Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Sin embargo, lo que más nos afectaba era no poder cocinar comida de verdad. La enorme reserva de vales de restaurante había sido esquilmada, y Henry lanzaba miradas suspicaces a Leo porque estos habían desaparecido a un ritmo vertiginoso coincidiendo con su regreso a la casa. Henry sospechaba que Leo había cambiado los vales de comida por dinero en metálico. Si no era eso, nadie sabía de qué podía estar viviendo. Leo no se preocupaba en absoluto por el dinero. En una ocasión había recibido veinticinco mil coronas de golpe, pero hacía tiempo que habían desaparecido: en borracheras, en fiestas o malgastadas de cualquier otra forma.

Así pues, aquella fría tarde estábamos en la cocina, procurando al menos mantener el calor en aquel apartamento lleno de corrientes de aire. Uno tras otro suspiramos profundamente, y Henry se masajeó su hambriento estómago mientras inspeccionaba la despensa y la nevera por quinta vez en dos minutos.

– Ni una corteza, ni un mendrugo de pan seco. Mil novecientos setenta y nueve. Esto no puede ser verdad. La nevera nunca ha estado tan vacía, ni siquiera cuando era nueva.

– Tenemos que visitar a alguna de nuestras madres -dije-. Es la única solución.

– Ya nos las arreglaremos. Hay que tener un poco de paciencia -contestó Henry-. Imagínate que a alguien de esta maldita ciudad le da por llamarnos para invitarnos a cenar. Aunque eso no va a suceder. Todo son desgracias en este puto país. Piensa por ejemplo en Italia. Allí siempre ocurren desastres, pero por lo menos hace calor. ¡Ah, tengo una idea! Bene, bene! ¡Qué bendito idiota he sido! ¡Fricadelli!

El hombre resplandecía como un sol gastronómico. Había tenido una idea. Se metió en la despensa y empezó a entonar una sugerente cancioncilla: «Niente pane / niente pasta / ma siamo tutti fratelli / per un po’ di formaggio…».

– Muy bonita -dije.

– Es una canción popular italiana -contestó Henry-. «No hay pan, ni espaguetis, pero seguimos siendo hermanos porque tenemos un poco de queso.» Realmente hermoso. Luco Ferrari, mil novecientos sesenta y cuatro.

– ¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?

– Tranquilo, amigo. Voy a hacer un plato del sur de Italia. Allí son más pobres de lo que podríamos llegar a ser jamás, o nunca, o como se diga. «Po’ di patata / pochino di formaggio / nella casa di Bacaccio…» -prosiguió en voz alta y estridente, como si fuera una especie de pizzero.

Y preparó una comida que sabía sobre todo a cebolla y a tomillo, pero que al menos sirvió para llenar un par de hambrientos estómagos. Y aquello ya fue algo admirable.

Después de comer nos retiramos a nuestras dependencias y tareas. Me senté en la biblioteca y empecé a hojear y leer pasajes de algunos volúmenes de Descripciones costumbristas célebres. La vida íntima a través de los siglos en relatos e imágenes . Los seis volúmenes de elegante encuadernación se encontraban entre las joyas más valiosas de la biblioteca del viejo Morgonstjärna y Henry afirmaba haber leído toda la colección de cabo a rabo. No había motivo para dudarlo. Confesiones de un inglés comedor de opio , de De Quincey, y La monja , de Diderot, tenían ambos claras huellas de la babosería curiosa de Henry. Decía haber buscado en vano la Vida de casadas y cortesanas de Brantôme, porque siempre le gustaba leer libros en los que pudiera reconocerse.

Ya tarde por la noche, el cortesano Morgan asomó la cabeza por la biblioteca, resplandeciente como un sol.

– Voy a dejarme caer por la calle Frigga para ver a Maud -anunció-. No sé cuándo volveré. Mañana, o quizá pasado. Tendrás que arreglártelas como puedas aquí solo.

– No dudes que lo haré -dije, imbuido de retórica erótica dieciochesca.

– Cuida de Leo si le da por aparecer por aquí. Cheerio, old chap!

– ¡Bombardea Bavaria, Biggles!

– I will -prometió Henry, y desapareció.

Con una previsión admirable, Henry estaba fuera cuando hubo que pagar los servicios de la lavandería. El chico de los recados de Egon estaba en la puerta con dos grandes cajas de madera con ropa de cama y una docena de camisas de algodón, blancas y a rayas, de Henry. A esas alturas ya me había convencido de los placeres de hacer que te laven la ropa -aquella maravillosa sensación de pureza y lujo sin adulterar cuando con el dedo índice rasgabas la delicada cinta de papel que sujetaba la camisa planchada y perfectamente doblada-, así que no podía eludir mi responsabilidad respecto a la factura. Henry había conseguido convencerme de bastantes cosas, y por tanto tenía que cargar también con las consecuencias.

Estaba en un buen aprieto, y lo único que se me ocurrió fue invitar al recadero a una taza de café y después escabullirme subrepticiamente a Muebles Man para pedir prestado un billete de cien de la caja.

Ese día tenía lugar una acalorada discusión en Muebles Man. Era jueves y estaban haciendo la quiniela. El personal de Muebles Man y Henry Morgan jugaban juntos y tenían un sistema de apuestas fijo que les había hecho ganar casi cinco mil coronas hacía un par de años, lo cual no estuvo nada mal. Por lo general Henry era el encargado de echar la quiniela, pero de momento seguía desaparecido y yo no sabía dónde guardaba aquel complejo patrón de apuestas. Les prometí que intentaría encontrarlo.

Sin embargo, la encendida discusión era por algo mucho más profundo; tenía que ver con asuntos puramente existenciales. Durante los últimos días los periódicos traían la noticia del perturbado joven de diecinueve años que trabajaba en el hospital del Este, en Malmö, y que había echado detergente Gevisol en el zumo de los pacientes geriátricos, causando la muerte a muchos de ellos. Y después de enormes sufrimientos. Se hablaba de entre veinticinco y treinta personas supuestamente asesinadas de aquella forma tan atroz, y Greger y Birger, allá en Muebles Man, no conseguían entender qué le estaba sucediendo al país.

– Suecia está enferma -decía Birger.

– Todo es por culpa de la bruja esa con lo de la muerte asistida -repuso Greger-. Ella es la que ha desencadenado todo esto. Sin ella, a ese muchacho no se le habría ocurrido algo tan horriblemente malvado.

– Dios -exclamó Birger-. Cuando nosotros éramos jóvenes nunca se nos hubiera pasado por la cabeza algo tan perverso.

Yo estaba completamente de acuerdo con ellos, pero me sentía bastante nervioso porque para entonces el recadero se estaría preguntando ya por el tema del cobro. No podía ponerme a debatir con ellos como me habría gustado, así que, con mucho tacto, les pregunté si podían prestarme un billete de cien.

Birger y Greger fueron comprensivos, y el primero me entregó el dinero tras hacerme firmar un pagaré. Luego salí corriendo hacia casa, le pagué la factura al chico de la lavandería y dejé escapar un suspiro de alivio.

Por alguna extraña razón, todo parecía complicarse y embrollarse cuando Henry estaba en la casa de Maud de la calle Frigga. Había conseguido hacerse imprescindible en todo tipo de situaciones, a pesar de que eso era lo último que quería, y en esa ocasión se había marchado sin echar la quiniela.

Fui a hablar con Leo. Había vuelto a casa después de una breve estancia en casa de unos amigos, y lo encontré frente a su escritorio. Parecía estar en buena forma, sentado allí garabateando en un cuaderno negro. Leo tampoco sabía dónde podría estar el patrón de apuestas, pero supuso que Henry llevaría la quiniela en la cartera y encontraría tiempo para echarla, estuviera donde estuviese. Nos tranquilizamos con aquella idea y dimos el asunto por zanjado.

Leo parecía estar atravesando por un buen momento. Tranquilo y sereno dentro de sus dependencias con olor a incienso, había retomado de nuevo el trabajo de su larga suite poética Autopsia . Aquello me puso contento. Por supuesto, yo había leído sus antiguos poemarios. Había varios ejemplares algo gastados en la biblioteca del abuelo -el viejo Morgonstjärna se sentía, como es lógico, enormemente orgulloso de los éxitos de su nieto-, y yo quería preguntarle a Leo algunas cosas acerca de su poesía. Pero a Leo ya no le interesaba hablar de aquellos libros. Estaban totalmente superados, eran inmaduros, poco elaborados e incompletos. Según él no tenía ni idea de lo que estaba haciendo cuando los escribió en los años sesenta. Solo ahora, tras sus inmersiones, tanto largas como breves, en el silencio de los manicomios, comprendía realmente las cosas.

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