Lavinia bajó del automóvil y se dirigió al cobertizo donde se encontraba el maestro de obras, con el ingeniero jefe.
Notó los ojos de los trabajadores, alzados solapadamente en su dirección.
En el cobertizo, había una mesa de madera tosca en el centro, varias sillas y otra mesita donde estaba conectada una cafetera. Dos hombres, uno joven y otro frisando en los cincuenta años, tomaban café.
– Buenos días -dijo, y dirigiéndose al mayor, preguntó-. ¿Usted es don Romano?
– Sí, soy yo. ¿Qué deseaba? -dijo el hombre en camiseta y pantalones de dril, con un lápiz colocado en la oreja.
– Soy Lavinia-dijo, extendiendo la mano para saludarlo-, la arquitecta asistente de supervisión del proyecto.
– ¿Ah sí? -dijo Romano, mirándola curioso. Tenía un rostro bonachón, de mejillas redondas y ojos claros, grandes cejas tupidas donde sobresalían algunas canas.
– Sí -dijo Lavinia-, veo que ya están avanzando con el movimiento de tierra…
– Esta semana lo terminamos -dijo don Romano-. Le presento al ingeniero asistente, el señor Rizo.
– Así que usted y yo nos vamos a estar viendo aquí -dijo Lavinia, para provocar la complicidad del "asistente" del ingeniero.
– Así parece ser -dijo el ingeniero asistente, un hombre joven que Lavinia calculó podía tener su misma edad, delgado y tímido.
Actuaba con soltura para no delatar sus sentidos alertas al rechazo de los "hombres" de la construcción, tan anunciado por Julián.
Pidió a don Romano que le explicara los pasos que seguían para el movimiento de tierra, señalándole la importancia de medir cuidadosamente la altura de los diferentes niveles sobre los que se levantarían las bases de la casa, como una manera de asentar su autoridad y el dominio que ejercía sobre el concepto arquitectónico.
Don Romano habló con calma, respondiendo sus preguntas e inquietudes. Notó que la miraba detenidamente, casi con curiosidad, pero no sintió animadversación o rechazo de parte de ninguno de los dos.
El ingeniero asistente era callado. Mantenía los ojos fijos en los planos, asintiendo con movimientos de cabeza a la conversación de Lavinia y don Romano.
"Qué suerte la mía que me tocó un tímido", pensó ella. Caminaron luego por el sitio de la construcción y, finalmente, Lavinia se despidió.
Don Romano la acompañó hasta el vehículo.
– ¿Regresará mañana? -preguntó.
– Sí -dijo Lavinia-, me va a estar viendo todos los días -añadió con una sonrisa.
– Yo tuve una hija que quería ser arquitecta, ¿sabe? -dijo don Romano-. Pero en vez de eso, se casó y se murió de parto… En realidad, yo nunca pensé que era correcto que estudiara eso, pero cuando la veo a usted…
No supo muy bien qué decir: el viejo la enterneció. Le dio varias palmaditas en el hombro, un "bueno, así es la vida" y partió en su automóvil. La confidencia tan espontánea y sorpresiva de don Romano, la trajo de regreso a la nostalgia. Se pasaba el día distrayéndose para evitar pensar en Felipe, pero cosas como ésta le recordaban que andaba la piel tierna.
De regreso a la oficina, encontró sobre su escritorio una escueta nota de Felipe. "Pasa por mi oficina cuando llegues." El corazón le hizo un viaje de ascensor en el cuerpo. Decidió esperar un rato. No le parecía digno salir corriendo a la primera señal. Llamó a Mercedes, pidió un café y preguntó si había recibido llamadas telefónicas en su ausencia.
– Mire en su escritorio -dijo Mercedes, pícara, saliendo a traer el café. Regresó casi de inmediato y mientras lo ponía sobre la mesa, tomándose su tiempo para arreglar primorosamente una servilleta, le dijo:
– ¿Vio la nota que le dejó Felipe?
– Sí -dijo, disimulando su malestar por la curiosidad de Mercedes. Era prácticamente imposible ocultarle nada de lo que sucedía en la oficina. Tenía métodos misteriosos para enterarse de todo. En este caso, obviamente y sin ningún misterio, había revisado la superficie del escritorio.
– Deberías quitarte esa mala costumbre de andar mirando lo que hay en los escritorios -añadió.
– Si es que sólo vine a dejar una correspondencia -dijo Mercedes, haciéndose la inocente- y la vi. No la dejó doblada ni nada. Yo no ando registrando, si es eso lo que quiere decir…
Con la mano, Lavinia indicó que no estaba dispuesta a iniciar una discusión con Mercedes. Moviendo las caderas y con aire de ofendida, ésta salió de la oficina.
"Pobrecita", pensó sintiéndose mal de haberla tratado con dureza, pero todos tenían la misma queja de Mercedes. Su curiosidad no tenía límites. Ser Celestina o andar ocupándose de la vida amorosa de los demás, era quizás su manera de compensar los infortunios de su romance. Había reiniciado su relación con Manuel. Esta vez, sin embargo, con una aparente y evidente dosis de amargura, casi como cediendo a un destino oscuro e inevitable.
No pudo evitar un aleteo en el estómago cuando pensó que, guardando las distancias, ella estaba a punto de reiniciar su relación con Felipe, a pesar de todo.
Se acomodó en la silla y encendió un cigarrillo. El rumor del aire acondicionado se escuchaba alto en la quietud de la tarde. Era la hora de la modorra. A pesar del fresco clima artificial, el vaho del calor se podía ver por las ventanas elevándose como un velo blanco difuminando el paisaje.
No se engañaba sobre la inminencia de su claudicación, pero debía ingeniárselas para dejar algunas cosas sentadas con Felipe. No estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de hacerle ver lo absurdo y poco respetuoso de su actitud. No le daría la victoria de una reconciliación fácil.
Estaba ensayando su discurso, cuando Felipe apareció por la puerta, sobresaltándola.
– Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña -dijo y se sentó, encendiendo un cigarrillo.
"Viene en plan de simpático seductor" anotó Lavinia, tratando de recuperar la compostura, reclinándose de nuevo en su silla sin decir nada, reiterando su decisión de no facilitarle las disculpas.
– Como te podés haber dado cuenta -dijo Felipe- pedir disculpas no es mi especialidad…
Lavinia sostuvo su mirada.
– Pero no fue nada tan serio -dijo él-, no te pongas así…
– Y si no fue tan serio, según vos -dijo Lavinia- ¿por qué te llevó tanto tiempo venir a disculparte…?
– Porque, como te dije, soy muy malo para pedir disculpas… sobre todo cuando se trata de estupideces tan obvias. ¿Cómo no me iba a incomodar disculparme por ser estúpido? Tenés que reconocer que es difícil aceptar el propio demonio…
– ¿Y crees que yo tengo que aceptarlo?
– No, claro que no. Pero, como vos misma decís, hay que apelar a la comprensión. Después de todo, son cosas que funcionan dentro de uno casi involuntariamente… La desconfianza, la inseguridad…
"Machismo”, a fin de cuentas.
– Lo peor es tener que oírte usando mis propias palabras para salvar tu responsabilidad. ¡Sos incorregible! ¡Sos el maestro del arrepentimiento!
– Es que vos querés resultados mágicos. Crees que con sólo conversar sobre estos problemas y reconocerlos, todo debería cambiar. No es tan fácil. Uno tiene reacciones casi primitivas ante determinadas cosas. Aquel día, por ejemplo, ¿pensás que no me di cuenta de estar actuando como estúpido, de que era injusto lo que dije…? Pero no pude evitarlo. Me salió de la boca antes de que la voluntad se impusiera. Y vos me tiraste el portazo. No me diste tiempo de enmendar en el momento. Lo convertiste en un asunto grave, de pedir disculpas especiales como estoy haciendo ahora. Y es incómodo, difícil vencer el orgullo… Pero ya ves que te estoy pidiendo disculpas…
– Yo no me puedo pasar la vida disculpándote porque "no sos responsable" de esos impulsos "primitivos". Retiro lo dicho por mí misma. Dejo de ser comprensiva. A punto de comprensión, ¡resulta que tendré que acabar justificando todas tus acciones!
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