Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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– Es aquí -dijo el capitán, sin perder un momento su expresión de cadete-, aquí es el Estado Mayor. Puede estacionar allá.

Bajaron y después de cruzar un patio engramado, entraron al edificio central. Un gigantesco retrato del padre del Gran General, fundador de la dinastía, presidía el vestíbulo.

La secretaria de uniforme azul saludó con la cabeza al capitán. Subiendo por escaleras anchas de mármol, llegaron a otro vestíbulo más extenso al que desembocaban las puertas de varias oficinas, cada una custodiada por un guardián vestido con uniforme de gala. En el centro, la sala de espera de muebles de cuero, se deslucía por los adornos de flores plásticas en las mesas.

El despacho del general Vela exhibía la misma mezcla de detalles de mal gusto y sólida frialdad arquitectónica. El toque dominante era una fotografía, a colores en la pared, del Gran General sonriendo a todo lo ancho de los dientes. La foto tomada desde un ángulo inferior, pretendía dotar a aquel hombrecito requeneto de la carente majestuosidad. El resto del mobiliario procuraba ser moderno, vinil y cromo. Los ceniceros y los adornos de conchas y caracoles daban un toque kitsch al decorado. Sobre los archivos, la secretaria coleccionaba cajas de fósforos en una enorme copa de cristal.

Era una rubia artificial, delgada y nerviosa, edad mediana con pretensiones de adolescente. Sonriendo afectadamente, le pidió sentarse para "anunciarla". El cortés-capitán, aide de cámara del general, se retiró discretamente.

No había terminado de acomodarse, cuando sonó el timbre del intercomunicador. La secretaria lo levantó con un saltito que hizo pensar a Lavinia en una hot line, dijo "sí, general" con acento de pájaro enfermo y a continuación, moviéndose como muñeca de cuerda, abrió la puerta del despacho de Vela, indicándole que pasara.

– Buenos tardes, señorita Alarcón -decía el general, de pie detrás de su escritorio de madera sólida, rodeado por fotografías del Gran General abrazándolo, condecorándolo, pescando con él, en helicóptero, a caballo.

– Buenos tardes, general -respondió ella, acercándose para estrecharle la mano a través del escritorio.

– Siéntese, siéntese -le dijo, obsequioso- ¿quiere un café?

– Encantada -dijo, con su sonrisa más encantadora.

– Cada día más guapa -comentó el general, con lascivia.

– Gracias -dijo-. ¿Y qué me dice? ¿Qué hay de nuevo? ¿En qué puedo servirle?

– ¡Ah sí! -dijo el general, regresando de algún pensamiento morboso-. La mandé llamar porque estuve pensando anoche, revisando los planos en mi casa, que en la terraza frente a la sala, además de la pérgola, quisiera construir unas instalaciones para barbacoa…

– Pero ya tenemos unas al lado de la piscina…

– Sí, sí, lo sé, pero es que mire, lo de la piscina está bien para el verano; en el invierno, con la lluvia, necesito un lugar bajo techo para el asado. ¿Ya le expliqué, verdad, que es una de mis distracciones cuando llegan los amigos?

Lavinia sacó su libreta de notas e hizo algunas anotaciones, afirmando con la cabeza.

– ¿Quiere la instalación igual a la de la piscina?

– Pienso que debería ser un poco más pequeña, ¿no le parece?

– Bueno, de cualquier manera, tendremos que extender la pérgola.

– Esa es mi idea, pero quizás se puede hacer un poco más pequeña.

– Sí, un poco más pequeña sería mejor. -Lavinia anotaba preguntándose para sus adentros por qué la mandaría llamar el general Vela para algo que podría haberse arreglado perfectamente por teléfono.

– ¿Esto es todo? -preguntó.

– Sí, sí. Eso es todo, pero tómese su café tranquila. Apenas acaba de llegar. Cuénteme cómo va la casa…

Estaba segura que algo se tenía entre manos el general.

Empezó a pensar qué le diría, si mostraba pretensiones de enamorarla, para ser cortés, y al mismo tiempo, cortante.

Le explicó detalladamente los acuerdos con los ingenieros sobre el movimiento de tierra, los materiales, las instalaciones eléctricas y de aguas negras. No quería darle oportunidad para introducir otro tema de conversación.

– ¿Y cree que la casa estaría lista en diciembre, con seguridad? -preguntó el general.

– Haremos todo lo posible. Yo creo que sí… -dijo.

– Queremos dar una fiesta de inauguración que coincida con el fin de año, invitar a todas las amistades… a usted, por supuesto…

– Gracias, gracias -dijo Lavinia.

– ¿Le gusta bailar?

– No mucho -dijo Lavinia pensando, "aquí viene".

– ¡Qué lástima! Pensaba invitarla a una fiestecita que estamos organizando algunos oficiales… usted sabe, algo pequeño, para distraernos. Tenemos mucho trabajo y casi nunca nos divertimos. Me parece que usted también es el tipo de persona que trabaja mucho y se divierte poco, a pesar de ser tan joven. Es muy seria usted…

– ¡No, qué va! Son ideas suyas. Constantemente me invitan a fiestas y paseos…

– Pero casi no va -dijo el general, con conocimiento de causa.

– Sí, sí, claro que voy. Lo que pasa es que no voy a todas. Usted sabe que levantarse en la mañana no es fácil después de un desvelo.

Se empezaba a sentir incómoda. Sin entender el rumbo de las preguntas del general, intuía una curiosidad que no sabía si se debía a sus afanes de seductor o algo más peligroso.

– ¿Y no tiene novio?

– Bueno… podría decir que sí, prácticamente. Salgo con otro arquitecto, un compañero del trabajo -¿sabría de Felipe?, pensó Lavinia, sintiéndose cada vez más incómoda. Optó por decir la verdad. Consideró que era menos sospechoso que negarlo. Si la estaba investigando, ya sabría seguramente de su relación con Felipe.

– Ah… -dijo el general, con una expresión inocente- así que por eso no podría venir a nuestra fiestecita… ¡qué lástima! Es que les he estado contando a mis amigos lo eficiente que es. Usted me perdone, pero pocas veces se encuentra uno con mujeres que, además de lindas, son inteligentes y capaces… Quería que la conocieran.

– Gracias -dijo, tranquilizándose un poco.

– ¿Pero qué me dice? ¿Puede o no puede?

– ¿Cuándo es?

– El domingo próximo.

– Es que tengo un compromiso… un paseo -dijo Lavinia, agradeciendo que fuera cierto.

– Pero eso es en el día y esto es en la noche…

– Tiene razón, pero vamos a regresar tarde y usted sabe que de esas cosas uno regresa agotado. ¿Por qué no lo dejamos para otra ocasión?

– Bueno, si no hay más remedio… ¡en otra ocasión será! -dijo el general con una sonrisa forzada. Obviamente le molestaba no haber conseguido lo que quería.

Se puso de pie indicando que daba por terminada la entrevista.

– De todas maneras -y perdone mi insistencia- piénselo. Tal vez no esté tan cansada a su regreso… Si se decide, puede llamar aquí a la oficina. Yo daré instrucciones para enviar un vehículo a recogerla. Dígale a su novio que tiene una reunión de trabajo…

– Es usted un hombre insistente -dijo Lavinia, haciendo esfuerzos para no soltarle un "déjeme en paz".

– Siempre logro lo que me propongo -dijo el general, devolviéndole la sonrisa con expresión lasciva.

De nuevo el cadete-capitán, educado y cortés, la esperaba para llevarla a la salida del complejo militar.

En silencio, controlando la rabia, la sensación de haber sido manoseada, Lavinia salió de la oficina afirmándose sobre sus zapatos altos.

Le pareció notar una expresión de lástima en los ojos de la secretaria.

– Le hubieras dicho que no y punto -decía Felipe, caminando a zancadas en la oficina, furioso.

– Pues prácticamente eso fue lo que le dije -respondía Lavinia-. Vos sabes que no puedo decirle lo que pienso: ¡me tengo que hacer la estúpida! ¡No veo por qué te pones así!

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