Jonathan Lethem - La Fortaleza De La Soledad

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«La fortaleza de la soledad ejemplifica, sin necesidad de grandes aspavientos vanguardistas, nuestro paradójico signo de los tiempos», Qué Leer
Esta es la historia de un chico negro y uno blanco: Dylan Ebdus y Mingus Rude, vecinos que comparten sus días y defienden su amistad a capa y espada desde un rincón de Nueva York. Esta es la historia de su infancia en Brooklyn, un barrio habitado mayoritariamente por negros y en el que comienza a emerger una nueva clase blanca. Esta es la historia de la América de los años setenta, cuando las decisiones más intrascendentes -qué música escuchar, qué zona ocupar en el autobús escolar, en qué bar desayunar- desataban conflictos raciales y políticos. Esta es la historia de lo que habría pasado si dos adolescentes obsesionados con superhéroes de cómic hubieran desarrollado poderes similares a los de los personajes de ficción. Esta es la historia que Jonathan Lethem nació para contar. Esta es La fortaleza de la soledad.
Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) es una de las voces más inventivas de la ficción contemporánea. Es autor de nueve novelas y depositario de distinguidos galardones, como el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.

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Había conducido todo el día y hasta bien entrada la noche del domingo desde el aparcamiento del centro comercial de Watertown en una suerte de penitencia topológica a través del oeste de Nueva York y Pensilvania por una interestatal de tres carriles que no juzgaba ni perdonaba nada, sino que lo dejó todo a mi criterio. Ahora lo entendía: había despertado a Aeroman para matar a Robert Woolfolk. Una colaboración que había exigido de la implicación de Mingus, el anillo y mis años de odio semiconsciente a pesar de que la semilla de la inspiración se remontaba, sin duda, al salto de Aaron X. Doily en el parquecito de la calle Pacific de hacía veintitrés años: todo lo que sube, baja. Aeroman no era más que un cuerpo negro en el suelo. Yo ni siquiera había jugado limpio y no le había explicado a Robert que el poder del anillo había cambiado. Me preguntaba si había llegado a descubrirlo. Me preguntaba si los guardias de la torre en realidad solo se habían dicho que habían visto a un hombre chillar como un ave rapaz al caer, si habían llegado a ver algo antes de descubrir a Robert hecho trizas en el hormigón.

Hacía mucho tiempo que consideraba mío el legado de Abraham: retirarme arriba, sin poder ni querer cantar o volar, dispuesto solo a compilar y coleccionar, a esculpir estatuas de los amigos perdidos, los verdaderos actores de la vida, en mi Fortaleza de la Soledad. Contemplar el mundo en términos de una nota de presentación: yo soy el DJ, yo soy lo que pincho. Pero me había catapultado a través del país en un asiento de avión convertido en un desquiciado hombre-flecha todo determinación para sacar a la luz a Mingus y Robert en Watertown (ellos no me habían pedido que fuera). Tal vez había subestimado a la Rachel que había en mí, el Cangrejo Huidizo listo para destruir y salir corriendo, preparado para poner vidas patas arriba y darse a la fuga.

De modo que ahora tenía que moverme a ras del suelo, con los pies en la tierra. Necesitaba seguir sus huellas de cangrejo con precisión, esta vez no podía equivocarme de objetivo. Conduje rebasando apenas el límite de velocidad, camuflado en el flujo de coches, pero dentro del espacio del coche era un vigilante. Conduje sin música, con la funda de los cedés intacta en el asiento de atrás: ninguna banda sonora adornaría la fea escena que componía. Me detuve solo a estirar las piernas, poner gasolina y orinar, y a hacer un puñado de llamadas para comunicarles a Abraham y Francesca que no regresaría por Brooklyn, cancelar el billete de avión y explicar a la empresa de alquiler de coches que no devolvería el vehículo en La Guardia al día siguiente, sino al cabo de unos días en Berkeley. Ninguno de ellos se alegró, pero tampoco les di más opción. No llamé a Abby porque no tenía nada que decirle, todavía no.

A las tres empecé a perder la concentración. Me parecía que las luces esporádicas que se acercaban de frente viraban hacia mí a pesar de la amplia mediana de hierba que nos separaba. Entonces encontré un Howard Johnson a la entrada de Ohio y dormí unas horas, poco y mal, me duché y volví a la carretera. A media mañana estaba en Indiana: giré a la izquierda en Indianápolis y, pasado un concesionario Larry Bird, al sur hacia Bloomington. El aparcamiento en el campus era un asco, así que ocupé un espacio reservado. La noche anterior había matado a un hombre: podría soportar una multa de aparcamiento.

Lo descubrí en un ordenador de la biblioteca: mi presa no solo seguía viviendo en Bloomington, sino que además trabajaba en el campus. Ni siquiera tendría que cambiar el coche de sitio. El investigador del bufete de Zelmo Swift había conseguido la última dirección conocida de Cangrejo Huidizo en Bloomington, que era de 1975, antes de que desapareciera del mapa después de aprovechar una libertad bajo fianza para escapar de Lexington, Kentucky. Eran datos de «¡Esta es su vida!» y ni Zelmo Swift ni Francesca Cassini habrían sabido, como yo sabía, qué otro nombre emplear para seguir el rastro de Bloomington.

Los Archivos de Música Tradicional y la Colección Carmichael compartían la Casa Morrison con una parte de los departamentos de Inglés y Psicología de la Universidad de Indiana y con el Instituto Kinsey de Investigación sobre Sexo, Género y Reproducción, que ocupaba dos de sus plantas superiores. Allí había localizado a Croft Vendle. Trabajaba en la oficina de Administraciones Públicas del Instituto Kinsey. Le llamé desde un teléfono de la biblioteca y me dijo que pasara a verle.

Cuando llegué, la secretaria me comunicó que Croft estaba atendiendo una llamada. De modo que me senté en la sala de espera a leer folletos. De las pruebas se deducía que el instituto todavía se estaba peleando por defender sus conocimientos titulares de la mente americana, enfrentados aún a cierto rechazo, y vivía al borde del exilio del campus por culpa de la mojigata legislación de Indiana. Las paredes de la sala conformaban el mayor depósito de «materiales eróticos» del mundo gracias a que Alfred Kinsey había cerrado tratos con todos los departamentos policiales del país para transportar los objetos confiscados en secreto y ahorrarse así los costes de almacenaje o destrucción. Por todo lo cual las oficinas resultaban acogedoras, con paredes forradas de indecencias pulcramente enmarcadas de los años cincuenta, fotografías en blanco y negro tan alegres como las de los cromos Topps de béisbol. Junto a la mesa de la recepcionista colgaba una fila de retratos de estudio de los anteriores directores, empezando por el mismo Alfred con pajarita, y pasando por una encantadora secuencia de pensativos psicólogos mordisqueando la montura de las gafas, amables supervisores de una realidad de locos, que llegaba hasta nuestros días.

Apenas reconocí a Croft, vestido con un traje de pana marrón rojizo y corbata granate y unos zapatos Earth color leche con cacao. Una hirsuta barba plateada trepaba por sus rasgos rubicundos cortada toda a idéntica longitud, incluso la que le salía de las orejas. Parecía un gurú de las dietas o el ejercicio, alguien a quien normalmente solo se ve en pantalones de deporte pero que se había puesto un traje para alguna intervención de relleno en un programa televisivo. Fue toda una impresión. En mi cabeza solo Abraham había envejecido; Rachel y su amante seguían jóvenes, detenidos en su aspecto de 1974.

– Tengo una llamada en espera -se disculpó Croft, señalando al despacho. Su voz era aguda como si inhalara helio, otra cosa que no recordaba de él. En cambio, Croft pareció tomarse con calma mi aparición, pese al aspecto de forajido de carretera cansado: barba de tres días, antebrazo tostado por el sol y mirada de veterano de Vietnam. Quizá llevara años esperándome-. Es un coleccionista rico de Los Ángeles que lleva meses mareándome con una donación de objetos eróticos japoneses, miles de piezas. Le tengo a punto de caramelo, pero me está costando lo suyo.

– No pasa nada -dije-. Puedo esperar.

Me pregunté si los cuadros de Rachel de Erlan Hagopian entrarían algún día en la colección. Quizá algunos ya lo hubieran hecho.

– Estaba pensando que si tienes tiempo podrías venir a cenar a la granja. Y así hablamos.

– ¿Carretera rural ocho, número uno? -pregunté.

Croft abrió los ojos como platos.

– Nosotros lo llamamos la Granja Azúcar de Sandía, pero sí. Pásate a buscarme con el coche a las cinco y yo te guiaré. Es difícil de encontrar: son todo carreteras secundarias que ni salen en los mapas.

– De acuerdo.

– Bien. Será mejor que vuelva a atender la llamada. Si no sabes cómo matar la tarde, podría avisar a Susie, la chica de prácticas, para que te haga una visita guiada por el instituto.

– No hace falta.

Había pensado en la opción del salón Hoagy al cruzar el vestíbulo de la Casa Morrison y sospechaba que se adecuaba mejor a mi estado de ánimo. De modo que Croft volvió con su llamada telefónica y yo fui a por mi «March of the Hooligans».

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