Carlos Zafón - Inferno

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6. Huida

John Ottrando es uno de los primeros miembros del cuerpo de bomberos de Nueva York en llegar al escenario de la tragedia. Cuando aparca su camión al pie de la torre Norte, todavía nadie sabe muy bien qué es lo que ha sucedido. Se apresura a seguir a los cuatro hombres de su compañía 24 y a otros ocho bomberos de otra unidad a través del vestíbulo. Ninguno de ellos sospecha que el avión ha cortado los cables de acero de algunos de los ascensores, haciendo que éstos se precipitaran al vacío. Sobre el suelo de mármol del vestíbulo se encuentran con lo que ha quedado de sus ocupantes: carne, pelo y ropas humeantes carbonizadas por las llamas y escupidas de los ascensores al estrellarse contra el suelo. Los miembros del cuerpo de bomberos están preparados para enfrentarse al horror. Los próximos minutos pondrán más que a prueba su preparación. Mientras los primeros bomberos empiezan a ascender las escaleras de las torres, se cruzan con rostros quemados y sangrantes. Alguien les dedica una bendición. Van a necesitarla.

Abajo, en la plaza, Ottrando está intentando conectar varias mangueras desde su camión a las torres cuando ve una tormenta de fuego explotar en lo alto, en el flanco de la torre Sur. El segundo avión acaba de estrellarse. Ottrando contempla la lluvia de acero y cristal precipitarse sobre las calles. Algunos de los objetos que caen todavía se están moviendo. Son personas. Lo rodea una lluvia de cuerpos y escombros en llamas que se abalanza a una velocidad vertiginosa. La imagen que se le graba en el alma es la de las corbatas de los hombres que llueven del cielo, tiesas en el aire como sogas.

Mientras el mundo contempla sin habla la visión del horror captado por las cámaras desde lejos, el auténtico horror es el que se está desarrollando en el interior de las torres. En estos momentos, decenas, cientos de llamadas telefónicas desesperadas inundan los cielos de la ciudad. Son los miles de víctimas cuyas agonías finales nunca verán la luz. Quienes pueden alcanzar un teléfono llaman a esposas, novias, padres, hijos, madres, amigos, para decirles, muchas veces con una rara serenidad, que los quieren, que si no vuelven a verlos vivan vidas plenas y que nunca los olviden. Algunos sólo encuentran un contestador automático. Cuando sus palabras sean escuchadas, ellos habrán desaparecido para siempre. La magnitud física de la tragedia, el apocalíptico espectáculo de las torres desmoronándose, de aviones clavándose como flechas envenenadas en los símbolos emblemáticos de un Occidente odiado desde la sombra, desplazan la mirada y el pensamiento hacia esa visión lejana, electrónica, del desastre. Mientras la televisión nos mantiene a distancia, centenares de seres humanos se arrastran entre los escombros de estas ciudades verticales atrapados en laberintos de fuego, de escombros, de lluvias de metal fundido, de humo asfixiante que funde las vías respiratorias como ácido. Lo peor está por venir.

La escalera de la torre Norte es un verdadero río de gente. Cientos de cabezas se pueden ver al mirar hacia abajo. Pese al miedo, pese al dolor de heridas y quemaduras, pese al humo, cuando Mike Higson, un ciego acompañado de su perra lazarillo, Roselle, llega a la escalera en el piso 78, todo el mundo se hace a un lado para dejarlo pasar sin una sola queja. Algo más abajo, en el piso 63, aparece un hombre sin piel, en carne viva. Esta visión de pesadilla se llama Manu Dhingra, y en su interior reza por morir cuanto antes para huir del dolor indescriptible que devora cada centímetro de su piel. No es el fuego el que le ha arrancado rostro, manos y torso. Su cuerpo ha sido desollado por una inmensa ola de calor que lo ha envuelto cuando escapaba de un ascensor que se hundía en las llamas a sus espaldas, todavía repleto de gente. Antes de perder el sentido, Manu se pregunta el porqué del horror en la mirada de quienes lo observan y lo ayudan mientras su piel y su carne se les queda en las manos y la ropa. Escenas e imágenes como ésta se suceden por docenas durante la huida y la evacuación de la torre Norte. En la esquina noreste de la torre, el fuego empieza a fundir los restos del fuselaje del avión. A la media hora del impacto, lo que queda del Boeing 767 se derrama por la fachada en lágrimas de aluminio candente como gotas de cera en un cirio funerario.

7. La luz del día

Peter Hayden, comandante de la primera división de bomberos, ha establecido el puesto de mando de la operación en el vestíbulo de la torre Norte. Ya entonces Hayden y otros mandos del departamento saben perfectamente que no hay modo de extinguir ese incendio. Pese a esa certeza, decenas de bomberos se lanzan escaleras arriba en ambas torres en una desesperada misión de rescate. Muchos de ellos no volverán a salir con vida. P

Mientras los bomberos entran, Chuck Allen, una eternidad después de haber avistado aquel punto inicial en el horizonte, consigue llegar a la plaza que hay al pie de las torres tras un descenso agotador y terrorífico. Apenas la reconoce. La plaza, uno de sus rincones favoritos, está cubierta de lo que parecen escombros. Excepto que no lo son. Son cuerpos. Decenas de ellos. A Allen le cuesta calcular cuántos con precisión, porque lo que ven sus ojos son sólo trozos de cuerpos. Torsos extrañamente tocados por un cinturón negro, como si vistiesen un macabro uniforme. Sólo entonces comprende que está observando a algunos de los pasajeros del avión estrellado contra la torre, que todavía llevan el cinturón de seguridad. No hay sangre. No hay el polvo y la tiniebla que luego flotará y enmascarará el horror. Todo se ve con una claridad cristalina, dolorosa. Oficiales de policía inundan la plaza con el rostro crispado. «No miren ahí», ordenan.

Mark Oettinger, un carpintero que acaba de escapar de la torre Norte, se detiene a contemplar la tundra de cadáveres llovidos del cielo. Los cuerpos parecen haber estallado al impacto con el suelo como sandías maduras. Un hedor similar al amoníaco envenena el aire. Oettinger siente un deseo imperioso de querer salvar a alguien, de ayudar, de poder hacer algo. Por mucho que busca, no encuentra a quien salvar, y acaba por perderse en las calles de Manhattan hasta llegar a un pequeño parque, desierto, donde advierte que no hay gente, ni pájaros, y se echa a llorar. Otros muchos como él se pierden Manhattan arriba, en trance, vagando con la mirada ida e incapaces de mirar atrás.

Poco después, Virginia DiChiara, la auditora que ha escapado poco antes de una muerte segura en un ascensor inundado de queroseno, llega al vestíbulo de la torre. Una muchedumbre de heridos yace sobre una laguna de sangre. Un latigazo de dolor la recorre y Virginia se mira las manos. Son rojas, carne viva sin piel. Tardará todavía media hora en ser trasladada al hospital de Saint Vincent. Al llegar allí, se encuentra con un ejército de doctores y enfermeros listos para acoger a una multitud de heridos. Todos esperan con las camillas listas, ansiosos por ayudar, por hacer algo. La avalancha de pacientes nunca se materializa. Virginia será una de las pocas en cruzar las puertas del hospital esa mañana. Hoy, la muerte no hace prisioneros.

En la plaza frente a la torre Sur empiezan a emerger algunos supervivientes. Uno de los primeros en respirar aire fresco es Anthony DeBlase. Pese a haber escapado con vida, no se siente más tranquilo. Al contrario. Su hermano mayor, James, trabaja en la torre Norte, en las oficinas de Cantor Fitzgerald situadas en los pisos donde le han dicho que se ha estrellado el primer avión. Sólo una idea ocupa la mente de Anthony cuando cruza la plaza rumbo a la torre Norte: encontrar a su hermano. Es entonces cuando ve a un hombre decapitado por un fragmento de cuerpo que cae desde lo alto de la torre. Es entonces cuando ve una pierna ardiendo. Aullando de terror, comprende que no volverá a ver a su hermano con vida. Semanas más tarde, cuando las primeras pruebas de ADN permitan identificar los primeros ocho fragmentos de cadáveres rescatados de entre los escombros, el nombre de James DeBlase encabezará la lista.

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