—¿Crees que medirá un metro ochenta? —dijo Graham, mirando a Slater mientras volvían a sentarse. Slater asintió y bebió un trago.
—Fácilmente. Parecía algo borracho. Sin embargo, qué buen pedazo, ¿no? —Slater movió sus cejas teatralmente de arriba a abajo. Graham dejó caer sus hombros y miró hacia afuera.
—¿Tienes que recordármelo? —dijo. Slater le dio un ligero codazo.
—Muchacho, no te lo tomes tan a pecho. Estoy completamente seguro de que todo se solucionará. Créeme.
—¿En realidad lo piensas? —dijo Graham, mirando a su amigo.
Slater observó fijamente a Graham durante unos instantes, viendo cómo se mordía su labio inferior, finalmente su propio labio tembló y sacudiendo la cabeza apartó el rostro con una amplia sonrisa, tratando de disimular su risa.
—Pues, para serte honesto, no, pero estaba intentando animarte. Por vida del chápiro, ¿cómo quieres que yo lo sepa?
—Jesús. —Graham inspiró, terminando su media pinta de cerveza amarga. Luego se levantó, suspirando. Slater le miró intranquilo.
—Dios mío, no te habrás ofendido, ¿no es así?
—Tan sólo voy a salir para tomar un poco de aire… y echar una ojeada. No tardaré mucho.
—Sabes, Oates —dijo Slater, dando un ligero golpe con su mano sobre la superficie de la mesa—, tendrás que preparar esos cabos de remolque antes de que contratemos el rompehielos. —Las últimas palabras apenas fueron comprensibles debido a que Slater se derrumbó sobre la mesa, su cabeza apoyada sobre el antebrazo, sacudiendo su espalda por la risa que resonaba amortiguada en el suelo. Algunos de los viejos parroquianos del bar le miraron con suspicacia.
Graham miró ceñudamente a Slater, preguntándose de qué demonios estaba hablando, y luego se marchó a dar un rápido y furtivo paseo por detrás de la calle de la Media Luna y por un callejón lateral, tratando de captar cualquier grito o discusión que proviniera desde dentro del apartamento. No oyó nada. Regresó al pub en donde Slater le había comprado otra pinta de cerveza.
Mientras Graham se sentaba Slater comenzó a sacudir su cabeza y su cara se tornó roja; en sus ojos aparecieron lágrimas y finalmente tuvo que decir farfullando:
—¡Esos puñeteros bastardos noruegos! —Tendiéndose de lado encima del banco se dobló por la mitad en un acceso de silenciosas y convulsivas risas. Graham se sentó, sintiéndose atrozmente, odiando a Stock y a Slater y sintiendo náuseas al pensar en lo que Sara podría estar haciendo en esos momentos, deseando en parte que el dueño del local echase a Slater a la calle.
Pese a sus temores, afortunadamente Slater no le había contado a Sara que ambos estuvieron allí aquel día. De hecho, habían pasado varios días y ahora se estaban emborrachando con champaña en el parque, y aunque Slater hablaba de muchas cosas, eso no lo mencionó.
—Se me ha ocurrido esta gran idea —anunció desde la hierba, sosteniendo en lo alto la copa de plástico. Ya casi se les había terminado el champaña.
—¿Cuál? —dijo Sara. Se hallaba recostada contra el árbol, la cabeza de Graham apoyada sobre su hombro. Pretendía que estaba dormido para así poder mantener allí su cabeza, cerca de su suave y cálida piel.
—Interdroga —dijo Slater, haciendo un brindis al inmóvil cielo azul—. En tu casa se presenta un día este hippie, se esfuerza por caerte bien y luego te pone en la mano una bola arrugada de papel de aluminio…
—No te olvides de apuntarme para el día del estreno —dijo Sara, riéndose cortésmente. Graham también deseaba reír, pero no podía; mejor era permanecer descansando allí, sentir cómo temblaba su adorable cuerpo contra su cabeza y tocar…
Aún recordaba aquella sensación; semanas más tarde todavía sentía escalofríos al pensar en ello. Era como la primera vez que había dormido con una chica, en su lejana Somerset. Al día siguiente, mientras estaba con sus amigos en un pub al mediodía, mirando un partido de fútbol local, por la tarde, cenando con sus padres, o más tarde en casa de un amigo mirando en la televisión una película, continuaba recordando aquellas escenas; repentinamente, un recuerdo carnal sobre la piel de esa muchacha le hacía estremecerse y la cabeza le daba vueltas. Recordó, algo avergonzado, que había sido lo suficientemente ingenuo como para preguntarse si aquel sentimiento podía ser amor. Por fortuna, jamás le contó a nadie su experiencia.
Ahora volvía a aparecérsele El Arcaduz Blanco, y Graham recordó lo desdichado que se había sentido aquella tarde. Desde entonces tan sólo regresó allí, cuando sabía que no se le esperaba, en una sola oportunidad. Al despedirse a mediodía de Slater en el bar de la calle León Rojo, le dijo que se iba a su casa, pero de hecho había ido allí, y al poco de llegar pudo ver cómo Stock aparecía montado sobre su moto. Esta vez alcanzó a vislumbrar a Sara en el cuarto desde el cual acostumbraba a saludarle después de que él pulsase el timbre del interfono. Stock había entrado en el apartamento y entonces Sara desapareció del panorama.
Al rato, Graham sintió náuseas y se marchó. Aquella noche se emborrachó solo en Leyton y se la pasó vomitando.
Sin embargo, el día en el parque fue agradable. Graham mantuvo su cabeza apoyada sobre el hombro de Sara durante siglos, hasta que la espalda y el cuello comenzaron a dolerle, pero a ella no pareció importarle, e incluso en un momento le acarició el cabello, abstraída, con una mano cariñosa. Ed regresó un poco más tarde; había estado haciendo media hora de cola.
—Tendríais que haber venido cuando faltaba poco para mi turno —les dijo. Había comprado unas pequeñas y regordetas latas de McEwan Export y les dio una a cada uno. Luego se sentó a leer.
—¿Lo veis? —dijo Slater a gritos desde su posición horizontal, con la voz un poco afectada por todo el champaña que había bebido—. ¡En el fondo este hombre es un puñetero socialista y ni siquiera se da cuenta de ello!
—¿Por qué no lo dejas, Dick? —le dijo suavemente Ed.
—Me ha llamado Dick [16] Dick: en inglés, vulgarismo utilizado para pene (N. del T.)
—dijo sofocado Slater, recostándose boca abajo—. A mí: el guardabosques comunal, superhomo, el rojillo pimpinela, el hombre con la máscara de Fabergé; te haré la marca del Cero en tu prepucio, insolente…
—Chitón, Slater —dijo Sara ffitch con una voz resonante, la cual zumbó en la cabeza de Graham con una deliciosa sensación. Slater se tranquilizó; unos minutos más tarde comenzó a roncar ligeramente.
Una muchacha rubia y guapa, que vestía una falda elástica corta y un estrecho top rosado a través del cual Graham podía apreciar el contorno de sus pezones, pasó junto a él en la calle Penton. Graham la observó alejarse, pero sin que resultase obvio.
Esto era algo que siempre le había preocupado. No deseaba convertirse en un sexópata, ¿pero cómo diablos se hacía para no mirar a una mujer atractiva? Jamás les decía nada, ni intentaba tocarlas; nunca se le hubiera ocurrido algo semejante; despreciaba a los imbéciles que hacían esa clase de cosas; le hacían sentirse avergonzado de su condición de hombre; eran aquellos a los que Slater acusaba de «tener el cerebro en sus escrotos»; pero mirar… siempre y cuando no pusiera a la mujer en un apuro… no tenía nada de malo.
Especialmente ahora, o quizá, con un poco de suerte, hasta ahora. En el plano sexual aquel periodo había sido extraño y embarazoso. Le atormentaba —¡vaya desastre!— la cuestión de la masturbación.
Encontraba difícil, casi desagradable, pensar por las noches en la cama en Sara antes de ir a dormir. Pero pensar en otras mujeres, sus anteriores experiencias sexuales, le parecía impropio. Era algo absurdo, se trataba de una locura, era como volver a estar otra vez en la pubertad, o peor aún; ni siquiera tenía mucho sentido desde el punto de vista de sus creencias acerca de la fidelidad sexual que había desarrollado hacía tiempo, pero ahí le tenían. Odiaba la idea de tener que recurrir a la pornografía, incluso a la pornografía blanda, pero casi había llegado a la conclusión de que tal vez sería mejor comprar una de aquellas revistas satinadas de desnudos femeninos y aceptar la inhumana y labial belleza de sus seductoras mujeres-imagen; al menos absolvería a la liberación de su sexualidad de las responsabilidades del mundo real.
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