El señor McCabe, que se consideraba a sí mismo el Chris Rock del álgebra, impartía su rutinaria clase diaria como quien representa una comedia de situación.
– De modo que aquí tenemos a dos chicos en la cola del comedor, cuando el primero de ellos se vuelve hacia su amigo y le dice: «¡No tengo dinero! ¿Qué voy a hacer ahora?». Y su colega le contesta: «¡2x + 5!».
Zoe levantó los ojos hacia el reloj. Fue siguiendo el recorrido del segundero hasta que fueron exactamente las 9:50, y entonces se levantó del asiento y le tendió al señor McCabe un papel de permiso.
– Ah, al dentista. Una ortodoncia-leyó en voz alta-. Bueno, asegúrese de que no le cosen la boca con el alambre, señorita Patterson. Así que el colega le dice: «2x + 5». Un binomio. ¿Lo entienden? [1]
Zoe se colgó la mochila del hombro y salió del aula. Había quedado con su madre en la puerta del instituto a las diez y, puesto que era imposible estacionar, ella pararía un momento para recogerla. En plena hora de clase, los pasillos estaban vacíos y los pasos resonaban. Era como avanzar penosamente por el vientre de una ballena. Zoe se desvió hacia la oficina principal para firmar en la hoja de incidencias de la secretaría, y luego casi se lleva por delante a un chico apresurado por salir.
Hacía tan buen tiempo que se bajó el cierre del abrigo y pensó en el verano y en el campamento de fútbol y en lo genial que sería cuando le quitaran definitivamente el paladar extensible. Si le dabas un beso a un chico que no llevaba aparato, y apretabas demasiado, ¿podías hacerle un corte en las encías? Algo le decía a Zoe que si hacías sangrar a un chico, era muy probable que no volvieras a salir más con él. Pero ¿y si él también llevaba hierros, como ese chico rubio de Chicago que se había mudado y acababa de entrar en el instituto y se sentaba delante de ella en clase de inglés? (No es que le gustara, ni nada de eso, aunque él se había vuelto hacia ella para devolverle la lista de los deberes y se había demorado un poquitín más de lo necesario…) ¿Se quedarían acoplados como un engranaje mecánico atascado, y tendrían que llevarlos a urgencias? Eso sí que sería humillante de verdad.
Zoe se pasó la lengua por los irregulares ajustes del alambre. Quizá lo mejor fuera ingresar temporalmente en un convento.
Suspiró y miró hacia el final de la cuadra intentando divisar el Explorer verde de su madre entre la fila interminable de coches que pasaban. Y justo entonces, algo explotó.
Patrick se había detenido delante de un semáforo en rojo, sentado en su coche policial sin distintivos, esperando doblar para tomar la carretera principal. A su lado, en el asiento del pasajero, había una bolsa de papel con un frasco lleno de cocaína. El traficante que habían apresado en el instituto había admitido que era cocaína, pero aun así, Patrick se había visto obligado a perder media jornada llevándola al laboratorio del Estado para que alguien con una bata blanca le dijera lo que ya sabía. Subió el volumen de la radio justo a tiempo para oír cómo llamaban al cuerpo de bomberos para que se dirigiera al instituto, por una explosión. Probablemente se tratara de la caldera. El edificio era lo bastante viejo como para que su estructura interna comenzara a desmoronarse. Intentó recordar dónde estaba ubicada la caldera en el Instituto Sterling, y se preguntó si tendrían la suerte de salir de aquello sin que nadie resultase lastimado.
– Disparos …
El semáforo se puso en verde, pero Patrick no arrancó el vehículo. Disparar un arma de fuego en Sterling era algo lo bastante raro como para hacer que centrara su atención en la voz de la radio, a la espera de más explicaciones.
– En el instituto…En el Instituto Sterling …
La voz que salía del aparato de radio hablaba cada vez más de prisa, con creciente intensidad. Patrick dio media vuelta al vehículo y se dirigió hacia el instituto, tras colocar y accionar las luces destellantes. Empezaron a oírse más voces por el receptor, en medio de la estática: agentes que notificaban su posición en la ciudad; el oficial de guardia que trataba de coordinar las fuerzas a su disposición y hacía un llamado para que enviaran ayuda desde las poblaciones próximas de Hanover y Lebanon. Sus voces se solapaban y se mezclaban unas con otras, se estorbaban entre sí, de modo que lo decían todo y no decían nada.
– Código 1000 -decía la voz de la emisora-. Código 1000 .
En toda la carrera de detective de Patrick, sólo había oído dos veces esa llamada. Una vez había sido en Maine, cuando un hombre había tomado como rehén a un funcionario. La otra había sido en Sterling, con motivo de un supuesto atraco a un banco que había resultado ser una falsa alarma. El Código 1000 significaba que, de forma inmediata, todos los agentes debían dejar libre la emisora de radio para los avisos de la central. Significaba que se enfrentaban a algo que se salía de los asuntos policiales de rutina.
Significaba que el caso era de vida o muerte.
El caos era una constelación de estudiantes, que salían del instituto corriendo y pisoteando a los heridos. Un chico asomado a una ventana de los pisos superiores, con un cartel escrito a mano en el que se leía: AYÚDENNOS. Dos chicas abrazadas la una a la otra, sollozando. El caos era la sangre que se volvía rosa al mezclarse con la nieve; un goteo de padres que pasó a ser un chorro para acabar convirtiéndose en un río desbordado del que salían gritos llamando a sus hijos desaparecidos. El caos era una cámara de televisión delante de tu rostro, la carencia de suficientes ambulancias, la falta de suficientes agentes y la ausencia de un plan acerca de cómo hay que actuar cuando el mundo, tal como lo has conocido, se hace añicos.
Patrick se metió con el vehículo hasta la mitad del camino de entrada y sacó el chaleco antibalas de la parte de atrás del mismo. La adrenalina circulaba ya a toda velocidad por su cuerpo, haciendo que captara todo cuanto se movía en los límites de su campo visual y agudizando sus sentidos. En medio de la confusión encontró al jefe O’Rourke, de pie con un megáfono en la mano.
– Aún no sabemos a qué nos enfrentamos exactamente-le dijo el jefe-. La SOU está en camino.
A Patrick no le solucionaba nada la SOU ( Special Operations Unit -Unidad Especial de Operaciones). Para cuando llegaran, podían haberse producido otros cien disparos más; un chico podía haber muerto. Tomó su arma reglamentaria.
– Voy a entrar.
– Ni hablar de eso. No está en el protocolo.
– Aquí no hay protocolo que valga-espetó Patrick-. Ya me despedirás luego.
Mientras se precipitaba escalera arriba en dirección a la puerta del edificio, le pareció que por lo menos un par más de agentes desobedecían las órdenes del jefe y se unían a él en el intento. Patrick los esperó y mandó a cada uno por un pasillo diferente. Él entró por la doble puerta y pasó entre varios estudiantes que se empujaban entre sí en su ansia por salir al exterior. Las alarmas contra incendios ululaban con tal estrépito que Patrick tenía que agudizar el oído para oír los disparos. Agarró del abrigo a un chico que pasaba como una exhalación.
– ¿Quién es?-gritó-. ¿Quién está disparando?
El muchacho sacudió la cabeza, incapaz de hablar, y dio un tirón, soltándose. Patrick se quedó mirando cómo salía disparado por el pasillo, abría la puerta y se precipitaba hacia el rectángulo de luz solar.
Los estudiantes pasaban por ambos lados de Patrick, como si él fuera una roca en medio de un río. Oyó una nueva serie de disparos, y tuvo que contenerse para no lanzarse a ciegas hacia el lugar de donde provenían.
– ¿Cuántos hay?-le gritó a una chica que pasaba corriendo.
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