destino teje sus redes. Ella está en el vértice del verdor de la vida. Tiene cuidado de las cosas de la tierra.

Haz algo: corta leña, labra la tierra, planta árboles, cosecha frutos.

Tendrás que comer, que beber, que vestir.

Con eso estarás de pie.

Serás verdadera.

Con eso se hablará de ti.

Se te alabará.

Con eso te darás a conocer.

En este nuevo mundo, las cosas sencillas dan paso a complejas relaciones.

Ella no ha dado batallas de lanzas. Ha batallado con su propio corazón hasta extenuarse; hasta ver su paisaje interior sacudido por cientos de volcanes; hasta ver nuevos ríos surgir, lagos, ciudades tenuemente dibujadas. Yo, habitante callada de su cuerpo, la veo dirigir construcciones, sólidos cimientos de su propia sustancia. Ahora está de pie e irremisiblemente avanza allí donde la sangre encontrará su quietud.

– Te tengo una sorpresa -decía Sebastián, por teléfono, al día siguiente.

Lavinia estaba en la oficina a media mañana. El sol rompía el cielo iluminando las montañas lejanas en el ventanal. Se sentía mejor.

La noche anterior, las lágrimas habían sido vencidas por un cansancio espeso que la sumió en el sueño profundamente. Había dormido inconsciente hasta tarde. Llegó a la oficina casi a las diez de la mañana.

– ¿Buena o mala? -preguntó.

– Buena, buena, por supuesto -dijo Sebastián- pero no quiero dártela por teléfono. Te espero donde mí tía (la tía era una dirección determinada; otras direcciones eran "los primos", la "madera", sencillas claves telefónicas). Recógeme a las cinco de la tarde (las cinco eran las seis).

– Está bien. Nos vemos.

No podía imaginar qué sorpresa "buena" podía tener Sebastián para ella. ¿Sería algo relacionado con Felipe?, se preguntó. No lo creía. La decisión del traslado de Felipe era acertada. Si él tenía que realizar misiones delicadas, era mejor que se distanciaran.

Recordó la noche anterior y su reacción desesperada. Todavía la memoria de su miedo le dolía en el estómago. Seguramente había sido producto de la conversación con Adrián, sus reflexiones posteriores en el carro, el cansancio. Le avergonzaba haberse comportado de forma tan melodramática. Pero estaba triste. Sería difícil acostumbrarse a la ausencia de Felipe. Lo había visto al llegar a la oficina. Tierno y amable, le preguntó si había dormido. Estaba preocupado por ella. Lo tranquilizó, fingiendo la comprensión y entereza que hubiera deseado tener, disculpándose por su primera reacción, explicándola por el cansancio, la tensión con Adrián, la sorpresa de encontrarlo empacando maletas.

Como de costumbre, Lavinia llegó demasiado temprano a la cita. La "tía" era una esquina poco frecuentada en la avenida que corría paralela al muro del cementerio central. Había un árbol grande de almendro sobre el cual solía apoyarse Sebastián mientras la esperaba, mordisqueando las almendras maduras que recogía del suelo.

Pasó la primera vez tres minutos antes de la hora indicada. La locutora de Radio Minuto, con la monotonía usual, anunciaba: "son las diecisiete horas y cincuenta y siete minutos". Una mujer caminaba por la acera, cuando dio vuelta a la esquina para hacer el rodeo que la regresaría al almendro a las "dieciocho horas en punto".

Pensó, mientras se alejaba, que algo había registrado su mente al pasar.

Trató de proyectar una imagen visual del lugar, buscando aquel registro casi imperceptible.

No fue sino hasta que venía ya sobre la avenida, a la hora precisa: cuando divisó a la mujer recostada en el árbol, mordisqueando almendros como hacía Sebastián, que se dio cuenta de haber percibido un aire extrañamente familiar en la figura que minutos antes, al doblar la esquina, había visto andando por la calle, caminando hacia el lugar donde ahora la esperaba.

Era Flor.

Lavinia la vio sonreír, entrar al automóvil. Sintió su mano extendida con la pequeña almendra madura y rosada.

– Te traje un regalito – dijo Flor, mientras ella, aún incrédula, lagrimeando de pronto, tomaba la pequeña fruta de sus manos, sintiendo aquellas ganas desbocadas de llorar.

Se abrazaron y Lavinia gimió un sollozo entrecortado. Flor la apartó suavemente.

– No llores, muchachita. No podemos detenernos aquí – dijo Flor -, vamos, arranca el carro. Necesito que me lleves al camino de los espadillos. Dale un mordisco a la almendra. Vas a ver que lo ácido te reanima…

Obediente, Lavinia, se metió la almendra entre los dientes, mientras maniobraba para reiniciar la marcha. El gesto sencillo, la fruta callejera, amorosamente entregada, la presencia inesperada de Flor, habían detonado la carga de fortaleza de los últimos días. No podía evitar que las lágrimas gruesas siguieran fluyendo. Se secó las mejillas con el anverso de la mano, chupó la almendra y respiró hondo porque ya el tráfico, los semáforos, los vehículos atrás y adelante, demandaban su atención, cerrando otra vez el mecanismo de compuertas a punto de rebasarse.

– Perdóname – dijo -. Pero es que estos días han sido muy agitados. He andado tensa y verte no sé qué me produjo…

– No te preocupes – dijo Flor -. En días como éstos, cuando uno anda con tantas cosas retenidas, el más pequeño gesto puede desatar el diluvio… ¡Qué alegría más grande verte! – añadió, palmeteándole cariñosamente la mano.

– ¡Nunca me imaginé que ésta fuera la sorpresa! – dijo Lavinia, exhalando el aire de los pulmones- desbordó mis especulaciones. Increíble Sebastián… es un mago haciendo trucos.

– ¿Y no tuviste problema en reconocerme, verdad? ¿Ahora que soy pelo corto, castaño?

– No. Te reconocí inmediatamente. Ya te había visto, ¿sabes? Hace como tres meses, te vi en la Avenida Central. Ibas en un carro con un señor. Fue desconcertante tenerte tan cerca y no poder alertarte, sonar el claxon, gritar, nada…

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