Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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Siempre había un momento de tensa expectativa, de umbral y dicha, cuando el último vestigio de tela y ropa caía derrotado al lado de la cama y la piel lisa, rosada, transparente surgía entre las sábanas iluminando la noche con luz propia. Era siempre un instante primigenio, simbólico. Quedar desnuda, vulnerable, abiertos poros frente a otro ser humano también piel extendida. Eran entonces las miradas profundas el deseo y aquellas acciones previsibles y, sin embargo, nuevas en su antigüedad: la aproximación, el contacto, las manos descubriendo continentes, palmos de piel conocidos y vueltos a conocer cada vez. Le gustaba que Felipe entrara en el ritmo lento de un tiempo sin prisa. Había tenido que enseñarle a disfrutar el movimiento en cámara lenta de las caricias, el juego lánguido hasta llegar a la exasperación, hasta provocar el rompimiento de los diques de la paciencia y cambiar el tiempo de la provocación y el coqueteo por la pasión, los desatados jinetes de un apocalipsis de final feliz.

Sus cuerpos se entendían mucho mejor que ellos mismos, pensaba, mientras sentía el peso de Felipe acomodarse sobre sus piernas, agotado.

Desde el principio se descubrieron sibaritas del amor, desinhibidos y púberes en la cama. Les gustaba la exploración, el alpinismo, la pesca submarina, el universo de novas y meteoritos.

Eran Marco Polo de esencias y azafranes; sus cuerpos y todas sus funciones les eran naturales y gozosas.

– No dejas de sorprenderme -le decía él, tirándole cariñosamente del pelo en la mañana-, me has hecho adicto de este negocio, de esos quejiditos tuyos.

– Vos también -respondía ella.

La cama era su Conferencia de Naciones, el salón donde saldaban las disputas, la confluencia de sus separaciones. Para Lavinia era misterioso aquello de poderse comunicar tan profundamente a nivel de la epidermis cuando frecuentemente se confundían en el terreno de las palabras. No le parecía lógico, pero así funcionaba. En ese ámbito habían conquistado la igualdad y la justicia, la vulnerabilidad y la confianza; tenían el mismo poder el uno frente al otro.

"Es que hablar muchas veces enreda" decía Felipe y ella discutía que no. Es más, estaba convencida que no era así, hablando se entendían los seres humanos. Lo de los cuerpos era otra cosa, un impulso primario extremadamente poderoso pero que no saldaba las diferencias, aun cuando permitiera las reconciliaciones tiernas, las caricias de nuevo. Era más bien peligroso, argumentaba ella, pensar que los conflictos se resolvían así. Podían acumularse bajo la piel, irse agazapando entre los dientes, corroer ese territorio aparentemente neutral, agrietar la Conferencia de Naciones.

Era portentoso que aún no hubiese sucedido, teniendo en cuenta los frecuentes encontronazos. Tal vez se debía a que, en el fondo, cuando discutían, Lavinia separaba al Felipe que amaba del otro Felipe, el que ella consideraba no hablaba por sí mismo, sino como encarnación de un antiguo discurso lamentable: su niño malo que ella deseaba redimir, expulsar del otro Felipe que ella amaba.

Flor solía decirle que era demasiado optimista pensando poder liberar a su Felipe del otro Felipe; pero le concedía la esperanza.

La esperanza era quizás el mecanismo que le permitía conservar la música cuando hacían el amor, aunque quizás fuera solamente un mecanismo de defensa inventado por ella contra la desilusión y el pesimismo de pensar en la imposibilidad de un cambio… ¿Cómo creer tan fervientemente en la posibilidad de cambiar la sociedad y negarse a creer en el cambio de los hombres? "Es mucho más complejo" opinaba Flor, pero a ella no le satisfacían esas teorías. No negaba la complejidad del problema, ni era ilusa de pensar en soluciones fáciles. Le parecía que el meollo del asunto era un problema de método. ¿Cómo se provocaba el cambio? ¿Cómo actuaba la mujer frente al hombre, qué hacía para rescatar al "otro"?

Se abrazó a la espalda de Felipe dormido y dejándose invadir por el sueño se evadió de aquellas incertidumbres.

Capítulo 20

EL GENERAL VELA la había citado en su oficina. Diez minutos antes de la hora de la cita, dobló desviándose de la carretera, hacia el portón del complejo militar.

El guardián, con gesto autoritario, hizo sonar su silbato al tiempo que le indicaba que no podía pasar, alzando el brazo para conminarla a retornar a la vía de los automóviles.

Deteniéndose, sacó la cabeza por la ventana y gritó que el general Vela la esperaba.

El guardián -traje verde olivo, casco de combate- interrumpió sus ademanes y caminando despacio, cauteloso, se acercó al automóvil.

– ¿Cómo dice? -preguntó, mirándola desconfiado, recorriendo con sus ojos el interior del carro.

– Digo que tengo una cita con el general Vela. Me espera en cinco minutos.

– ¿Tiene identificación?

– Mi licencia.

– Démela.

Tomó su bolso. El guardia se retiró un poco, cual si temiera ver salir un arma. Sacó una licencia y se la dio.

– Espere aquí. No se mueva -y se retiró a la caseta de control.

Lavinia notó con satisfacción que no estaba nerviosa. Al contrario, segura de sí, animada por la superioridad de sus motivos, experimentaba la exaltación de penetrar en aquel sitio inexpugnable, en el recinto mismo del enemigo, cual un cóndor confiado de su vuelo que mira desde lo alto la pequeñez de los adversarios.

No podía ver nada del complejo militar. Estaba oculto de los pasantes por una muralla alta y sólida, interrumpida solamente por el portón negro y metálico ante el cual se encontraba.

Tamborileó impaciente sobre el volante con las puntas de los dedos. Si el guardia no regresaba pronto, se marcharía. Diría al general que no le había sido permitido el acceso, que debía dar instrucciones más precisas.

Sin duda el general se enfurecería contra sus subordinados, los sancionaría.

La próxima vez no la detendrían, la harían pasar rápidamente.

Había sido difícil al principio darse cuenta del poder de actuar con aplomo, con la seguridad de quien domina y merece respeto. Era más efectivo en todos los casos; cuando se era mujer, sobre todo. Así lo corroboró en las reuniones con los ingenieros y el general Vela. Si se caía en la gracia y la sonrisa, el tratamiento era sexista y sofisticadamente despectivo. En asuntos profesionales, Flor tenía razón: era necesario aprender de los hombres. Y los había estado observando hasta intuir el mecanismo.

Miró su reloj. Casi cinco minutos habían transcurrido. Decidió no esperar más de cinco minutos.

Segundos más tarde, el portón se abrió. Otro guardia, esta vez con barras de capitán, se aproximó.

– Señorita Alarcón -dijo acercándose a la ventana del automóvil-, si me permite voy a subir a su automóvil para acompañarla a la oficina del general Vela.

– ¿No es aquí?

– Sí, pero tendrá que conducir a través del complejo. Iré con usted para que no tenga ningún problema -y abriendo la puerta lateral, se introdujo a su lado.

El portón se abrió.

Detrás de la muralla, diversas edificaciones y barracas constituían una ciudadela, conectada por calles donde transitaban o estaban estacionados vehículos militares, soldados uniformados circulaban por las aceras.

Cruzaron otras dos barreras del tipo ferrocarril hasta llegar a un bloque de edificios de concreto. En menor escala, tenían la misma arquitectura pesada y monumental de las construcciones de la Roma moderna de Mussolini: paredes lisas y grises con volúmenes geométricos, rectangulares. Mentalmente, Lavinia almacenaba los detalles de las construcciones, el diseño de las calles. Prefirió conducir en silencio para no perder la concentración y retener las referencias del lugar.

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