Steven jugaba con la badana de cuero de su casco protector. Tenía calor. El sitio parecía tranquilo para llevarlo puesto; por los alrededores no se veía ningún andamiaje. Dejó su casco sobre el banco, entre él y el señor Sharpe, quien continuó diciendo:
—¿En dónde estaba? Oh, sí; el señor Inglis me confesó que en los últimos cinco años no había tenido ganancias, pero la gente cree que porque uno tiene un Rolls-Royce es un maldito millonario, ¿lo ves? Lo que ellos no saben es que el coche no le pertenece, es de la compañía. Ni siquiera es suya su casa; es de su esposa. Al tiempo tenía nada más que un Mini, pero no creo que los demás comerciantes le tomasen en serio, de ninguna manera. Especialmente los judíos.
Steven sacudió su cabeza, pensando que era el momento apropiado. No le había caído nada bien aquella mención del Rolls-Royce. Pensó en advertirle al señor Sharpe acerca de los peligros de destripamiento que comportaban los emblemas del Rolls-Royce, pero después de considerarlo no le pareció apropiado.
—Pero me alegra decir —dijo el señor Sharpe sonriendo y encendiendo otro cigarrillo— que ha logrado recuperarse. Me lo encontré hace unos días cuando me hallaba buscando trabajo; tiene un nuevo local en la calle Islington Park, confecciona vestidos y repara maquinarias. Por supuesto, sólo tiene trabajando para él mujeres inmigrantes, pero, como dice el señor Inglis, a él le gustaría tener blancos trabajando en su negocio pero la gente se vuelve perezosa, ¿y acaso no tiene razón? No encuentra mujeres blancas que quieran trabajar por ese salario, ¿y por qué? Porque el puñetero dinero que reciben del gobierno y algunos trabajos esporádicos hace mucho más, ésa es la razón. Al señor Inglis le encantaría volvernos a contratar a mí y a los otros para lo de las máquinas, pero los puñeteros sindicatos le exigen un salario que él no puede pagar. El señor Inglis tan sólo se puede permitir tener un par de tipos con experiencia, y todo el resto pertenecen al YOP o como diablos se llame; ya sabes, aprendices por los cuales el gobierno te paga para que les enseñes un oficio y todo eso.
Steven asintió con la cabeza. Observó los movimientos de las ramas de los árboles cuya sombra se reflejaba sobre la superficie pulida de su casco protector azul. Era verdaderamente un tono de azul precioso. Recogió el casco del banco y lo puso encima de su regazo.
—¡Y ese estúpido sobrino mío, diciendo que no nos quitan el trabajo! Pobre tonto. Creo que se droga; apuesto a que si uno le mira los brazos encontrará marcas de pinchazos. Yo también fumé porros, sabes; cuando estuve en la marina, en alguno de esos condenados países del tercer mundo… pero no me hizo ningún efecto y de todas formas yo no era tan estúpido como para engancharme, jamás. No yo, colega; para ser feliz no necesito más que una pinta de cerveza y un pitillo. —El señor Sharpe le dio una chupada a su cigarrillo y después bebió un trago de sidra.
Grout estaba pensando en cajas de cerveza. Él había tenido una. Al principio le había parecido una muy buena idea; una manera de dejar de buscar coches aparcados todo el tiempo. Haría cerca de un año atrás, un día en que había salido a buscar trabajo, se llevó consigo la caja de cerveza, hallada cierta noche detrás de un pub. Cuando se quedaba sin oxígeno y por los alrededores no había ningún coche aparcado ni muros bajos para protegerle de los rayos láser, simplemente tenía que depositar la caja en el suelo y subirse a ella. ¡Por fin estaba seguro!
Había sido una brillante idea, pero los transeúntes le trataron como si fuera una especie de maniático. Los jóvenes le gritaron cosas, las mujeres con niños le evitaban, un grupo de chicos incluso se puso a seguirle. Finalmente terminó por arrojar la caja al canal, cruelmente herido no sólo por la reacción de la gente, sino también porque sabía que no poseía el suficiente carácter como para enfrentarse a ellos; no era capaz de soportar tanto desprecio, tarde o temprano se hubiese hundido.
Sí, le había dolido, pero le agradaba saber que al menos la experiencia le había servido para algo. Ahora sabía qué astutos podían ser, con qué cuidado se esforzaban para que él no tuviese escapatoria. No le sería fácil vivir allí con esa forma de ser ingenua. Tenía que concentrarse en la fuga, en hallar la Clave, la Salida. Quizá debiera preguntarle al señor Sharpe acerca de Hotblack Desiato. Parecía conocer un poco la zona, aunque Steven no recordaba haberle visto antes ni en el pub Cabeza de Rocín ni en algún otro sitio… pero había dicho que vivía en la localidad. Tal vez supiera algo.
Sí, pensó, la caja de cerveza no había sido muy buena idea que digamos; les demostró demasiado claramente que él estaba por encima de ellos, que les despreciaba. Tendría que ser mucho más sutil.
—… qué pequeño mequetrefe, ¿eh? Llamarme a mí racista… —continuaba diciendo el señor Sharpe. Steven asintió con la cabeza nuevamente. Precisaba ir urgentemente al lavabo. Cogió su casco protector y lo colgó de un extremo del banco. Cuando depositó la botella de sidra sobre el asfalto, ésta se balanceó y cayó rodando, derramando la bebida durante los segundos que le tomó volver a recuperarla. Esta vez la dejó sobre el suelo con mayor cuidado.
—Vaya —dijo.
—Eh, Steve —dijo el señor Sharpe, golpeándole ligeramente con su botella—, no querrás hacer eso. Es un líquido precioso. No te puedes permitir el lujo de desperdiciarlo de esta manera, ¿no te parece? Ni siquiera en el día de tu cumpleaños, ¿eh? —El señor Sharpe se rio. Steven también se rio y luego se levantó del banco. La barriga le dolía un poco. Al incorporarse se tambaleó levemente y con el pie derecho pateó la bolsa de plástico en donde se hallaban las demás botellas de sidra y el cartón de cigarrillos que había comprado el señor Sharpe.
—Con cuidado —dijo el señor Sharpe riéndose, tratando de sujetar a Grout con una mano.
—Tengo que ir a los aseos —dijo Steven. Palmeó la mano del señor Sharpe y se puso en marcha.
—¡Eh, Steve, échate una por mí! —le gritó el señor Sharpe a sus espaldas y después se rio. Steven también se rio.
No se sentía muy mal, pero le costaba caminar correctamente; era como si tuviera apendicitis o algo parecido. Iba caminando encorvado. Afortunadamente, los aseos públicos no quedaban muy lejos.
Después de orinar largamente se sintió mucho mejor. Sabía que estaba muy borracho, pero no tenía ganas de vomitar. En realidad se sentía bastante bien. Era agradable tener a alguien con quien hablar, alguien que parecía comprenderle. Se hallaba contento por haber conocido al señor Sharpe. Steven se pasó suavemente la mano por el pelo, peinándolo. Era una lástima que no hubiera en donde lavarse las manos, las cuales tenía un poco pegajosas, pero qué más daba. Inspiró profundamente varias veces para aclararse las ideas.
Cuando salió del aseo se detuvo a mirar el Café Jim's, al otro lado de la calle. Tal vez invitase al señor Sharpe a comer. Eso sería agradable. Haciendo ligeras eses regresó al banco de la pequeña plaza. Allí había otros hombres, algunos de los cuales tenían aspecto de pobres o desahuciados y Grout sintió lástima por ellos.
Al llegar junto al banco descubrió que el señor Sharpe se había marchado.
Steven permaneció contemplando el banco, vacilante, tratando de acordarse si en realidad aquél era el mismo. En un primer momento, si bien el banco parecía estar ubicado en la misma posición, pensó que no podía serlo, porque no veía su bonito casco azul colgado de un extremo. La bolsa de plástico y todo lo demás también había desaparecido. Intrigado, miró a su alrededor los bancos más cercanos. Tan sólo había sentados unos cuantos vagos. Steven se rascó la cabeza. ¿Qué podría haber sucedido? Tal vez no era el mismo banco, tal vez se encontraba en un lugar completamente diferente. Pero no, sobre el suelo había diseminadas bastantes cenizas de cigarrillo y también una botella de sidra vacía detrás del banco, junto al bordillo de cemento que separaba la senda de asfalto del césped verde. Hasta su botella había desaparecido.
Читать дальше