Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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sin saber dónde estamos.
Leo Morgan, alias John Silver, utiliza aquí la magia de los códigos secretos. Las estrofas recuerdan en ocasiones a las contraseñas utilizadas por los movimientos de resistencia y los rebeldes en puestos de control: preguntas, respuestas y sentencias a las que había que contestar de un modo determinado, solo conocido por los iniciados. En realidad todo el poema es una especie de largo conjuro, y esta parte de frases rítmicas se convirtió pronto en una especie de cántico popular que se recitaba en los círculos de bares y clubes. «Los puntos cardinales nunca son verticales» podía leerse en las pintadas de los retretes masculinos de las universidades durante los primeros años de la década de los setenta.
John Silver logró preservar su identidad secreta, y fue clasificado con numerosas etiquetas, desde «anarquista incongruente» hasta «pacifista militante». Era comparado indistintamente con D’Annunzio y con Ginsberg, y todos los rasgos que se le atribuían no eran más que un testimonio de la dificultad de definir a alguien como Leo Morgan.
Personalmente creo que Leo -tal vez mediante un proceso de autoanálisis- trataba de orientarse en el abismo que existía entre sus acciones públicas y su persona privada, una cuestión que siempre le había afectado mucho desde que, de niño, viera aquel acordeón rojo sobre una roca cerca de la orilla. Resulta evidente que había empezado a escribir el poema con la intención de dirigirse a sus camaradas de infatigable espíritu combativo en un tono íntimo y sosegado. Pero, al cabo de un par de versos, alcanzaba un vigoroso staccato entremezclado con un profundo simbolismo que ya nada tenía que ver con «versos panfletarios». El resultado está más cerca de Dylan-Cohen que de Hill-Brecht. John Silver podía elogiar al Che Guevara, su carácter combativo y su capacidad de sacrificio, y aun así recriminarle -y tal vez con razón- que fuera un egoísta, un individualista arrogante que se negó absolutamente a someterse ante nada.
Quienes estuvieron en aquel primer festival en el parque Gärdet en el verano del setenta y no se acuerden de aquel extraño pirata que declamaba poemas, tal vez sí recuerden al grupo Harry Lime, que actuó muy entrada la noche y al que algunos calificaron como el grupo underground más auténtico de Suecia. Aquel primer festival en el Gärdet fue una triunfal manifestación de hasta qué punto la buena música estuvo subordinada a la pura alegría de tocar. La política de la voluntad era lo que contaba. En otras palabras, nadie pudo evitar que Harry Lime tocara. La vida musical de Harry Lime se limitó a esa noche. El grupo estaba compuesto por Verner Hansson y Stene Forman a las guitarras, Nina Negg, voz y pandereta, Leo Morgan como poeta solista, y además una sección rítmica a la que no logré identificar. Muchos han desaparecido ya de la escena. El grupo había nacido por iniciativa de Stene, cuando se enteró de que se iba a celebrar el festival. Harry Lime fue creado para una única actuación, como correspondía a un auténtico y exclusivo supergrupo compuesto por estrellas irreconciliables, como si los Beatles hubieran resucitado por una sola noche.
Fue probablemente a principios de primavera cuando Stene, el antiguo provie de exuberante risa, se puso en contacto con Leo para ver cómo iba la cosa, como él mismo dijo. La voz de Stene le sonó como Lázaro levantándose de la tumba. No se habían visto ni habían sabido nada el uno del otro durante años. Leo vivía con Henry porque su abuelo paterno había fallecido dos años atrás y Henry se había hecho cargo del apartamento de la calle Horn. Leo estudiaba filosofía, y durante un corto pero intenso período había logrado llevar una vida bastante normal.
Stene le informó del festival que se iba a celebrar en el parque Gärdet y de su intención de formar un grupo, lo que se podría denominar una auténtica banda underground. Stene trabajaba en una de las tres revistas semanales de su padre, llamada Blixt , que ya no se publica en la actualidad. También estaba muy al día de lo que salía en las revistas norteamericanas sobre la nueva hornada de grupos underground. Stene quería que Leo escribiera unas cuantas letras buenas, porque aquello requería algo un poco intelectual. Y Leo no pudo negar que tenía bastante material escrito.
Pero solo había un escollo: tenían que encontrar a Verner Hansson y Nina Negg. Leo creía que seguirían viviendo en el enorme apartamento de Stene en Karlbergsvägen, pero ambos se habían marchado. Las cosas no les habían ido muy bien ni a Verner ni a Nina.
Dos años antes Nina había mandado a Leo a la mierda: solo tenía que elegir cómo hacerlo. Era la primavera del sesenta y ocho, aquella legendaria primavera en que el mundo estaba en plena convulsión y estadistas, reyes, presidentes y ministros no podían conciliar el sueño pidiéndole a Dios que castigara a todos aquellos estudiantes revoltosos. Leo se había matriculado en la universidad para estudiar filosofía. Verner se había inscrito en otra facultad y, por alguna extraña razón, ambos habían aprobado los exámenes de ingreso sin apenas estudiar. Eso pareció incitarles a profundizar con mayor frecuencia en la dialéctica de cafés y bares, donde criticaban las reformas docentes del U-68, el sistema político, las formas de producción y todo aquello susceptible de ser cuestionado. Aquello le encantaba a Nina Negg. Por pura intuición, ella siempre había estado en contra de todo y de todos. Nunca había necesitado ser intelectual para ello, y tampoco ahora pensaba convertirse en una.
Todos vivían en un enorme apartamento que Stene Forman había conseguido en Karlbergsgätan, muy cerca de Corso, Norrås y la Residencia de Estudiantes, donde muy pronto se llevarían a cabo las famosas ocupaciones. De hecho, el cuarteto estaba viviendo su época dorada. Stene acababa de empezar a hacer colaboraciones en Blixt , la revista de su padre, y ganaba bastante dinero. Nina Negg hacía trabajos esporádicos aquí y allá, mientras que Verner y Leo se encargaban de tareas más «profundas». Generalmente, esas profundas meditaciones se convertían en juergas que podían durar varios días.
En realidad, Nina era la única de ellos que hacía algo pragmático, que desempeñaba una labor práctica en esa lucha supuestamente conjunta de trabajadores y estudiantes. Cuando las alentadoras noticias de Tokio, Berlín, San Francisco y París empezaron a llenar las páginas de los periódicos, ella recortaba las fotografías y empapelaba con ellas las paredes del enorme piso. Iba a todas las manifestaciones, mantenía las multicopistas en permanente funcionamiento, repartía panfletos y asistía a conferencias en las que se planteaban nuevas líneas de acción. Pese a que el futuro de la reforma de los estudios superiores, UKAS, no la afectara en lo más mínimo, ella simpatizaba con todos los que se oponían porque, después de todo, el Poder siempre era el Poder. Las continuas maldiciones e improperios habían desaparecido de su vocabulario, siendo sustituidas por proclamas revolucionarias, que gustaba de meterle en la cabeza a Leo con gran maestría.
Pero él seguía siendo fiel a su deslealtad. Eso era lo que los había llevado a estar juntos hacía tiempo en un viejo y destartalado sofá en el frío trastero de un ático. Leo nunca se identificó con la lucha organizada. Él se dedicaba «a lo suyo», como solía decir, y prefería emborracharse y leer a Hegel antes que seguir las enseñanzas dialécticas de los seguidores del pensador alemán. La deslealtad como un hermoso arte: ese era el lema de Leo.
Cuando finalmente se produjo la ocupación, ni Leo ni Verner estaban presentes. En un par de ocasiones se habían juntado con los criptofascistas en el parque Spök, y, cosas del destino, Stene Forman, Verner y Leo acabaron apareciendo en una foto en la portada de un periódico vespertino, al fondo, detrás de uno de los principales ideólogos de la ocupación. Pero, durante la ocupación real, ellos atravesaban por un período de consumo etílico totalmente desenfrenado. El abuelo de Leo, el viejo Morgonstjärna, se había desplomado muerto en la escalera de su edificio, dejando una pequeña herencia a su nieto, que hacía lo posible por despilfarrarla rápidamente. La colección de sellos de Verner había perdido todo su valor hacía tiempo. Se había bebido y fumado hasta la más pequeña rareza filatélica, una tras otra, con la misma precisión que emplearía un experto jugador de ajedrez. Nadie intentó nunca averiguar a qué se dedicaban realmente los dos durante aquel período. Se alejaron de todo el mundo, a veces solos y a veces juntos, provistos de una cuantiosa batería de botellas que vaciaban sumidos en un profundo silencio, en una especie de recogimiento desesperado, una misa de réquiem demoníaco para el círculo más íntimo.
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