Jodi Picoult - Diecinueve minutos

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Peter Houghton es un estudiante de 17 años en Sterling, New Hampshire, que lleva tiempo sufriendo los abusos verbales y físicos de sus compañeros de clase. Su única amiga, Josie Cormier, ha sucumbido a la presión del grupo y ahora pertenece a la élite popular que habitualmente lo acosa. Un último incidente lleva a Peter al límite y lo empuja a cometer un acto de violencia que cambiará para siempre la vida de los habitantes de Sterling. Incluso aquellos que no se encontraban en la escuela aquella mañana vieron sus vidas supendidas, incluyendo a Alex Cormier.

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Y luego estaba el grupo de Josie. Ocupaban dos mesas enteras, no porque fueran tantos, sino porque eran de los que más había: Emma, Maddie, Haley, John, Brady, Trey, Drew. Josie recordaba que al principio de unirse al grupo confundía los nombres de unos y otros. Tan intercambiables eran los que los llevaban.

Todos tenían un aire similar. Los chicos iban con sus suéters de hockey de color granate y las gorras con la visera hacia atrás, bajo las cuales asomaban mechones pajizos de pelo. Las chicas eran copias de Courtney, de estudiado diseño. Josie se había introducido entre ellas sin llamar la atención, porque ella también se parecía a Courtney. Había conseguido dominar su enredada cabellera dejándosela lisa y recta; iba con unos tacones de diez centímetros de alto, aunque aún hubiera nieve en el suelo. Si seguía siendo la misma por fuera, le sería mucho más fácil ignorar el hecho de que ya no sabía cómo sentirse por dentro.

– Eh-dijo Maddie, mientras Courtney se sentaba junto a ella.

– Eh.

– ¿Te has enterado de lo de Fiona Kierland?

A Courtney se le iluminaron los ojos: los chismes eran un buen catalizador, como en química.

– ¿Esa que tiene las tetas de diferente tamaño?

– No, esa Fiona es la de segundo. Me refiero a Fiona la novata, la de primero.

– ¿La que siempre lleva encima un paquete de pañuelos de papel para todas sus alergias?-dijo Josie, mientras se deslizaba sobre su asiento.

– O para lo que no son alergias-intervino Haley-. Adivinen a quién han enviado a rehabilitación por esnifar coca.

– Desembucha.

– Y la cosa no acaba ahí-añadió Emma-. Su camello era el jefe del grupo de estudios de la Biblia al que va después de clases.

– ¡Oh, Dios mío!-exclamó Courtney.

– Exactamente.

– Eh.-Matt se deslizó en la silla junto a Josie-. ¿Por qué has tardado tanto?

Ella se volvió hacia él. En aquel extremo de la mesa, los chicos se dedicaban a hacer bolitas de papel con los envoltorios de las pajitas y a hablar sobre el final de la temporada de esquí.

– ¿Hasta cuándo crees que estará abierta la pista de snowboard de Sunapee?-preguntó John, lanzando en parábola una bolita de papel a un chico de otra mesa que se había quedado dormido.

Aquel chico había ido el año anterior con Josie a la asignatura optativa de lenguaje por señas. Como ella, era estudiante de penúltimo curso. Tenía las piernas y los brazos flacos y blancos, caídos como las extremidades de un insecto palo, y abría la boca completamente al roncar.

– Has fallado, inútil-dijo Drew-. Si cierran Sunapee, Killing-ton también está bien. Allí tienen nieve hasta agosto, por lo menos.-Su bolita de papel fue a parar al pelo del chico.

Derek. El chico se llamaba Derek.

Matt se quedó mirando las patatas fritas de Josie.

– No irás a comerte eso, ¿verdad?

– Tengo un hambre que me muero.

Le dio un pellizco en la cintura, como si tuviera un calibrador en los dedos, y a modo de crítica al mismo tiempo. Josie miró las patatas. Diez segundos antes tenían un hermoso aspecto dorado y olían a gloria, pero ahora lo único que veía era el aceite que manchaba el plato de cartón.

Matt agarró un puñado y le pasó el resto a Drew, quien lanzó otra bolita de papel que esta vez fue a parar a la boca del chico dormido. Farfullando y medio ahogándose, Derek se despertó sobresaltado.

– ¡Buen tiro!-Drew chocó los cinco con John.

Derek escupió en una servilleta y se frotó la boca con fuerza. Miró a su alrededor para comprobar quién más lo había visto. Josie se acordó de pronto de un signo de aquella asignatura optativa de lenguaje gestual, casi todos los cuales había olvidado inmediatamente después del examen final. Mover el puño cerrado en círculo a la altura del corazón significaba «lo siento».

Matt se inclinó y le dio un beso en el cuello.

– Vamos afuera.-Hizo que Josie se levantara y luego se volvió hacia sus amigos-. Nos vemos-dijo.

El gimnasio del Instituto Sterling estaba en el segundo piso, por encima de lo que debería haber sido una piscina si se hubiera aprobado la subvención cuando el instituto aún era un proyecto sobre plano, y que habían acabado siendo tres aulas en las que resonaban continuamente los saltos de unos pies con zapatillas deportivas y los rebotes de las pelotas de baloncesto. Michael Beach y su mejor amigo, Justin Friedman, dos novatos de primer año, estaban sentados en la banda de la cancha de baloncesto mientras su profesor de educación física les explicaba por centésima vez la mecánica de driblar y superar a un contrario. Era un ejercicio inútil, ya que los chicos de aquella clase eran o bien como Noah James, todo un experto, o bien como Michael y Justin, que podían dominar varias lenguas élficas, pero para quienes los términos del baloncesto resultaban incomprensibles. Estaban sentados con las piernas cruzadas, mostrando sus nudosas rodillas, mientras oían el sonido chillón de roedor que hacían las zapatillas blancas del entrenador Spears al desplazarse de un extremo al otro de la cancha.

– Diez pavos a que me eligen último para formar equipo-murmuró Justin.

– Cómo me gustaría desaparecer de la clase-se lamentó Michael-. Podría haber un simulacro de incendio.

Justin sonrió de medio lado.

– O un terremoto.

– Un huracán.

– ¡Una plaga de langostas!

– ¡Un atentado terrorista!

Dos zapatillas de baloncesto se detuvieron delante de ellos. El entrenador Spears los observaba desde lo alto con expresión feroz y con los brazos cruzados.

– ¿Me van a explicar los dos qué es lo que les parece tan divertido de la clase de baloncesto?

Michael miró a Justin, y luego levantó los ojos hacia el entrenador.

– No, nada-dijo.

Después de ducharse, Lacy Houghton se preparó una taza de té verde y se paseó apaciblemente por su casa. Cuando los niños eran pequeños y ella se sentía abrumada por el trabajo y la vida, Lewis solía preguntarle qué podía hacer él para mejorar las cosas. Para ella era toda una ironía, dado el trabajo de Lewis. Era profesor en la Universidad de Sterling de la asignatura economía de la felicidad. Sí, era un ámbito de estudio real, y sí, él era un experto. Había dado seminarios y escrito artículos, y lo habían entrevistado en la CNN sobre la forma de medir los efectos del placer y la buena suerte desde un punto de vista monetario…y en cambio se sentía perdido cuando se trataba de imaginar qué era lo que podía hacer feliz a Lacy. ¿Le apetecería salir a cenar? ¿Ir a la pedicura? ¿Dormir la siesta? Sin embargo, cuando ella le dijo aquello por lo que suspiraba, él no pudo comprenderlo. Lo que ella quería era estar en casa, sin nadie más y sin ninguna obligación que la reclamara.

Abrió la puerta de la habitación de Peter y dejó la taza sobre la cómoda, para poder hacer la cama. «Para qué-le decía Peter siempre que ella le insistía para que la hiciera él-, si voy a deshacerla dentro de unas horas».

En general no solía entrar en la habitación de Peter cuando él no estaba. A lo mejor por eso al principio le había parecido como si hubiera algo raro en el ambiente, como si faltara algo. En un primer momento dio por sentado que era la ausencia de Peter lo que hacía que la habitación pareciera vacía, hasta que reparó en que la computadora, cuyo rumor era permanente y cuya pantalla estaba siempre en verde, estaba apagada.

Estiró las sábanas hacia la cabecera y remetió los bordes. Las cubrió con la colcha y ahuecó la almohada. Se detuvo en el umbral de la habitación de Peter y sonrió: todo parecía en perfecto orden.

Zoe Patterson se preguntaba cómo sería besar a un chico que llevara un aparato de ortodoncia. No es que ello constituyera una posibilidad real para ella en un futuro cercano, pero se figuraba que era algo que cabía considerar antes de que, llegado el momento, la tomara desprevenida. En realidad, se preguntaba cómo sería besar a un chico, y punto. Incluso a alguno que no tuviera una ortodoncia perfecta, como ella. Y, para ser sinceros, ¿había un lugar mejor que una estúpida clase de matemáticas para dejar volar la imaginación?

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