Chopko: Vigila nuestra velocidad.
Mecánico de vuelo Hal Ward: Este tipo de aviones no están diseñados para esta maniobra. Corremos el peligro de partirnos aquí arriba.
SAM: Capitán, en su posición van a poder verlo llegar por la derecha, debajo de ustedes.
Macmanaman: ¿Qué dice esta gente? ¿Treinta y tres, treinta y cuatro?
SAM: El último y mejor dato de la altitud del NEO es de 21.400 pies. Repito, para las 17.43. Si aún no están en tierra, lo notarán. Calor y explosión.
Macmanaman: Y otra cosa. Vigila el morro, Nick. No, no, no… Atrás, atrás, atrás.
6. ¿QUÉ QUIEREN LAS PRINCESAS?
En la pantalla, el baño de la Casita Amarilla; el pasillo, la concavidad circular de la bañera, los espejos, las toallas en sus colgadores. Brendan pestañeó al ver que un subtítulo indicaba la fecha y el lugar. Se volvió. En el sofá, el rey miraba la pantalla sin inmutarse.
Entra la princesa con su equipo blanco de tenis. Se acerca sonriendo, divertida o satisfecha, y después desaparece por la derecha. Se oye un suspiro, el chorrillo penetrante de la micción, la suave percusión del papel higiénico al tirar para romperlo. Reaparece con la blusa levantada a medias y la falda bajada también a medias, cojeando como si se quitara de golpe sus zapatillas. Va a los grifos. Hace una pausa de medio minuto, examinando una magulladura en su antebrazo. Luego se desnuda despreocupadamente y se mete en la bañera.
No había temblado el ojo que la vigilaba, estúpido e imperturbable como un monitor de seguridad. Pero al momento siguiente uno se daba cuenta de que había iniciado un zoom gradual y penoso.
Y aquí viene un cambio de expresión de la princesa: cara de prestar atención. El sonido de una puerta que se abre y se cierra, y el rumor audible de unos pasos que se aproximan. Después, la figura blanca, medio tapada por la sombra.
La calidad del sonido, en conjunto, había obligado a aguzar penosamente el oído. Ahora, sin embargo, siguió la súbita presencia de una voz humana.
Vengo del lecho de tu padre. Me envía para que te ayude a bañarte. Era El…, era El… El se quitó su túnica y extendió una mano de manera que la princesa tuvo que levantarse para recibirla. Luego se metió también en la bañera… Le besó el cuello y la garganta, le pasó la esponja por los pechos. Dos cuerpos: uno moreno y grave, el otro pálido y leve… Y dos rostros: uno con su joven asombro y horror, el otro con su antigua crueldad.
Brendan se volvió de nuevo. Enrique tenía los brazos apoyados en el respaldo del sofá y la cabeza ladeada. En torno a sus ojos cerrados había tenido tiempo de formarse ya un pequeño remanso de humedad.
A los pocos minutos, Brendan dijo:
– ¿Señor? Pienso que tendríais que…
Enrique se incorporó y miró la pantalla de nuevo. Una escena distinta, ahora melancólica, lujosa: El Zihen, a medio vestir, acariciaba su propio cuerpo desnudo, que daba una impresión de completo desvalimiento, como el de un bebé a la espera de que le cambien los pañales.
– Si os sirve de consuelo, señor, pienso que puedo deciros una cosa a favor de la señorita Zizhen. Ella era el topo de nuestro enemigo.
– Pues, aunque te sorprenda, Bugger, sí es bastante consuelo. Ahora ha acabado todo. Oughtred por un lado y el primer ministro por otro. Lo que nos queda a nosotros ahora, o me queda a mí, es adivinar qué quiere la princesa. Dime…, ¿qué quieren las princesas?
Su muleta era de las que suben rectas hasta las axilas. Joseph Andrews estaba apoyado de lado en su mesa y, después de unos penosos tanteos, se dejó caer en su sillón giratorio.
– Sime…-dijo, cuando estuvo en condiciones de hablar.
Se dirigía a un hombre bajito de mediana edad, que vestía traje oscuro de raya fina y con unos ojos desagradablemente pálidos alrededor de una pupila azul de póster: Simon Finger.
– Simon, amigo. Todo esto me está jodiendo: el que me amenacen. Yo soy monárquico, hombre. Lo he sido siempre. Pero lo que sé podría hacer que la familia real desapareciera. Y yo no podría vivir con ese peso sobre mi conciencia. Sabiéndolo, no podría descansar en mi tumba. Mañana me enchironan, así que me llevaré mi secreto conmigo. Aunque Cora siempre lo ha sabido, por si se descubría.
Arrastrando las sílabas -con mayor elegancia aún que el rey-, Simon Finger dijo:
– No podría estar más de acuerdo contigo, Jo. Es una gran institución.
– ¿Dónde estamos? Sí… Tendremos que estarles muy agradecidos a Tony Tobin, Yocker Fitzmaurice, Kev Had y Nolberto Drago. Puedes hacer lo que quieras con el resto de escoria, pero a mí déjame a Nobby Drago.
Durante un rato, Joseph Andrews estuvo hurgando asistemáticamente entre los papeles de su mesa. Luego tomó un recorte y lo sostuvo en alto.
– Me llama viejo huevón. En letras de molde. Menciona mi nombre. Me sitúa. Y, por lo que dijo aquí la otra noche, no me tiene ningún respeto. ¡Y se habría marchado tranquilamente si se lo hubiera permitido…! Pero no hubiera podido conmigo. No hubiera podido… ¡Llamarme a mí… ! ¡Mi propio hijo! Bueno, eso no lo toleraré. Ella…
– ¿Ella? ¿De quién hablas…?
– Mira… Cora me hizo prometer que no le haría daño. Por eso quiero hacérselo a ella, Simon. A su esposa. Porque no se marchó como le dije. Y ahora estoy obligado. Quiero que le marques la cara, Simon. Quiero que le hagas un buen corte en la cara.
– No. Eso estaría… fuera de lugar. Me parece que sería, sin duda, un peu trop .
– No te comprendo, Simon Finger. Tienes un culo que cuidar. Si viniera contra ti un toro furioso, aguantarías firme. O te echarías de cabeza en una jodida mezcladora de cemento si pensaras que era lo que debías hacer. Acabo de pedirte que liquides a cuatro fulanos, y ni siquiera has pestañeado. Y ahora, en cambio, no quieres… Ah, está bien. Está bien. Pero pégale un buen puñetazo, por lo menos. ¿Querrás hacer eso, por lo menos?
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