En las últimas horas era Mingus el que hablaba. Yo escuchaba e intentaba no dormirme. Para empezar, nunca había permanecido invisible tantas horas. Sentando en el hormigón frío, noté la reaparición de mi micropsia infantil, un terror nocturno que creía haber dejado atrás, en mi dormitorio de la calle Dean, a los once o doce años: la sensación de que mi cuerpo empequeñecía hasta el tamaño de una mota en un universo plagado de fuerza gravitacional mientras el vacío me aplastaba por todos lados. Las ramas del ailanto que rozaban las ventanas traseras me habían parecido pequeños brazos en espiral de galaxias lejanas. Más adelante, en los años posteriores a que guardara el anillo, atribuí mi incapacidad para lanzarme de un tejado y mi tendencia a no mirar al cielo a las alucinaciones de la micropsia. Esa noche en la prisión regresaron para minar mi heroísmo. Mi heroísmo casi se había agotado. Me quedaba solo para huir de aquel lugar y lanzar la maldición de Aaron Doily entre los arbustos que bordeaban la carretera, luego me subiría a mi coche de alquiler y me perdería agradecido en la rabia ordinaria que me había ganado en tanto que californiano adulto. Escribía notas de presentación, era un novio incompetente. ¿Cómo podía haber tirado semejantes logros por la borda a cambio de un rescate quimérico? Lo único que sentía era la presión submarina de la sal, la especial claustrofobia de una bóveda de catedral dividida en jaulas para ratas. La sala tenía su propio clima, un hedor a bochorno de años acumulados. Con las luces apagadas, un planetario de colillas iluminó las galerías por encima y a nuestro alrededor, estrellas defectuosas llenas de reproches. Me decían que me fuera de allí.
Supongo que también trataba de no dejarme adormecer por la bella voz de Mingus que iba desgranando historias alrededor de una entrecortada forma de confesión, de una confesión que no se sabía entrecortada. Mingus se había enfrentado a su propia vida cientos, miles de veces más de las que yo podía soportar. Intenté no dormirme tampoco con el consuelo y la culpa que me producía tenerle de vuelta y estar a solo un instante de volver a perderle, de estar a punto de renunciar a la invisibilidad.
El anillo no le servía. Mingus intentó que lo entendiera. Me explicó que se estaba comportando, que no había recibido amonestaciones desde hacía años a pesar de los líos de Robert con los Latin Kings. En la última revisión había intuido cierta esperanza de clemencia, tal vez incluso lo soltaran pronto, dentro de uno o dos años. Tal vez lo del riñón había impresionado al consejo. En cualquier caso, la vida de un fugado en constante huida, visible o invisible, no le atraía.
Cuando Mingus me comunicó lo que quería resultó que lo había tenido en mente desde el principio, que había empezado a convencerme hacía diez horas en la sala de visitas. Le había ofrecido un modo de evitar que Robert Woolfolk cayera en manos de los Latin Kings. No era «un cedé» lo que había oído mencionar en las oficinas, sino UNCP: una Unidad de Confinamiento Protegido para los presos cuya seguridad estaba amenazada por los internos o que amenazaban la seguridad de los otros presos. Allí estaba encerrado nuestro colega de Gowanus. Yo le llevaría el anillo a Robert: Mingus me explicaría cómo encontrar el lugar y dónde dormían los guardias a los que había de robarles las llaves. Como conseguir un home run con un palo de escoba, Mingus sabía que podía hacerlo. Mingus sabía que lo haría.
Tenía unas cuantas preguntas para Mingus antes de marcharme. Antes de decidir si le fallaba o no: no me interesaban lo más mínimo Robert Woolfolk ni la UNCP. En cualquier caso, casi había terminado allí, casi me había comido la magdalena proustiana del «Play That Funky Music». Solo me restaba saborear las migajas.
– Mingus -dije-. ¿Tenías idea de lo a menudo que me estrangulaban?
– ¿Te refieres a las llaves que te hacían los hermanos?
Intentaba aclarar un punto, no burlarse de mí. No pretendía avergonzarme contrastando mi queja con sus lamentos reprimidos. No había pedido mi compasión, ni una sola vez. Yo solo me sentí avergonzado, pero aun así quería una respuesta.
– Me hacían una llave y me robaban el dinero -dije-. Prácticamente todos los días durante los tres años que estuve en la ES 293. Me llamaban chico blanco.
– A mí también me robaron alguna vez. -Se tomó mi pregunta más en serio de lo que probablemente me merecía-. Tíos de las casas Gowanus, Whitman, Atlantic Terminals; verás, tío, se pasaban el día robando y atracando, no sabían vivir de otro modo. En los clubs de Manhattan todo el mundo vigilaba a los negros de Brooklyn, para ellos todos eran atracadores armados.
Me parecía justo. Simplemente había sido un muñeco de pruebas para los crímenes reales, no se trataba de nada personal.
– No era una cuestión de blancos y negros -continuó Mingus-. Esos gilipollas simplemente estaban sedientos de cosas.
Sedientos. Más o menos resumía la cuestión. Ahora tenía que dirigirme al más sediento de todos -sediento de mi bici, sediento de mi terror- y liberarle de su celda.
– ¿Mingus?
– ¿Sí?
Noté en su voz que estaba tan cansado como yo. Me había encargado una tarea y ahora debía marcharme. Mingus llevaba toda la noche hablando, intentando no decepcionar, esforzándose por cubrir mis absurdas expectativas, sacar algo de mi incursión con lo que los dos pudiéramos seguir viviendo. Mingus se había trasladado a Watertown, una zona difícil de visitar desde la ciudad, para soltarse el lastre de Barry, de Arthur, de cualquiera. ¿Hasta dónde tendría que cargar conmigo esa noche?
– ¿Alguna vez has estrangulado a un chico blanco?
Desenterró su última respuesta desde algún lugar cansino; sin embargo, capté cierto asombro en su tono de voz por lo que había encontrado.
– Sí -contestó-. Una vez. Es decir, yo no le hice la llave. Nadie tuvo que hacérsela.
– ¿Cómo fue?
– Yo y unos colegas de Terminals queríamos pillar hierba. Un hermano propuso ir a Montague a sacarle la pasta a algún estudiante de la Packer o yo qué sé. Acorralamos a un par de chicos con aparatos ortopédicos en el Promenade, a plena luz del día. Yo me quedé al fondo, me limité a poner cara de pocos amigos mientras los hermanos les registraban los bolsillos. Consciente de que hacía lo que debía.
– Que era… ¿qué?
– Lo que acabo de decirte. Fui a los Heights y puse cara de pocos amigos.
Se pegó a los barrotes y la tenue luz de la galería recortó el mentón y el ceño de Mingus: la cara de pocos amigos. Un enfurruñamiento tipo el gato Silvestre que, sin embargo, me despertó una oleada de pánico que reconocí como uno de mis compañeros de viaje vital.
¿A qué edad aprende un chico negro que da miedo?
Mingus me mostró la cara un instante y luego retrocedió hacia las sombras.
Creo que perdí un poco la cabeza mientras paseaba por la cárcel. La invisibilidad y la voz de Mingus me habían desnudado. Ya no tenía secretos que ocultar. Además, no sabía poner cara de pocos amigos, ninguna mueca, en realidad; no me extrañaba que Zelmo Swift me hubiera tratado como a un criajo idiota. No podía salir de Watertown sin completar mi misión y, sin embargo, no me imaginaba entregando el anillo: aquel objeto había pasado a formar parte de mí, se había convertido en mi verdad. Así que durante un rato me dediqué a equilibrar ambas sensaciones y vagar sin rumbo fijo. Aunque, de hecho, me abría camino hacia el lugar donde según Mingus podría agenciarme las llaves de la UNCP solo que sin decirme a mí mismo que eso era lo que hacía. Avanzaba de modo temerario, pegado a los funcionarios que me iban abriendo puertas, convertido en una alteración viviente de las ondas aéreas, en un poltergeist enfermo de ambivalencia. Fue fácil robar un enorme llavero. Lo usé sin prestar atención, probando todas las opciones hasta que daba con la llave que encajaba en la cerradura. A medida que avanzaba por el complejo iba dejando puertas abiertas tras de mí. Tal vez con la idea de que seguirían abiertas cuando tuviera que regresar, tal vez solo porque pensaba que deberían estar abiertas. No estaba pensando: mi cerebro se había vuelto invisible.
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