Hidalgo Nieves - Brezo Blanco

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Los McDurney y McFersson están enfrentados desde hace décadas. Desde que sus bisabuelos provocaron un choque que acabó con la vida de uno de ellos.
Al regresar de una aldea en la que ha estado ayudando a sanar a los enfermos, la patrulla de Josleen hace prisionero a un hombre, creyéndole culpable de un robo de caballos perpetrado a su clan. Atraída por él, averigua asombrada que se trata de un McFersson y, temiendo las represalias, le deja escapar para evitar posteriores complicaciones o incluso una guerra.
Meses más tarde, Josleen parte de Durney Tower hacia la fortaleza de Ian McCallister, con quien su madre se ha casado en segundas nupcias. Pero jamás llegará allí.
La patrulla dispuesta a robar el ganado de su hermano Wain, está liderada por el mismo guerrero al que ella dejó escapar. Y ese hombre, aunque ella lo ignora, no es otro que el laird Kyle McFersson, jefe del clan enemigo. Un guerrero sobre el que corren las historias más terroríficas.
La primera intención de Kyle es pedir rescate por la joven, pero luego la idea de dejarla marchar se le hace imposible.
Sin embargo, Wain McDurney no está dispuesto a dejar a su hermana en manos del rival al que desea matar hace mucho tiempo.
Josleen tendrá que tomar una penosa decisión: regresar con los suyos o permanecer al lado de las personas a las que acaba queriendo y del hombre que, aún enemigo de su clan, consigue ganar poco a poco su corazón.
Y para angustia de la joven, Stone Tower se verá rodeada por huestes enemigas, al mando de su hermano, decidido a no dejar piedra sobre piedra.

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Acercó la nariz al recipiente del azahar y aspiró con deleite.

– Huele de maravilla.

– Será aún mejor cuando ardan las velas -repuso la madre de Kyle.

Josleen aguardó a que la mujer acabase de dar las indicaciones y luego dijo:

– ¿Podría acompañarme esta tarde, señora? Me gustaría recoger algunas hierbas medicinales.

– ¿Entendéis de medicina?

– Mi madre me enseñó. Liria tiene problemas con su espalda.

– Ciertamente. Y la pobre empeora bastante durante los meses de invierno. Estaré encantada de acompañaros.

– ¿A las seis junto a la torre norte?

– Perfecto.

Felicitándose por su astucia, Josleen salió de las cocinas. Aquellos dos tórtolos acabarían por hablarse cuando no les quedase otro remedio.

Apenas comió por los nervios del encuentro y por la atención de que fue objeto por parte de Evelyna, que parecía dispuesta a no marcharse de Stone Tower hasta conseguir de nuevo los favores de Kyle. La enemistad entre ambas resultaba cada vez más tangible.

Por fortuna, Kyle apenas habló con Eve y no quitó la mirada de Josleen desde que se sentaron a la mesa.

La joven agradeció que Malcom acercara su asiento a ella y charló con el niño animadamente, tratando de olvidar las dagas lanzadas por los ojos de su contrincante. También notó, con mucho agrado, que James y Duncan procuraban portarse en la mesa decentemente. No se lanzaron nada y apenas se mancharon los dedos.

Se le hizo eterna la espera hasta las seis de la tarde.

El tiempo no parecía pasar. Josleen se encaramó a la torre y se asomó a uno de los ventanales procurando no ser vista.

Serman ya aguardaba, apoyado en un árbol, junto a la torre norte y ella se cubrió la boca ahogando una risita cuando la madre de Kyle apareció por la esquina del torreón y se encaminó directa hacia donde se encontraba él.

Por un largo minuto, ambos se miraron sin decir palabra. Josleen vio que Elaine tenía las mejillas enrojecidas. En cuanto a Serman, parecía no saber qué hacer.

Josleen esperó, con el alma en un hilo, a que uno de los dos dijera algo. Los segundos corrían y ellos seguían mudos. A punto estuvo de lanzarles algo a la cabeza cuando vio que Serman cambiaba por décima vez su postura y Elaine se arreglaba el bajo de las faldas una vez más. Casi se le escapó un grito de alegría cuando el guerrero suspiró hondo y se encaminó hacia la mujer.

– Dios bendito -susurró en voz baja-. Creí que nunca iba a atreverse.

Dooley carraspeó. Elaine alzó la mirada, pero la bajó de inmediato.

– Señora.

– Dooley.

Otro largo silencio. Josleen les maldijo en silencio desde su posición. ¿Era todo cuanto iban a decir? Pero de repente, él estiró la mano hacia el rostro de la dama. Se la paró el corazón, aguardando la reacción de Elaine.

– Milady, tenéis una brizna de paja en el cabello.

Elaine se echó de inmediato la mano a su recogida cabellera y enrojeció aún más.

– Estuve en la bodega… -tartamudeó-. Hacía falta vino para la cena y…

Serman sonrió y Josleen, desde su escondite, observó el modo sublime en que su adusto rostro rejuvenecía. No podía disimular el placer que representaba para él poder estar al lado de la dama. Retiró la brizna de los sedosos cabellos y ella se removió, inquieta y azorada como una muchachita.

– ¿Son las seis? -la escuchó preguntar Josleen.

– Eso creo.

– ¿No tenéis nada que hacer?

– Prometí a la joven McDurney acompañarla a recoger hierbas medicinales. Parece que sabe como mezclarlas para que…

– Para que Liria encuentre mejoría en su afección de espalda -acabó la frase Elaine.

Serman Dooley alzó una ceja.

– ¿Os lo dijo?

Elaine miró su gesto huraño y soltó una carcajada. Josleen, desde el ventanal, se fijó en la adoración que iluminaba los ojos de él.

– ¿Qué resulta tan gracioso, señora? -preguntó, mientras la madre de Kyle se limpiaba las lágrimas con la manga de su camisola.

– Creo, Dooley, que hemos caído en una trampa.

– No os comprendo.

– Bueno, es fácil adivinar. Josleen os citó a vos aquí, para recoger hierbas. A mi me citó para lo mismo, pero… ¿la veis por algún lado?

– Empieza a tardar -gruñó Serman.

– No vendrá -la dama volvió a reírse con ganas-. Oh, Dios, esa muchacha es un diablillo. ¿No os dais cuenta de lo que pretende?

Él chascó la lengua.

– Tal vez se le olvidó.

– No. No se le olvidó. Yo creo que no piensa venir.

– Entonces, tal vez debamos seguir con nuestros quehaceres.

– Tal vez -sonrió la dama.

Serman la miró largamente. Para él, aquella mujer había sido siempre la más hermosa. La amaba desde hacía tanto tiempo. En silencio. En la lejanía. Estiró la mano y acarició con tanto cuidado su cabello que a Josleen se le saltaron las lágrimas.

– O tal vez deberíamos aprovechar este encuentro para dar un paseo y llevarle las hierbas que necesita -dijo él-. ¿Sabéis vos cuáles son?

– No tengo la menor idea. Pero lo del paseo me parece bien -repuso ella, colorada de nuevo.

Serman sonrió.

– Sois tan hermosa cuando os sonrojáis, señora -murmuró-. Pero sobre todo, cuando reís. Deberíais hacerlo más a menudo.

Elaine volvió a acomodarse el ruedo de las faldas.

– Qué cosas decís, Dooley.

– ¿Os agrado un poco, mi señora?

Desde su escondite, Josleen suspiró. ¡Ahí estaba la pregunta! Respiró, aliviada. Por fin parecía que Serman había tomado el camino correcto. ¡Y ahora qué! Se le paró el corazón aguardando la respuesta.

– No me desagradáis en absoluto, Dooley -y bajó los ojos.

La sonrisa de él fue sublime. Josleen dió unos pasos de baile y hasta se permitió darse un beso en los dedos y ponérselos en la mejilla. Ya no le cupo duda de que aquellos dos estaban enamorados.

– Si mi posición fuese más ventajosa…-dudó él-. Acaso me atrevería a…

Los ojos azules de Elaine se clavaron en el rostro de Serman.

– Pensé que erais un guerrero más atrevido.

– Tengo tierras, lo sabéis. No son muchas, claro. Apenas unas cuantas hectáreas. El laird ha sido generoso conmigo. También tengo caballos, unas cuantas ovejas… alguna vaca…

Elaine soltó una risita nerviosa.

– ¿Por qué me enumeráis vuestras posesiones, Dooley?

Serman carraspeó y guardó silencio. Josleen volcó medio cuerpo por la ventana y ahogó la risa al ver que ahora era él quien estaba sonrojado.

– Quiero saber si mi poca fortuna y mi persona son suficientes para una mujer de vuestro rango, señora.

Un gorjeo de felicidad escapó de la garganta de Elaine.

– Vuestra sola persona ya me es suficiente, Serman. No hace falta que la adornéis con tierras ni ovejas.

– Elaine… -dijo, en una oración.

Josleen se asomó aún más. Si Dios no lo remediaba podía acabar rompiéndose la crisma si caía, pero no quería perderse nada de lo que estaba pasando. Ellos desaparecieron de su vista al acercare al muro y soltó un taco entre dientes. Pero cuando consiguió verles de nuevo rió en voz alta. Serman Dooley tenía abrazada a Elaine McFersson y ella no parecía sentir deseos de apartarse. Poco a poco, Serman agachó la cabeza y la besó con delicadeza.

– Hablaré con vuestro hijo -prometió él tras un largo suspiro de satisfacción.

– Cuanto antes, Serman -suplicó ella.

Josleen corrió hacia el exterior, bajó las escaleras de cuatro en cuatro y casi arrolló a Duncan cuando salía de la torre.

– ¿Donde diablos vas tan aprisa? -gritó el joven.

– Disculpa -gritó ella a su vez, entre risas-. Ahora no tengo tiempo de explicarte.

Cuando llegó abajo la pareja seguía mirándose a los ojos y ella apenas podía respirar.

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