Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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Pero era cierta la afirmación de Adrián: la vigilancia había aumentado. Varias veces al día y durante la noche, jeeps verde olivo con soldados de casco y ametralladoras, patrullaban la ciudad. Eran los famosos FLAT. La población, por su parte, diríase que aguardaba almacenando energías para lanzarse de nuevo, desafiante, a las calles, a quemar llantas y volcar buses.

La tensión del ambiente adquirió un poder casi físico, mientras conducía el automóvil por las calles silentes y oscuras, ensimismada en sus reflexiones.

Usualmente, atareada en los quehaceres cotidianos, no se percataba del aire pesado a su alrededor. No sentía miedo. No sentía "eso" que ahora le daba frío en la espalda, mientras sumaba los retazos de información guardados en su conciencia, unía las piezas del rompecabezas, sacaba conclusiones.

El peligro acechaba, a pesar de los mecanismos de defensa que le impedían intuir la difusa claridad de lo que se avecinaba y le permitían ir por los días como una libélula afanosa, sin cabida para el temor.

El miedo no había logrado paralizarla aunque quizás, pensó, aún gozaba de la noción inconsciente, brotada desde la infancia, de que los seres como ella gozaban de una protección especial en el mundo; no les correspondía la cárcel, ni la muerte. Privilegios, otra vez, se dijo.

Como dijera alguna vez Flor, no le vendría mal un cierto grado de paranoia. "Un cierto grado de paranoia era saludable."

Exhaló el aire de los pulmones, tratando de relajarse. Estaba contenta con el resultado de su reunión con Adrián. Al despedirse, él la había abrazado con cariño y preocupación. No era mala persona. Quizás ahora podrían ser amigos realmente.

Encontró a Felipe en su habitación. Tenía una maleta puesta sobre la cama. Empacaba ropa y libros.

– ¿Dónde vas? -dijo, poniendo el bolso sobre la silla, sintiendo el sobresalto de la premonición.

– No te asustes -dijo Felipe, observándola palidecer-, no me voy a ninguna parte.

– Pero… ¿y esa maleta? ¿Qué significa?

– Bueno, en cierta forma, me voy parcialmente.

– No sigas con acertijos -dijo Lavinia, nerviosa, buscando un cigarrillo.

– Estás fumando mucho últimamente -dijo Felipe-. No es bueno para tu salud.

– Deja que yo me preocupe por mi salud, ¿vale? Explícame qué es eso de que te vas "parcialmente" -dijo, aproximándose a mirar el interior de la maleta.

– Significa que, para tu seguridad y la mía, consideramos inconveniente que yo, prácticamente, viva en tu casa. Es mejor, por las apariencias, que nos distanciemos un poco. Lo deberíamos haber hecho desde hace un buen rato. Si bien yo no estoy tan "quemado", tampoco estoy tan "limpio". Y últimamente, la vigilancia ha aumentado. Nos hemos confiado en tu cobertura. A la gente como vos no la chequean demasiado usualmente, pero a estas alturas no podemos correr ningún riesgo. La verdad es que nos hemos estado moviendo un poco temerariamente. No es correcto. Debemos incrementar las medidas de seguridad. Se puede estropear todo.

– ¿Y por qué ahora, qué es lo que se va a "estropear"?

– Lavinia, por favor. No te has dado cuenta que estamos trabajando en algo…

– Sí, claro que me he dado cuenta, pero… ¿qué es, Felipe? Decime qué es. Creo tener derecho a saberlo.

– No es un asunto de derecho. Es un asunto de seguridad. Era inevitable que te dieras cuenta que "algo" va a suceder. Pero mientras menos sepas, mejor. Mejor para vos y mejor para todos. Ninguno de nosotros debe saber más de lo estrictamente concerniente al trabajo que cada cual realiza.

– Tiene que ver con Vela, ¿verdad? ¿Van a secuestrar a Vela? -dijo Lavinia tercamente empecinada.

– No -dijo Felipe-, no tiene que ver con Vela, te lo juro. Vela fue un proyecto inicial, pero ya lo descartamos.

– Y, entonces, ¿por qué Sebastián sigue insistiendo que la casa debe estar lista en diciembre?

– Para desinformarte -dijo Felipe-. Y esto no te lo debería decir. Lo hago porque te quiero, por la relación que hay entre los dos, pero no deberías hacerlo. Ni se te ocurra comentarlo con Sebastián. Vos tenés que seguir trabajando y siguiendo sus orientaciones. Esto es entre vos y yo, para que estés tranquila. Te repito que no debería haberte dicho nada, pero no quiero que te sigas preocupando inútilmente…

Lavinia se sentó en el sillón y apagó el cigarrillo con la suela del zapato.

– Y entonces, ya no te voy a ver -dijo, casi resignada, vencida por la confidencia de Felipe.

– Sí, sí me vas a ver. Me vas a ver en la oficina y, de vez en cuando, podré venir por aquí. También nos podremos ver en otra parte, tomando las medidas de seguridad adecuadas. Pero no puedo andar haciendo lo que ando haciendo y volver siempre a esta casa. Si me detectan y me siguen hasta aquí, sería fatal.

– ¿Pero no crees que ya saben de tu vinculación conmigo?

– Es posible que sí, pero hasta ahora, no podían detectar mucho a través mío. En el futuro, eso va a cambiar. Ya está cambiando. Por eso no podemos seguir como si nada sucediera.

– ¿Y te vas a ir ya? -dijo Lavinia, desmayadamente, sintiéndose cada vez más cansada, con ganas de dormir y no despertarse.

– Sí. En media hora van a pasar recogiéndome.

– ¿Estás seguro que no me engañas, Felipe, no es que te vas clandestino, como Flor?

– No, Lavinia. Créeme lo que te dije. Si me fuera clandestino, te lo diría.

Se acercó al sofá, la tomó de la mano hasta que estuvieron ambos de pie y pudo abrazarla. Lavinia cerró los ojos y se dejó abrazar desmadejada. Aspiró el olor del pecho, de la camisa de Felipe y empezó a llorar calladamente.

– Tengo miedo -dijo.

– No te pongas así -murmuró Felipe apretándola contra sí-. Todo va a salir bien. Vas a ver.

– No me quiero quedar sola.

– No te vas a quedar sola, Lavinia. Nos vamos a estar viendo.

– Ya no va a ser igual…

– Por un tiempo -dijo Felipe, pasándole la mano por el pelo, consolándola…

– Tengo miedo -repitió, apretándose contra Felipe, escuchando el palpitar de su corazón, invadida de pronto por un deseo irracional de retenerlo, temiendo que aquel corazón se detuviera, tocando la piel de Felipe, los músculos del brazo, esa carne que una bala podía dejar inerte, sorda y muda a sus caricias. Cerró los ojos fuertemente para tratar de sentir la visión de Felipe otra vez en su casa, un día no muy lejano: tratar de verse con él, leyendo uno al lado del otro en la noche plácida. Nada. La visión no aparecía. Desde niña imaginaba que tenía el poder para "verse" en el futuro. Cuando le sucedía algo incierto, solía cerrar los ojos y concentrarse para comprobar si lograba "verse" más allá del presente. "Verse", por ejemplo, en el avión aterrizando (tenía miedo de volar). Si lograba tener la visión, se tranquilizaba. Era su manera de saber que todo iba a salir bien, que llegaría sin percances. Siempre le funcionaba. Se había "visto" numerosas veces. Ahora no veía nada.

– No te veo -dijo, arreciando el llanto, tratando de controlar los sollozos que parecían surgirle más allá del tórax, más allá de ella misma, venir de una angustia más ancha que el reducido espacio de su pecho.

– Cómo no me vas a ver -dijo Felipe suavemente-, aquí estoy.

– No me entendés -dijo Lavinia-. No te veo en el futuro, no nos veo juntos…

– Nadie puede ver el futuro -dijo Felipe, apartándola un poco, mirándola con una sonrisa de ternura.

Lavinia se tapó los ojos y lloró más fuerte.

– Vamos, vamos -dijo Felipe-. No te pongas trágica. Hay que ser fuerte y optimista. No podemos dejarnos llevar por la tristeza y el pesimismo. Tenemos que confiar en que todo saldrá bien. No es bueno darle rienda suelta al miedo. Hay que tener confianza.

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