Jonathan Lethem - La Fortaleza De La Soledad

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«La fortaleza de la soledad ejemplifica, sin necesidad de grandes aspavientos vanguardistas, nuestro paradójico signo de los tiempos», Qué Leer
Esta es la historia de un chico negro y uno blanco: Dylan Ebdus y Mingus Rude, vecinos que comparten sus días y defienden su amistad a capa y espada desde un rincón de Nueva York. Esta es la historia de su infancia en Brooklyn, un barrio habitado mayoritariamente por negros y en el que comienza a emerger una nueva clase blanca. Esta es la historia de la América de los años setenta, cuando las decisiones más intrascendentes -qué música escuchar, qué zona ocupar en el autobús escolar, en qué bar desayunar- desataban conflictos raciales y políticos. Esta es la historia de lo que habría pasado si dos adolescentes obsesionados con superhéroes de cómic hubieran desarrollado poderes similares a los de los personajes de ficción. Esta es la historia que Jonathan Lethem nació para contar. Esta es La fortaleza de la soledad.
Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) es una de las voces más inventivas de la ficción contemporánea. Es autor de nueve novelas y depositario de distinguidos galardones, como el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.

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– Quiero enseñarte una cosa -dijo Croft-. Luego deberíamos dar un paseo por los alrededores antes de que se vaya la luz. Es una noche excepcional.

Croft, al volante de un Peugeot decrépito, me había conducido por una serpenteante carretera rural a través de aldeas y granjas hasta adentrarnos en el bosque, donde tomamos un camino cuidado en cuyo buzón se anunciaba «AZÚCAR S». Allí pasamos junto al exoesqueleto en descomposición de un Volkswagen Escarabajo de cuyo motor crecían las hierbas y nos detuvimos frente a una cabaña hecha a mano con la pintura de los tablones exteriores desconchada casi por completo. Me pareció que se inclinaba peligrosamente, pero de todos modos nos dirigimos a la puerta abierta. A su lado, un cortacésped manual se oxidaba junto a un primitivo pozo de piedra, rendidos los dos, como el Escarabajo, al poder de las hierbas del campo.

– ¿Vives aquí? -pregunté.

Reprimí la pregunta real: ¿era Croft el único que quedaba en la propiedad? La escena recordaba a Walden, aunque resultaba un poco desolada juzgada en términos de civilización.

– Por Dios, no, las casas están colina abajo, en el bosque. Tenemos ciento sesenta acres. Antes esto era la cocina de la comuna, cuando comíamos todos juntos. Además del lugar donde dormían en invierno los que vivían en tiendas. Aunque ya hace bastante de todo eso. Ahora no la usa nadie, solo las abejas.

Supongo que con tantos acres nunca encontraron una razón para tirar la cabaña ni desguazar un coche parado. Sobre todo cuando tus modelos de decoración exterior eran fotografías de Richard Brautigan a la puerta de una choza de Montana como la de Theodore Kaczynski.

Dentro estaba la cocina abandonada: una vieja cocina económica con el esmalte cuarteado como el brillo de un cuadro renacentista, una larga madera maciza manchada que debían de haber rescatado de algún desván de Emeryville o Gowanus y un lavabo de doble seno con un cubo de plástico debajo en lugar de desagüe. Lo que Croft había llamado el dormitorio de invierno pendía tan cerca de la cocina que casi la rozaba. Olía a madera podrida y huevos de insecto, como un tronco hueco. Croft se encaramó a unas duelas y tambores situados en un rincón bajo el altillo y bajó un trasto de un estante lleno de libros de portadas humedecidas cargándolo bajo el brazo. Cuando regresó de entre los restos de la cocina, me lo enseñó: una máquina de escribir. La cinta doble, negra y roja, que había decorado las letras de las postales de Cangrejo Huidizo seguía tensada entre las bobinas, auque el carrete estaba cargado de óxido, con pinta de no ir a ninguna parte.

Cualquier vago atisbo de fantasía de que Croft iba a mostrarme a Rachel en carne y hueso, de que ella vivía de incógnito como una madre de la Organización Weatherman o el Ejército Simbiótico en una de las casas del bosque, se desvaneció de pronto incluso antes de que Croft dijera nada.

– La llevábamos en el Escarabajo cuando salimos de viaje hacia la costa. Solíamos escribirte una postal siempre que parábamos a repostar o a drogarnos.

– ¿Las escribías tú o ella?

– Tenía que animarla un poco, pero me ayudaba. Creo que estaba avergonzada, ¿sabes? Después las escribía yo solo. Cuando se marchó.

Sostuve la máquina destrozada con ambas manos, como un mendigo sostiene el sombrero. Croft se limpió las manchas de óxido que le había dejado en la manga de la americana de pana.

– ¿La quieres? -preguntó.

– No. -Lo que yo quería era que me devolvieran el depósito al entregar el coche de alquiler impoluto, eso era lo que quería.

– Vamos a dar un paseo.

El camino de tierra giraba hacia campo abierto a la entrada de la propiedad y luego descendía por la colina hacia el bosque. Dejamos los coches, caminamos por el claro hacia la fría arboleda, un terreno demasiado empinado e irregular para cultivarlo. El sol desapareció por debajo del horizonte montañoso, los troncos de los abedules y los pálidos helechos parecían bioluminescentes, cargados con la luz del día. Nuestros pasos susurraban sin obtener respuesta sobre la capa nueva de gravilla gris del camino privado. Los bosques eran un motor de silencio que los elevaba hacia el cielo.

En cada curva se escondía una casa. Edificios de madera de dos plantas, siete u ocho en total, cada uno de ellos con un detalle Buckminster Fuller o Christopher Alexander: habitaciones circulares con cúpulas transparentes, ventanas invernadero, galerías unidas a anexos bajos o un pequeño estudio. Cada casa con uno o dos coches en el camino de entrada, algunas con humo saliendo de sus chimeneas. Desperdigadas por ahí había bicicletas, sierras mecánicas, raquetas para la nieve, montones de mantillo, marcas de cortar leña, hachas clavadas en un tocón. Los Azucarillos de Sandía estaban en casa, las cocinas estaban iluminadas. Aunque desde el camino respetábamos su intimidad. Había recibido una merecida lección de humildad al comprobar la gran variedad de estilos de vida que se escondía entre una costa y otra.

– Probablemente Rachel y Jeremy fueron el reto más grande al que esta comunidad se haya enfrentado -dijo Croft con su voz de pito-. Tener que lidiar con ellos nos ayudó a madurar, supongo que les debemos mucho. Nunca olvidaré la noche en que, cogidos de las manos en círculo, les dijimos que debían marcharse. Casi me cago en los pantalones. Jeremy ya me había golpeado un par de veces, pero me había dado demasiada vergüenza contarlo. Al final resultó que había pegado a un montón de gente.

– No sé quién es Jeremy.

– Alguien me dijo que murió hace un par de años. Básicamente era un tipo muy violento y carismático de Kentucky que se entretuvo con nosotros unos meses. Su juego favorito consistía en asustar a los tíos drogándolos mucho y, una vez colocados, contándoles que una vez había matado a un tipo en un bar de un simple puñetazo en la garganta. Tenía un montón de cuentos de motoristas aterradores. Justo después de lo del bar, se mudó con la novia del tipo. Todo el mundo reaccionó de un modo pasivo, del tipo «Bueno, si ella quiere estar con Jeremy, está bien, quizá lo tranquilice un poco». En realidad Rachel fue la única persona que le plantó cara.

– ¿Jeremy te la quitó? -pregunté.

Estaba oscureciendo, y por un momento me había petrificado la imagen que se veía en la ventana de una cocina iluminada: una mujer de mediana edad, con el pelo gris como el de Croft, cortaba tomates en una encimera mientras detrás de ella dos hijas rubias, brillantes y relucientes como las Solver, jugaban con un videojuego de una mazmorra o túnel submarino de un azul que no era de este mundo. Pero ellas no podían verme y me sentí como el monstruo de Frankenstein espiando a los humanos. De modo que aparté la vista.

– Bueno, por entonces ya no pasábamos demasiado tiempo juntos. Rachel también era un problema, a muchos no les entusiasmó que la trajera. Tenía ese sarcasmo neoyorquino que rompía las ilusiones de la gente. -Se rió-. Le daba mil vueltas a todo, la verdad. A mí también. Además, aquí no era feliz. En realidad, no era feliz en general, o si no nunca se habría marchado con Jeremy. Creo que se arrepentía de haber dejado Nueva York.

– ¿No hablaba de… Abraham?

– Bueno, estaba bastante avergonzada.

Era la misma palabra que le había servido para explicar por qué tuvo que obligarla a escribir las postales. Supuse que tenía razón, que era la palabra correcta. Decidí dejar de seguir preguntando.

Croft continuó.

– Sobre todo me acuerdo de un día en particular en que intenté que me acompañara a recoger setas. Rachel odiaba esas cosas, le parecían estupideces. Jeremy ya había llegado. Yo solo trataba de acercarme a ella, ya sabes, establecer algún tipo de conexión porque la veía muy encerrada en sí misma. Pero cada vez que intentaba sacar a Rachel fuera de casa me decía: «¿Qué estarán programando en el Thalia?». Como si yo debiera tener presente lo que ella echaba de menos de su vida anterior. Decía: «Quizá Los treinta y nueve escalones o El payaso de la ciudad », o lo que fuera. De modo que ese día en particular aceptó, no sé por qué. Había llovido tres días seguidos y salimos a por colmenillas. -Croft señaló el suelo del bosque y entendí que quería indicar que buscaron allí. Más o menos por donde estábamos-. Aunque Rachel no recogió nada. Fumaba un cigarrillo tras otro: tampoco sabía conducir, así que me obligaba a ir al pueblo a comprarle tabaco. En fin, salió a pasear conmigo fumando como una adicta, y cuando empezó con lo del cine Thalia, me dijo «Quizá estén dando La burla del diablo », y yo le pregunté por la película. El caso es que se pasó una hora hablándome de la puta película. Me refiero a que hasta imitaba la voz de Peter Lorre y todo, se sabía todos los diálogos, se había memorizado la película.

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