Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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Uno de los regalos era para Leo y el otro para mí. En cada paquete había una tarjeta con unos versos, firmada por «Rimas de Guardia Birger», porque el bardo de Muebles Man había fundado un servicio de rimas que estaba de guardia todos los días, incluido el de Nochebuena. Había resultado ser un magnífico negocio. La gente le llevaba los paquetes y Birger les componía unos versos rimados por diez coronas. Hizo su buen dinerito, libre de impuestos. A Henry debía de haberle hecho un buen descuento, ya que la rima de mi paquete no podía calificarse de gran literatura: «Cuando el frío se apodere del escritor / se requiere algo que le dé calor. / Y si llegase a extrañar a una mujer / le bastaría con un buen jersey. / Rimas de Guardia Birger, 1978».
Aun así, me conmovió. Volví a la cocina con el obsequio y, con un apretón de manos, le di las gracias a Henry, que me miraba con ojos expectantes. Abrí el paquete. Era un cárdigan marrón oscuro Higgins, confeccionado en cachemira de primera calidad.
– Lo puedes cambiar si no te está bien, pero el color te pega con tus americanas -dijo Henry.
– Esto es demasiado, Hempa, demasiado. Y habíamos acordado que…
– Pero aun así quería comprarte algo. Ayer me sentía espléndido.
Me probé el cárdigan y me quedaba francamente bien.
– Me va perfecto -dije, de pie frente al espejo del vestíbulo-. Es justo lo que necesitaba.
– Y, puedes creerme, ese tipo de prendas calientan -dijo Henry-. Puedes ponértelo para escribir.
– Parece hecho a medida.
Henry pareció muy complacido con la acogida que le dispensé a su regalo, y anduve por la casa con el cárdigan Higgins puesto. Tenía la sensación de que el hombre lo tenía todo calculado y que esperaba algo a cambio de ese regalo. En mi casa paterna siempre nos daban los regalos en Nochebuena, pero cuando éramos más pequeños -tan pequeños que solo nuestra curiosidad era grande- solíamos recibir un «aperitivo» por la mañana que nos mantuviese ocupados hasta la noche. Pero ahora era justo lo contrario: yo tenía todo el día para encontrar un regalo acorde. Probablemente aquello era lo que Henry había tramado.
Así pues, esa mañana salí temprano «a comprar cigarrillos», que es lo que suele decirse en estos casos. Me dirigí a los almacenes NK y me abrí paso como pude entre el caos de hombres estresados que vaciaban sus carteras con las compras de última hora. Me quedaba muy poco dinero, así que decidí abrir una cuenta de crédito en el establecimiento. Tras varias revisiones y controles, recibí un bono adicional de cincuenta coronas como caído del cielo. En el departamento de ropa para hombres de la planta baja encontré una corbata muy sofisticada con dibujitos de jazz de Yves Saint Laurent, París. Era discreta y sobria, de color burdeos con diminutas notas musicales beis en la punta y más arriba varios pentagramas pequeños diseminados aquí y allá.
– Una corbata muy elegante -me dijo una dependienta-. ¿Es para su padre, un hermano, un cuñado…? -continuó, y emitió un silbidito encantador entre dientes mientras inspeccionaba entre la marea de compradores con ese aire de superioridad que solo pueden mostrar las dependientas realmente prestas y expeditivas.
– Es para un buen amigo.
Con los movimientos de un prestidigitador -pareció como si realmente lanzara descuidadamente la corbata al aire-, consiguió hacer un nudo clásico que hacía que se viera aún más elegante. Era una prenda realmente sofisticada, y pregunté el precio.
– Doscientas veinticinco -dijo la dependienta de forma sucinta, y volvió a emitir otro encantador silbido.
Me decidí por la corbata Yves y me entregaron un elegante paquete con el formato preciso que debe tener un regalo para un caballero en su mejor momento. Después me fui caminando por la ciudad, tomé una copa de vino con especias en la plaza Stort y llegué a casa justo cuando empezaba en la tele el especial navideño del Pato Donald.
Por la noche, después de los frutos secos y el vino con especias que tomamos viendo el especial del Pato Donald, preparamos la mesa para tres en el comedor. Presentaba un aspecto muy festivo, y la sala olía a jacintos. Leo aún no había aparecido y Henry respondía con evasivas cuando le preguntaba dónde podría estar.
– Si viene, viene -decía Henry encogiéndose de hombros.
Aun así, pusimos en la mesa todo lo que teníamos en la casa, que resultó ser mucho. Henry había hecho una ensalada casera de arenque que sabía mejor que la que pudiera preparar cualquier madre. Estábamos hambrientos y comimos con apetito y buen humor. Henry cantó algunas tonadillas alegres, pero, después de un par de brindis, comenzamos a lanzar ojeadas inquietas al plato vacío en la mesa, que, en cierto modo, distorsionaba la simetría.
– Se me ocurre algo -dijo Henry a mitad de bocado, cabeceando hacia el plato vacío.
Se levantó y fue a la cocina, abrió la ventana que daba al patio y llamó a Spinks. Para nuestra gran sorpresa, vimos cómo una sombra negra y flexible se deslizaba sigilosamente por el tejado cubierto de nieve. No habíamos visto a Spinks desde hacía días, al igual que a Leo. El gato se restregó feliz contra nuestras piernas y ronroneó como una segadora. Parecía en buen estado.
– Solo Dios sabe cómo consigue sobrevivir, el pobre -dijo Henry, cogiendo en brazos al gato para llevarlo al comedor.
El tercer plato le fue cedido a Spinks. Le dimos a probar de casi todo y el animal comió con ganas. Por lo visto compartía nuestra opinión de que la ensalada de arenque era uno de los mejores platos. Henri le chef de la cuisine no estaba muy satisfecho con el jamón, demasiado jugoso para su gusto. Por lo demás, resultó una cena espléndida.
Después del ágape nos sentamos en las butacas frente a la chimenea con un café y un coñac para digerir la comida. Henry parecía un poco decaído y pensativo, como si hubiera algo que no acabara de encajar. Primero supuse que tenía que ver con Leo, pero después me acordé de mi regalo de Navidad para Henry. Fui a buscar el elegante y sobrio paquete del NK y le entregué el regalo recitando un verso de rima absurda: «Un presente de París / para ahorcarse en una crisis».
Con ávida curiosidad, Henry rompió el papel del envoltorio y se emocionó profundamente con el detalle. La corbata era perfecta para él. Inmediatamente fue a cambiársela, se la anudó con un perfecto nudo duque de Windsor y luego regresó radiante. Los pentagramas, las diminutas notas beige en la punta y el color burdeos eran justo lo que necesitaba.
– Menudo diablillo estás hecho -dijo-. ¡A comprar cigarrillos! ¡ Ja! Y yo me lo creí.
A partir de ese momento las cosas fueron mejor. Encendimos el fuego en la chimenea, nos tomamos el café y el coñac y, cómo no, escuchamos «Noche de paz» en la voz de Jussi Björling en un viejo disco de la colección del abuelo Morgonstjärna. El crujir crepitante de los discos viejos hace que la música suene más solemne. Y, naturalmente, nos pusimos tiernos y sentimentales. Comencé a hablar de mi infancia y caí en la cuenta de que el abeto navideño era el único árbol que podría identificar en un bosque. Yo había sido un niño de ciudad; la única vez que había estado en plena naturaleza fue cuando fui con mi hermana a un bosque a robar un abeto.
Henry suspiró y masculló sobre la decadencia de la juventud actual, y luego me explicó largas historias de las Navidades que había pasado en el exilio, cuando había sido Henry el oficinista en Londres, Heinrich der Barmeister und Schlossdiener en los Alpes y Henri le boulevardier en París. Qué tiempos aquellos…
Las celebraciones resultan divertidas durante un par de días; a partir de ahí, comienza el tedio. Eso de dormir hasta bien tarde por las mañanas, comer, sentarse a hacer la digestión y leer distraídamente algún clásico durante más de dos días no era una buena idea, sobre todo cuando Henry había descubierto, ahora «en su vejez», a Don Quijote y se empecinaba en recitar de vez en cuando algunos de sus pasajes más brillantes. Muy pronto empezamos a sacarnos de quicio mutuamente, y al segundo día decidimos que ya estábamos hartos de tiempo sabático. Era hora de volver a colgar nuestra lista de actividades; haríamos frente a las exigencias de aquellas largas festividades por medio del trabajo.
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