– Es que ya veo por donde viene… ¡y faltan varios meses para terminar esa casa! Debes aclararle lo más pronto posible que no estás dispuesta a dejarte seducir.
– Felipe, por favor, cálmate. ¿Por qué no pensamos cómo enfrentar esto, sin que te alteres? ¿No te das cuenta que para mí es mucho peor que para vos? No te imaginas cómo me sentí viéndole esos ojos lujuriosos…
– ¿Te fijás? ¿Te fijás por qué no quería yo involucrarte en esta cuestión?
– No puedo creer lo que estás diciendo -dijo Lavinia, perdiendo la calma-, todos y vos el primero, estuvieron de acuerdo en que era importante lo de la casa de Vela. ¡Ahora no me vengas con que no debía haberme involucrado!
– ¡Invitándote a una "fiestecita"! ¡Son famosas esas "fiestecitas" de los oficiales! ¡Quién se habrá creído este hijo de puta que sos vos!
– Una mujer. Para él todas las mujeres son iguales… -y, bajando la voz, añadió- ¿qué crees vos que va a decir Sebastián? ¿Crees que piense que es conveniente que vaya?
– No. No vas a ir -lo dijo con una expresión colérica, dominante.
– Felipe, vos no sos mi responsable. Mi responsable es él. Cálmate-dijo Lavinia, tratando de razonar-. Acordare cuántas veces me has dicho que el Movimiento es primero y todo lo demás es secundario… Estás reaccionando como marido ofendido.
– Y vos estás muy tranquila… ¿No será que tenés ganas de ir?-dijo, acusador.
– Me voy -dijo Lavinia, levantándose-, no voy a permitir que te atrevas siquiera a insinuar que quiero ir a esa fiesta. Deberías aprender a controlarte…
Salió de la oficina de Felipe, dando un portazo, sin importarle las miradas de los dibujantes, las cabezas levantándose al mismo tiempo en las mesas de dibujo, siguiéndola hasta que cerró la puerta de su cubículo.
Pasó casi una semana sin verlo. Se cruzaban en la oficina sin decir palabra, sumidos en el absurdo de su propio silencio.
El domingo de la "fiestecita", Lavinia asistió al paseo previsto con Sara y Adrián. Regresó a su casa temiendo encontrarse con mensajes o automóviles esperándola, cortesía del general Vela. Pero no encontró nada más que la normalidad de sus plantas y libros; el silencio del entorno sin Felipe.
Lo extrañaba con rabia. No podía comprenderlo o quizás no quería comprender; la "comprensión" era un arma de doble filo. Ante la actitud de Felipe, le era difícil simplemente aplicar sus tesis sobre el "otro" Felipe, eximirlo de responsabilidad en nombre de una herencia ancestral. Él había sostenido su comportamiento a través de varios días, rehuyéndola en la oficina, ausentándose, reprochándole con su silencio, un supuesto deseo de su parte de asistir a la fiesta de Vela. Era ridículo, increíblemente absurdo y denigrante que hubiese pensado por un momento que ella podría tener algún interés personal en ir a la fiesta.
"Son celos, no te preocupes. Los celos son irracionales" -había dicho Sebastián.
Ella preguntó -temiendo la respuesta afirmativa- si la actitud de Felipe había influido en que se decidiera su no asistencia a la fiesta de Vela. Sebastián explicó que no. Al Movimiento no le interesaba someterla a una prueba tan difícil y desagradable. Pretendían, más bien, que su relación con el general se estableciera de forma totalmente profesional. No se había contemplado en ningún momento estimular los previsibles intentos de seducción del militar, aunque sabían que podían surgir. Por eso le recomendaron mantener una actitud de distancia.
Lo de Felipe no tenía nada que ver, le reiteró.
Ensimismada, Lavinia abrió las ventanas para ventilar la casa y refrescar el calor de domingo. El silencio y placidez del patio contrastaban con su agitación interna.
Lo peor era saber que éste no sería el fin de la relación, tener la íntima certeza de que aceptaría las excusas de Felipe cuando éstas se produjeran. Pensaba que Felipe apostaba a la distancia para obtener, cuando decidiera excusarse, una claudicación más segura. La idea la irritaba, pero la enfurecía aún más constatar que esperaba que fuera esto y no algo más ominoso y oscuro lo que retrasaba sus disculpas.
– ¿Qué podré hacer? -dijo en voz alta, mirando al naranjo, hablándole como solía hacerlo a menudo.
Le pareció escuchar a su tía Inés, ver sus ojos profundos y color de chocolate claro, diciéndole, "Debes aprender a ser buena compañía para vos misma". Recordó su conversación con Mercedes en la oficina; los comentarios hechos a Sara.
Era tan difícil ser coherente, actuar consecuentemente cuando se amaba…
"¿No vas a llamarle la atención?" había preguntado a Sebastián, refiriéndose a la necesidad de que el Movimiento cuidara también estas actitudes poco "revolucionarias" de sus miembros.
Sebastián había sonreído con tristeza, diciendo: "La revolución la hacen seres humanos, Lavinia, no superhombres. El hombre del futuro es sólo un sueño todavía".
Y la mujer también, seguramente, añadió ella para sus adentros.
Pobre Lavinia, mirándome, ensimismada en el amor. No ha notado siquiera la floración de los azahares, el aroma que exhalan mis flores blancas.
Se ha movido por la casa como esas personas que andan cuando sueñan; distraída y triste.
Su tristeza me ha penetrado derramándose por todas las ramas. ¡Contagiosa la nostalgia! Muchas veces pienso en la soledad. Estamos tan solos los seres humanos. En la vida y en la muerte. Aprisionados en nuestras propias confusiones, temerosos de mostrar lo delgado de la piel, lo absorbente y delicado de la sangre.
El amor es sólo una imperfecta aproximación a la cercanía. Yo no podía acompañar a Yarince en su desilusión; cada vez que perdíamos una batalla y el aislamiento a que nos sometían se ahondaba; cada vez que dominaban otra más de nuestras ciudades, otra de nuestras tribus. Era terrible volver por las noches a lugares donde antes pipiles o chorotegas nos alimentaban y verlos vestidos con trapos largos como los españoles, disfrazados de blancos, inclinados en actitudes de servidumbre. Pocos se atrevían a responder a nuestros mensajes cifrados -imitación de pocoyas o guises-. En ciertos poblados, ya nadie respondía. Si acaso oíamos tan sólo en la noche, algún lamento indicándonos que no podían ayudarnos, que nada podían hacer.
Volvíamos de esas tristezas a sentarnos lejos los unos de los otros, abandonándonos a nuestros pensamientos sombríos. Nada podíamos decirnos. Nada podía consolarnos. Sabíamos para ese entonces que luchábamos sin esperanza. Tarde o temprano, moriríamos, nos derrotarían; pero sabíamos también que, hasta ese día, no teníamos más opción que continuar.
Éramos jóvenes. No queríamos morir pero tampoco podíamos aceptar la esclavitud como salvación de la muerte. En los montes, moriríamos como guerreros, los dioses nos acogerían con honores y pompa. En cambio, si en la desesperación de conservar la vida, nos entregábamos, los perros o el fuego darían cuenta de nuestros cuerpos y no podríamos siquiera aspirar a la muerte florida.
Para defendernos de la derrota y la desesperación, nos reuníamos alrededor del fuego en las noches a contar sueños. Pero la nostalgia nos enfermaba.
Frecuentemente enmudecíamos y en la soledad, cada uno luchaba contra el miedo y la tristeza a su propia manera. No teníamos fuerzas para enfrentar más fantasmas que los imprescindibles. Nos fuimos quedando solos.
A mediodía, en el terreno del general Vela, los tractores y bulldozers se desplazaban moviendo y apisonando la tierra. Un polvillo fino color terracota soplaba cubriendo de tonalidades rojizas la ropa de los obreros. La compañía de ingenieros había instalado luminarias toscas y potentes para el trabajo nocturno, requerido por el plazo de entrega de la casa.
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