– Pero ¿qué te pasa, hombrecito?-suspiraba-. ¿Qué puedo hacer para que seas feliz?
La felicidad era algo relativo, según su marido. Aunque casi todo el mundo se reía cuando Lacy decía que el trabajo de su esposo estaba relacionado con ponerle precio a la alegría, lo que él hacía no era más que la actividad normal de los economistas: encontrar el valor de las cosas intangibles de la vida. Los colegas de Lewis en la Universidad de Sterling habían escrito artículos acerca del impulso relativo que podía suponer una determinada educación, o sobre la sanidad en el mundo, o sobre la satisfacción del trabajo. La disciplina de Lewis no era menos importante, por poco ortodoxa que fuera. Hacía de él un invitado popular en la NPR, [2]o en el programa Larry King Live , en los seminarios de la profesión…De algún modo, hablar de números parecía más sexy cuando se empezaba estimando la cantidad de dólares que valía una buena carcajada, o un chiste sobre una rubia tonta, para el caso. Practicar sexo con regularidad, por ejemplo, era equivalente (en términos de felicidad) a un aumento de sueldo de cincuenta mil dólares. Sin embargo, conseguir un aumento de sueldo de cincuenta mil dólares no era ni con mucho tan excitante si todo el mundo obtenía un aumento similar. Por la misma razón, aquello que a uno lo había hecho feliz una vez, no tenía por qué hacerle feliz en otro momento dado. Cinco años atrás, Lacy habría dado cualquier cosa por que su marido se presentara en casa con una docena de rosas; ahora, si él le hubiera regalado la posibilidad de dormir una siesta de diez minutos, eso habría sido para ella el paroxismo del deleite.
Estadísticas aparte, Lewis pasaría a la historia por ser el economista que había ideado una fórmula para la felicidad: R/E, o, lo que es lo mismo, Realidad dividido por Expectativas. Había dos caminos para ser feliz: o bien mejorar la realidad, o bien rebajar las expectativas. En una ocasión, con motivo de una cena en una fiesta vecinal, Lacy le había preguntado qué pasaba si uno no tenía expectativas. No se puede dividir nada si el divisor es cero. ¿Significaba acaso que si uno se quedaba al margen de los golpes que pudiera darle la vida, nunca podría ser feliz? Aquella noche, al volver a casa en el coche, Lewis la acusó por haberlo dejado en mal lugar.
A Lacy no le gustaba permitirse pensamientos acerca de si Lewis y ellos, su familia, eran felices de verdad. Cabría pensar que el hombre que había ideado la fórmula habría encontrado también el secreto de la felicidad, pero las cosas no eran tan sencillas. A veces le venía a la cabeza el viejo refrán: «En casa del herrero, cuchillo de palo», y se preguntaba por los que vivían en la casa del hombre que conocía el valor de la felicidad, sobre todo por los hijos de ese hombre. Por aquel entonces, cuando Lewis se quedaba hasta tarde en su despacho de la universidad para acabar a tiempo un artículo, y ella estaba tan agotada que se dormía incluso de pie en el ascensor del hospital, intentaba convencerse a sí misma de que se trataba meramente de una fase que aún no habían superado: un campamento militar infantil que sin duda se transformaría un día en alegría y satisfacción y unión y todos esos otros parámetros que Lewis incluía en sus programas informáticos. Después de todo, tenía un esposo que la quería y dos hijos sanos y una carrera que la hacía sentirse realizada. ¿Acaso tener lo que una siempre había querido no se correspondía con la definición misma de la felicidad?
Se dio cuenta de que, ¡oh, milagro de los milagros!, Peter se había quedado dormido sobre su hombro, con la suave piel de durazno de su cara presionada contra su piel desnuda. Subió la escalera de puntillas y lo depositó con cuidado en la cuna, tras lo cual echó un vistazo por la habitación y miró hacia la cama en la que yacía Joey. La luna lo acariciaba con su luz. Se preguntó cómo sería Peter cuando tuviera la edad de Joey. Se preguntó si se podía tener dos veces la misma suerte.
Alex Cormier era más joven de lo que había supuesto Lacy. Veinticuatro años, pero se comportaba con la suficiente confianza en sí misma como para que pudiera creerse que tenía diez más.
– Y bien-dijo Lacy, abordándola-, ¿cómo fue el otro asunto?
Alex parpadeó, sin dejar de mirarla, hasta que por fin lo recordó: la visita al pabellón maternal de la que había desertado una semana atrás.
– Acabó en un acuerdo, sin juicio.
– ¿Es usted abogada, entonces?-inquirió Lacy, levantando la vista de sus anotaciones.
– Defensora de oficio-repuso Alex, elevando la barbilla un milímetro, como si estuviera preparada para escuchar algún comentario desaprobatorio por parte de Lacy por implicarse con rufianes.
– Ese trabajo debe de exigirle mucho-dijo Lacy-. ¿Saben en su departamento que está embarazada?
Alex sacudió la cabeza en señal de negación.
– No tienen por qué-dijo sin más-. No voy a pedir ningún permiso de maternidad.
– Es posible que cambie de opinión a medida que…
– No voy a tener a este bebé-manifestó Alex.
Lacy se arrellanó en su silla.
– Entiendo.-A ella no le tocaba juzgar a una madre por el hecho de renunciar a su hijo-. Quizá podríamos hablar de algunas opciones-dijo Lacy. A las once semanas, Alex aún podía interrumpir su embarazo si quería.
– Iban a practicarme un aborto-dijo Alex, como si le hubiera leído a Lacy el pensamiento-. Pero no acudí a la cita.-Levantó los ojos-. Dos veces.
Lacy sabía muy bien que una mujer podía ser una firme defensora del aborto, pero luego no estar dispuesta o no ser capaz de llevarlo a la práctica…Era justamente uno de los puntos débiles de esa postura.
– En ese caso-dijo-, puedo proporcionarle información acerca de la posibilidad de darlo en adopción, si es que no ha contactado ya con alguna agencia.-Abrió un cajón y sacó varias carpetas en las que había información de todo tipo de agencias según sus orientaciones religiosas, y también de abogados especializados en adopciones privadas. Alex tomó los folletos y los sostuvo como si fueran naipes-. Pero si le parece, por ahora podríamos centrarnos en su estado de salud.
– Estoy estupendamente-replicó Alex con suavidad-. No tengo mareos, no estoy cansada.-Miró su reloj-. Pero en cambio voy a llegar tarde a una cita.
Lacy pensó que Alex era una persona competitiva y acostumbrada a controlar todas las facetas de su vida.
– No está mal moderar un poco la marcha cuando una está embarazada. Es posible que su cuerpo lo necesite.
– Sé cómo cuidar de mí misma.
– ¿Por qué no prueba a dejar que se ocupe otro de vez en cuando?
Una sombra de irritación cruzó por el rostro de Alex.
– Mire, no necesito ninguna terapia. Sinceramente, agradezco su preocupación, pero…
– ¿Su pareja apoya su decisión de renunciar al bebé?-preguntó Lacy.
Alex apartó la cara un instante. Sin embargo, antes de que Lacy encontrara las palabras adecuadas para continuar, Alex lo hizo por sí misma.
– No existe tal pareja-dijo con frialdad.
La última vez que el cuerpo de Alex había tomado las riendas haciendo lo que su mente le decía que no hiciera, había concebido a aquel bebé. Todo había comenzado de la manera más inocente…Logan Rourke, su profesor de derecho judicial, la había llamado a su despacho para decirle que dirigía la sala del tribunal con gran competencia. Logan le dijo que ningún juez sería capaz de apartar los ojos de ella…como tampoco él lo era en aquel momento. A Alex le pareció que Logan era Clarence Darrow, F. Lee Bailey y Dios todos en uno. El prestigio y el poder podían volver a un hombre tan atractivo como para dejar sin respiración; a Logan lo habían convertido en lo que ella había estado buscando toda la vida.
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