No recurrí a la música hasta haber salido de Indiana. Primero Croft y yo recogimos los coches y me enseñó su casa, otra belleza anidada al fondo de un caminito donde terminaba la Granja Azúcar de Sandía. Un cortafuegos dividía otros doce acres y llevaba a la interestatal, por encima de Louisville, Kentucky. Si el viento era favorable se oían los camiones. Fue allí donde Croft mencionó, como si se le hubiera ocurrido en el último momento, que la granja estaba luchando por sobrevivir contra una criatura menos quimérica que Rachel o Jeremy. La administración pensaba extender la interestatal a través de la propiedad, el proyecto representaba un contrato de cuatro mil millones de dólares para una infraestructura local que solo acortaría en diez minutos el viaje hasta Chicago. Lo meditamos juntos, escuchando atentamente para ver si oíamos el lejano rugido de los tráilers. Luego me invitó a entrar en casa y encendió la luz de la cocina para prepararme unos espaguetis. También me ofreció la habitación de invitados, pero yo quería conducir. Me dijo que usara su teléfono y casi acepté, luego decidí que llamaría a Abby desde algún lugar más al oeste, más cerca de casa, cuando ya tuviera más claro lo que quería contarle.
En la puerta, Croft me abrazó algo incómodo y yo le devolví el abrazo también algo incómodo. No había nada que aceptar ni rechazar de aquel gesto. El sobrino de Isabel Vendle no era la madre que nunca tuve, no más que la máquina de escribir. Tampoco era el padre que nunca tuve. Lo eran Abraham y Rachel, y Gowanus o Boerum Hill eran el hogar que nunca tuve, todas las cosas eran lo que eran por mucho que cambiaran de nombre, así que abracé a Croft y volví a pilotar mi coche por entre los bosques de vuelta al camino serpenteante. Me perdí un par de veces de regreso a Bloomington, pero no me detuve a pedir consejo. No había nadie a quien preguntar. Y tampoco tenía prisa.
Ya pasaba de la medianoche cuando bordeé Gary, Indiana, el hogar de los Jackson Five. En Illinois me detuve a poner gasolina y entonces me fijé en la funda de cedés del asiento trasero. De vuelta en la carretera, cargué uno en el lector del coche, el primero que cayó en mis manos: Another Green World de Brian Eno. Rock progresivo o, como habría dicho Euclid Barnes, música de troll. Llevaba toda la vida escuchando ese disco desde que lo descubrí en la sección de descuentos de la octava planta de Abraham & Straus, en la moribunda tienda de discos de detrás de la sección de sellos y coleccionismo. Mediante habilidades propias de Brooklyn, me agencié otra copia, en casete, en la tienda de discos de la calle Main de Camden Town y luego lo puse toda una noche mientras hacía el amor con Moira Hogarth. Adoraba el secretismo inofensivo de aquel disco: las oleadas de los teclados de Eno, el chelo como un serrucho de John Cale, el calado goteante de Robert Fripp. Y siempre lo asociaba a la conducción mientras los kilómetros se perdían bajo los faros del coche. Lo asociaba con un viaje en coche concreto.
Fue el invierno que me expulsaron de Camden College. Después de recibir la carta de Richard Brodeur estaba obligado a regresar al campus al menos una vez para recoger las pertenencias -libros, ropa de cama, aparato de música- que había dejado en Oswald House. De modo que Abraham, en su típico estilo de rabia silenciosa, me había llevado al norte en un coche prestado. La universidad estaba cerrada por las largas vacaciones invernales que buscaban ahorrar energía. Pese a lo cual, y ante mi insistencia, Abraham se avino a esperar en el coche mientras yo buscaba a un guardia de seguridad que me abriera la puerta de la residencia. No quería que mi padre pusiera los pies en el campus.
De regreso, atravesamos una ventisca a la altura de Massachusetts, el viento formaba un túnel de copos de nieve agitados alrededor del ojo de topo de nuestro parabrisas. Solo podía contener la vergüenza que sentía por haber decepcionado a Abraham con una especie de rabia preventiva y terca. En el punto álgido de la tormenta, mientras el coche avanzaba lentamente por aquel ciclón polar guiado por las luces traseras de un camión tambaleante cuyas ruedas iban abriendo un camino aunque fuera resbaladizo, busqué en la caja de libros y casetes del asiento trasero y, como esta otra noche, saqué el de Eno y lo puse en el radiocasete del coche. La música compuso la banda sonora ideal para la irreal ventisca. Supongo que Abraham estaba enfrentándose a un peligro real, pero la placidez sobrenatural de Another Green World parecía responder a sus esfuerzos y serenarnos a los dos. Eno cantaba «No veo las líneas entre las que solía pensar que leía…».
Con anterioridad, durantes los primeros años de instituto, cuando descubrí a los Clash y los Ramones y conocí a Gabriel Stern y Timothy Vandertooth, había llevado un disco a casa y se lo había puesto a Abraham.
– ¿Lo oyes? -le había preguntado-. ¿Oyes lo buenísimo que es? ¡Nunca ha existido una música así!
– Claro. Es maravilloso.
– Pero ¿de verdad oyes lo mismo que yo? ¿Oyes la misma canción que yo?
– Por supuesto -había dicho Abraham, dejándome a mí totalmente insatisfecho y el misterio sin resolver: ¿podía mi padre escuchar mi música? Aunque para cuando entré en la universidad ya nunca se lo habría preguntado, ni siquiera en aquel adusto viaje de vuelta a casa. Aquellas líneas de investigación estaban cerradas, así que no me molesté en especular qué podría significar para Abraham Another Green World , si notaba cómo moldeaba y aporreaba la nieve. Eno cantaba «Te sorprendería hasta qué punto dudo…».
Pensé entonces que lo que solía gustarme de ese disco y otros similares - Remain in Light , «O Superman», Horses - era el espacio intermedio que conjuraban y habitaban, un mundillo bohemio, un sueño hippy. Y ese mismo espacio, aquella proposición improbable, era lo que había acabado detestando y avergonzándome, lo que había tenido que rechazar en favor del soul, en favor de Barrett Rude Junior y su dolor desafiante y en absoluto sutil. Necesitaba música que me contara así las cosas, tal como había aprendido que eran en la ciudad interior. Another Green World era como la película de Abraham: demasiado frágil, demasiado fácil de estrangular… Yo quería una canción más dura. Yo sabía cosas que B. Eno y A. Ebdus ignoraban, y no podía permitirme cargar con ellos ni con su inocencia del mismo modo que Mingus no podía hacerlo conmigo.
Aquel intermedio ruinoso era de lo que había escapado Cangrejo Huidizo. Era el mismo espacio que los comunistas y los gays y los pintores de celuloide imaginaban que encontrarían en Gowanus, solo para acabar convertidos en cuñas involuntarias para los renovadores, en una bola de demolición racial. El aburguesamiento era la cicatriz de un sueño, Utopía el espectáculo que siempre cerraba una noche de estreno. Y no era tan distinto del espacio que Abraham no deseaba ver abrirse para dar la bienvenida a su película, un espacio de la amplitud de un final de verano, un lugar donde Mingus Rude siempre acertaba en los lanzamientos de Spaldeen, siempre conseguía home runs.
Todos suspirábamos por esos espacios intermedios, esas horas veraniegas cuando Josephine Baker se destruía en París, cuando «Bothered Blue» coronaba las listas de éxitos, cuando un Elvis adolescente que todavía soñaba con su primera grabación se sentaba en los Sun Studios a mirar a los Prisonaires, cuando un gran graffiti cruzaba fugazmente una estación de metro renovando momentáneamente el mundo, cuando los tocadiscos de patio escolar se enchufaban a una farola de la calle, cuando la vida fluía. No había ido a Indiana a ver una máquina de escribir ni a encontrarme con Croft, sino a desandar aquel camino al anochecer y ver el espacio intermedio que los Azucarillos de Sandía le habían arrebatado al mundo antes de que los constructores de autopistas se lo devolvieran, igual que había ido a casa de Katha para ver el camastro que le reservaba a su hermana, a escuchar los raps de M-Dog. Un espacio intermedio se abría y se cerraba en un abrir y cerrar de ojos, si parpadeabas te lo perdías. Quizá también Camden había sido uno alguna vez, antes de que el dinero lo contaminara. Quedaban las huellas. Con ese mismo espíritu y siguiendo los principios de Rachel a mí me habían empujado como un dedo ciego para probar un espacio inexistente, un chico público integrado en escuelas públicas que justo entonces estaban siendo abandonadas, que se estaban convirtiendo en un mero ensayo de prisión. El error de Rachel era muy bello, muy estúpido, muy americano. Había aterrorizado mi mente infantil. Abraham había tenido una idea mejor, había tratado de abrirse ese espacio intermedio día a día, a solas en su estudio. Si el triángulo verde no llegaba a tocar la tierra antes de que Abraham muriera y la película quedaba inacabada, nunca habría caído… ¿no es cierto?
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