—Las fantasías sexuales de la mayoría de las personas, sus deseos idealizados, están hechos de arcilla —recordó haberle oído decir a Slater. Slater acababa de descubrir que gran parte del peso de una revista de desnudos femeninos provenía del caolín, la misma arcilla que se empleaba en una mezcla de morfina para obturar los intestinos de las personas incontinentes. Graham creyó recordar que Slater también había hablado acerca de las revistas pornográficas gay, pero la cuestión era la misma.
De todos modos, ¿qué importaba eso ahora? Quizá todo eso se acabaría; todas las inquietudes, las esperas y las ansias insatisfechas. Se encontraba en la acera de enfrente del pub; doblaría la esquina del corto tramo de la calle Maygood y allí estaría la calle de la Media Luna.
Aquel nombre le fascinaba.
Le había sugerido un símbolo:
Media. Luna.
¡Borracho!
Se sentó en un banco de aquel pequeño pedazo triangular de tierra llamado Islington Green. El señor Sharpe se sentó a su lado; ambos estaban bebiendo de unas botellas de sidra de tamaño grande. El señor Sharpe fumaba un cigarrillo. Steven se sentía completamente borracho.
—Me refiero a que ellos —dijo el señor Sharpe, traspasando el aire con su cigarrillo— no tienen el puñetero derecho de estar en donde están. Claro que no lo tienen… ¿o me equivoco? —Steven sacudió su cabeza tan sólo por si el señor Sharpe realmente le estaba haciendo una pregunta. No obstante, sus preguntas eran mayormente retóricas. No podía recordar de qué estaba hablando ahora el señor Sharpe. ¿Era sobre los judíos? ¿Los negros? ¿Los vagabundos?
El señor Sharpe era un hombre pequeño de aproximadamente cincuenta y cinco años. Se estaba quedando calvo y el color, entre gris y rosado, de la piel de su rostro que no se afeitaba hacía días, le daban a sus ojos un tono amarillento. Llevaba puesto un enorme y viejo abrigo y botas de trabajo. Se había acercado a Grout en el pub Cabeza de Rocín. Por lo general Steven evitaba a los borrachos de los pubs, y resultaba completamente obvio que aquel mediodía el señor Sharpe era residente honorario en la Cabeza de Rocín, pero Steven también estaba muy borracho, y además de la aparente preocupación del señor Sharpe por las conspiraciones —Grout todavía no había desechado del todo la idea de encontrar a un compañero exiliado que le ayudara a escapar juntos— también reveló ser un hombre de auténtico buen corazón cuando Steven le confesó que ese día cumplía años. De hecho, cuando el señor Sharpe le daba un prolongado apretón de manos y le estaba deseando que los cumpliera muy feliz varias veces y en voz alta, sus ojos se le llenaron de lágrimas.
A partir de entonces Steven pagó casi todas las rondas, ya que el señor Sharpe no tenía trabajo ni tampoco mucho dinero, pero a Steven no le importó. Le mostró al señor Sharpe todo el dinero que poseía, explicándole que aquella era la indemnización por su despido.
—Los gremios —dijo el señor Sharpe, escupiendo involuntariamente—, los puñeteros gremios; apuesto a que fueron los sindicatos, ¿no es verdad?
Grout no estaba muy seguro de esto, pero le dijo al señor Sharpe que de todas formas no se arrepentía. Naturalmente, le dijo que no podía gastarse todo el dinero, ya que debía pagar el alquiler y la comida y alcanzarle hasta que recibiese el dinero del seguro de desempleo. El señor Sharpe le dio la razón, pero que anduviera con cuidado; el sitio estaba lleno de muchachos judíos listos y de asaltantes negros; los muchachos judíos le estafarían y los negros le cortarían la garganta a la menor oportunidad.
Cuando el pub cerró a las tres de la tarde, se fueron a la plaza Green con un par de botellas de cerveza que habían comprado antes de salir. Steven también le había comprado al señor Sharpe un paquete de cigarrillos y cerillas.
—Eres todo un señor, Steve, no hay ninguna duda; un señor —le había dicho el señor Sharpe, y Steven casi se sintió tan bien como cuando aquel policía le trató de «caballero». Sintiendo picor en los ojos, aspiró por la nariz.
Al terminar sus botellas de cerveza, el señor Sharpe dijo que por qué no se acercaban hasta el Marks & Sparks de Chapel Market y compraban unas botellas de sidra. Era barata. De hecho, si Steve le daba el dinero; digamos unas cinco libras… no, que fuesen diez, en vista de que él se sentía tan magnánimo y Steve era un verdadero amigo… iría él mismo en busca de la bebida, en vista de que Steve había sido tan generoso en el pub. Él le pagaría el próximo miércoles, cuando recibiese su giro.
A Steven le pareció honrado, por lo que le tendió al señor Sharpe dos billetes de diez libras cada uno.
—Tenga veinte —le dijo. Al señor Sharpe esto le cogió por sorpresa y volvió a recalcar lo gentil que era Steven. Regresó de la tienda con cuatro botellas de sidra y un cartón de cigarrillos.
Si bien estaba borracho, Steven no se sentía tan malhumorado como era habitual en él cuando bebía mucho; se sentía muy feliz, sentado en un banco de Islington Green bajo los árboles mientras a su alrededor el tráfico fluía inofensivamente. Era agradable tener a alguien con quien hablar, alguien que uno sentía estaba de su parte, que no se burlaba ni se mostraba desdeñoso, que simpatizaba con uno por el modo en que los demás lo trataban pero que no le compadecía; alguien que le deseaba a uno un feliz cumpleaños. No le importaba que fuese el señor Sharpe quien hablase siempre.
—Tomemos el caso de personas como mi antiguo jefe, ¿no es así? —estaba diciendo el señor Sharpe, dibujando en el aire con el humo del cigarrillo que sostenía entre sus dedos—. Sabes, un buen tipo, un buen tipo; estricto pero justo; no se andaba con vueltas con aquellos que llegaban tarde y todo eso, pero era recto, ¿sabes a qué me refiero? Estaba en el comercio textil; tenía que tratar con un montón de judíos. No le gustaba, por supuesto, pero así son los negocios, ¿no? El año pasado tuvo que ir a la quiebra, ¿qué te parece? Nos tuvo que despedir a mí y a los demás empleados, ¿comprendes? Básicamente era por la recesión, pero también por culpa de los puñeteros sindicatos. Solía pasar de ellos, créeme; no quería saber nada, lo cual me parece muy bien, pero suponía que ellos le habían jugado sucio por detrás, y él era un tipo muy listo, ¿no es así? De todas formas, era por culpa de la recesión, dijo, y que se sentía realmente apenado de tener que despedirnos después de cómo le habíamos apoyado. Y claro que lo hicimos; cuando unos años atrás nos había explicado los problemas por los cuales estaba pasando, ¿acaso exigimos un aumento de sueldo? Incluso dejamos que el año pasado nos recortaran la paga, hasta ese punto éramos capaces de llegar con tal de conservar nuestros empleos, ¿te das cuenta? No como esos puñeteros miembros del sindicato; nosotros éramos responsables, claro que sí. Realmente, fue un golpe duro para el señor Inglis. Así es como se llamaba, ¿sabes? Inglis de apellido, inglés de nacimiento, y a mucha honra, solía decir él. —El señor Sharpe se puso a reír.
Steven se quitó su casco azul y se secó el sudor de la frente. Pronto tendría que ir a orinar. Era una suerte que al final de la plaza Green hubiera unos aseos.
—Sí, era un buen tipo el señor Inglis. ¿Y sabes lo que me confesó? Me dijo que en los últimos cinco años ni siquiera había tenido ganancias. Esos puñeteros troskistas, mucho hablar acerca de los patrones y demás, pero en realidad no saben un comino, ¿no es cierto? Lo sé porque uno de mis sobrinos es troskista, ¿lo puedes creer? Pequeño sindicalista; la última vez que le vi casi le saco los malditos dientes; intentaba decirme que yo era uno de esos racistas, ¿lo ves? «Oye hijo», le dije, «he trabajado con negros e incluso tuve amigos entre ellos, lo cual probablemente es algo que tú jamás hayas hecho, y me llevaba muy bien con algunos; eran jamaicanos —no esos despreciables paquistaníes— y con algunos se podía hablar, pero eso no altera el hecho de que aquí hay demasiados, y eso no le convierte a uno en racista, ¿no es así?» Pequeño mequetrefe, le llamé. Sin tapujos. —El señor Sharpe asintió agresivamente con la cabeza, rememorando la confrontación.
Читать дальше