Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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»Reconozco que aquello fue un error… Forcé mi mano, como suele decirse en el póquer… Porque se enfadó mortalmente conmigo; eso es lo que ocurrió, y ya nada…, nada… De manera que se puso a atizarme con las tablas del cobertizo. Y, mientras me hacía ver las estrellas, yo pensaba: “Bueno…, hoy no tienes el día, amigo. Deberías haberte quedado en la cama.” Porque, entiéndeme, lo que es justo es justo. Follar a las mujeres de otros maleantes es algo que se da por descontado. Como el derecho de pernada del señor, podría decirse… Le dicta a uno. “Hazlo.” Y, si se enfada, que se enfade. Y Mick debía de tener ya algún barrunto de la cosa, porque cinco días más tarde dejó tullido a Damon Susan y se fue a cumplir su condena de nueve años, lejos de mi alcance.

»Total…, que aquí me tienes, tomando mis medicinas, como has de tomarlas también tú. Y resulta que hete aquí que apareces tú en escena, tú, so bobo, metiendo las narices en mi vida. Ahora sé que Mick me castiga. Pero es mi castigo, no el tuyo. Y no pienso tolerar eso. ¡Mi propio hijo! La sangre y todo eso… Delataste a tu propio padre… Te veo muy tranquilo aquí.

– Sí, es cierto.

– Oh… ¿Puedo preguntar el motivo?

No había sido falta de valor: había sido desinterés…, o falta de inclinación. Xan se lo explicó:

– ¿Por qué? Pues porque estoy tratando de no estropear la escena, compañero. Eres un viejo bufón, eso es lo que eres, camarada. Mírate: un jodido viejo bufón.

La última vez que tu madre fue a verlo a la cárcel, estaba de ocho meses. Se puso una faja tan apretada, que se rompió cuatro costillas. «Lo he tenido», le dijo. Y él le preguntó: «¿Dónde está?» «Le están curando la ictericia en el Princess Beatrice.» Diez semanas después te llevó a la prisión de Green, y Mick comentó que le parecías un poco canijo pero, por supuesto, les echó la culpa a los médicos… Una mujer terrible, tu madre… Como tu hermana. Le encantaba que me cagara en su cara. ¿Estás ahí aún?

Joseph Andrews se puso de pie… y las terribles manchas blancas de sus zapatillas deportivas, blancas como la luz de la luna, comenzaron a danzar su danza, rozando apenas las losas del suelo.

– Todavía me pirro por una buena pelea. No te preocupes, muchacho. El hospital de aquí es bonito y limpio.

– No veo por qué tú…

– Bueno… Me estoy volviendo desagradable en la vejez… Mírate a ti mismo. Lo he aprendido de ti.

– ¿Cuántos años tienes, Jo? Sí, y mira en qué estado estás. ¡Joder…! Y a eso lo llamas tú libertad, ¿eh? Es un buen puntapié en el culo lo que te han dado los años al pasar. Y no hay venganza posible para eso. ¿Por qué no lo aceptas? Pero no… Te hundes más y esperas más de lo mismo.

Joseph Andrews fue a situarse junto a la puerta. Parecía estar sopesando algo en las manos cuando canturreó:

– El hombre lucha con su culo. La fuerza le llega en forma de ira, que le sube por el culo -sentenció respirando profundamente-. Es la ira justificada del justo. Llega, entra por el culo y sube hasta las entrañas del hombre. Vamos…, ¿dónde la tienes? Veámosla. Suéltala.

Xan observó que Andrews era uno de esos hombres que, cuando se preparan para luchar, no muestran la parte superior de la dentadura, sino la inferior. Se puso en pie y se acercó hacia él, diciendo:

– No voy a luchar. No voy a tocarte. Tienes… Se te cae la baba por la barbilla. Estás fuera de la circulación, viejo payaso. Tú, viejo maricón.

Pensó que la cosa iba a acabar así, hasta que sintió un dolor lacerante en la frente, que pareció parar el tiempo. Pero, aun cuando el golpe le había dado de lleno en la cabeza, no podía haber ninguna duda acerca de la dinámica del futuro inmediato: de las reglas que rigen los movimientos de los cuerpos bajo la acción de las fuerzas. Golpeó a un lado y a otro, repetidamente, y Joseph Andrews se derrumbó a sus pies. Se oyó el crujido de su coxis al dar contra el suelo, y después un débil quejido que no parecía humano, ni siquiera orgánico, como el chirrido del metal forzado. Los troncos y sus gusanos expectoraron y regurgitaron, una vez prendidas las llamas en ellos.

– ¡La cadera! -exclamó valorando los daños-. Se me ha salido la prótesis y tengo que volver a ponerla en su sitio. ¡Ah…! Ya está -dijo, y dejó escapar un ruido sordo, como el hombre que llega del frío y siente por fin el calor del fuego…-. No, Simon, Rodney…, dejadlo pasar. Dejad que se vaya. Pero la cosa no ha acabado , muchacho. No ha acabado aún.

Media hora más tarde, Xan se estaba inspeccionando a sí mismo en el espejo de aumento de su cuarto de baño, dotado de una luz interior. Tenía dos lesiones curvas, como dos hematomas en forma de paréntesis, a unos cuatro centímetros al noroeste de sus ojos.

5. EL FRANCOTIRADOR DE SEXTOWN

– ¿Te parece prudente, Cora? ¿No estaremos desafiando al Francotirador de Sextown?

– El Francotirador de Sextown no actúa nunca de noche. Y jamás dispara a la cabeza. No entiendo por qué hay gente que anda por ahí con casco metálico… No ha herido nunca a un amigo mío… Aunque ha estado a un paso. ¿Recuerdas a Semental Johnsonson, el tipo que perdió unos dedos del pie? Comparte un cuchitril con Dork Bogarde. Pondré la capota ahora para tomar la autopista. Mira, deberíamos haber ido por carreteras asfaltadas.

Hacia el frente, el lento río de color carmesí. Y a su izquierda, el lento río de aguas amarillas fluyendo hacia Lovetown.

– ¿Hasta qué punto es homosexual Dork? ¿Hasta qué punto te parece homosexual Jo? ¿Hasta qué punto es homosexual el porno, según tú?

– Bueno…, el porno es completamente homosexual. Pero estamos hablando de algo oculto, ¿no? No es abiertamente homosexual. Digamos que es criptohomosexual. Por ejemplo…, tendrías que ser un poco gay para hacer un doble anal, ¿no te parece? ¿Dos hombres con una chica? Seamos serios. Y un triple anal. En todo caso, muchos de ellos practican el porno homosexual. Ganan más dinero, porque en el porno gay los muchachos son chicas. Aunque no: en el porno gay todos son chicas. Lo llaman «gay for pay». Y en América, ya sabes, en cuanto algo rima o se transforma por aliteración, se convierte en una norma social. En cuanto a Jo…

– Quiere poseerlos, y los posee. Y posee también a sus mujeres.

– Hmm. De ahí su afición al dolor. Se castiga a sí mismo por eso. Realmente ha sufrido mucho dolor esta mañana. Su prótesis. Habrán tenido que encajarle de nuevo la cadera. Ahora estará rabiando de dolor, pero no tocará la morfina. En fin. Bueno…, veamos tu frente.

– Ha tratado de dejarme ciego. ¡A su propio hijo!

– ¿Así que no te ha afectado esa revelación?

– No veo qué diferencia puede haber. En el periódico describí a Jo como «otro gilipollas loco». Otro…, como Mick Meo. No veo qué diferencia puede haber en cuál de los dos sea mi verdadero padre.

– La hay para mí. Digamos que, más o menos, anula el motivo que yo tenía para ir directamente contra ti.

– Es cierto. Y también anula el incesto…, si lo cometimos. Aunque todavía tenemos en común a Hebe Meo. ¡Joder…, mi madre! Pero, bueno… Tenemos que dejarlo estar. No irás a llegar a tu lecho de muerte obsesionada…, obsesionada aún por tu cuna de niña. Claro que para mí es fácil decirlo. Espero que estés bien ahora…, ¿lo estás?

– Sí. ¿Sabes…? Has echado por tierra la visión mágica que tenía de mí misma… La seductora universal… ya no volverá a surcar los aires. Tal vez sea un alivio. Estoy por dejar todo este negocio de la venganza. Y pensando también en abandonar la industria del porno. Ahora que me he hecho rica con ella. ¿Sabes qué es lo que realmente no funciona con el porno? Envejecer una pareja juntos, sexualmente, es tal vez lo más difícil de todo. Pero quizá sea también lo más maravilloso de todo. Y el porno es el enemigo jurado de eso.

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