Carlos Zafón - Inferno
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Diez pisos más abajo, Chuck Allen oye otro ruido escalofriante, el chirrido de toda la estructura metálica debatiéndose de un lado a otro cuatro o cinco veces hasta que el edificio se detiene y una calma mortal lo paraliza todo. No se disparan alarmas de incendio, ni se oyen advertencias por megafonía. Nada. La trampa está sellada.
3. Éxodo
Se inicia la escapada. Entre los miles de personas que luchan por salvar la vida está Jan Demczur, un inmigrante polaco que lleva diez años limpiando ventanas en el World Trade Center. Tiene cuarenta y ocho años y esa misma mañana ha estado puliendo las ventanas del piso 93 frente a las oficinas de Fred Alger Management. Los cuerpos de los sesenta y nueve empleados que hace apenas minutos contemplaban Manhattan a través de sus impecables cristales son ahora vapor, y las ventanas que Jan ha limpiado con tanto esmero, apenas una lluvia de puñales de vidrio flotando sobre la ciudad. Cuando el Boeing 767 se estrella en la torre, Jan viaja en un ascensor ubicado treinta pisos por debajo del impacto con otras seis personas. La cabina se sacude violentamente y parece precipitarse al abismo. Un diminuto hombre de unos sesenta años es el único con la serenidad y la claridad mental necesarias para gritar al resto que apreten el botón de stop. Sólo entonces consiguen escapar del ascensor y atravesar un laberinto de escombros, humo y fuego tras el cual ganan acceso a la escalera y emprenden el descenso. No están solos. La escalera está abarrotada de gente aterrada, perdida, extrañamente silenciosa. Muchos de ellos no averiguarán que un avión ha embestido la torre hasta que lleguen abajo. En ese momento, incluso los que saben lo que ha sucedido creen que ha sido un horrible accidente. Es impensable que pueda haber sido otra cosa. Justo entonces, cuando parece que las cosas ya no pueden ir a peor, el infierno empieza de verdad.
4. Huida de Wall street
El Word Trade Center está poblado por jinetes financieros que cabalgan las bolsas del orbe en busca de recompensa. Cada uno de estos cowboys de despacho emplea una media de seis pantallas en su escritorio alimentadas con información financiera proveniente de los cinco continentes. El precio de una cosecha de uva en la Provenza o el de los recambios de aire acondicionado en Buenos Aires puede influir en decisiones de compra y venta que en apenas segundos generen comisiones que para otros supondrían el sueldo de un año. Para no fallar en el momento clave y precipitar una pérdida billonaria, estos monitores y terminales necesitan de una experta niñera digital. Steve Miller es una de las mejores. Trabaja para el Fuji Bank, con oficinas en el piso 80 de la torre Sur. Miller, por lo demás, es el antitrader. Versado en historia, literatura y teología, Miller es un hombre cultivado que colecciona libros antiguos y se apasiona por todo lo que a sus compañeros de trabajo les trae sin cuidado. Lo que más le gusta de su empleo es que le proporciona tiempo libre. Mientras no hay problemas con los ordenadores, Miller se dedica a cazar libros antiguos en internet, a filosofar sobre el absurdo de Wall Street, y a acariciar su sueño dorado de escapar de allí para convertirse en bibliotecario de un pueblo remoto. Miller, quizá, nos recuerda que detrás de cada número anónimo en esas listas de miles de personas atrapadas en las torres hay una historia particular, un mundo por descubrir, un universo quizá perdido para siempre.
A las 8.44 de esa mañana, Miller siente la mesa vibrar en su despacho del piso 80 de la torre Sur. Al levantar la vista, ve una tormenta de papel en el aire y algo lo hace pensar en esas nubes de papeletas que tiñen el cielo en los desfiles de victoria y gloria. A los pocos segundos, uno de los directivos del banco empieza a gritar que alguien ha hecho estallar otra bomba en el WTC. Miller suspira. Como otros muchos, temía que algún día eso volviera a pasar. Se dirige con otros muchos a la escalera. A la altura del piso 65, oye por megafonía el siguiente anuncio: «El fuego sólo está en la torre Norte. Pueden volver a sus mesas y continuar trabajando.» «Y una mierda», piensa Miller. Varios de los ejecutivos del banco, empleados entusiastas, deciden regresar a la oficina. No lo sospechan, pero ya están muertos. Miller sólo sabe que tiene que escapar, pero la escalera está bloqueada por la marea humana. Miller trata de encontrar un teléfono para llamar a su esposa y decirle que esté tranquila, que están evacuando el edificio y que él pronto estará en la calle. A la espera de un ascensor que lo lleve al vestíbulo, Miller oye a alguien comentar que hay gente saltando al vacío desde la torre Norte y siente un escalofrío. No puede imaginarse que, en ese mismo instante, millones de personas en todo el planeta están frente al televisor, hipnotizadas por un horror nunca presenciado en directo por una audiencia en masa. Cuando las imágenes de un Nueva York apocalíptico ya desafiaban a la credibilidad, un segundo avión se materializa de la nada y se catapulta contra la torre Sur.
5. Fahrenheit 2.000
Veinte pisos más arriba, un colega informático de Miller llamado Stanley está hablando por teléfono con un empleado de la compañía que ha visto las imágenes por televisión desde Chicago. Stanley le está asegurando que el fuego está localizado en la otra torre y que él no corre peligro, cuando se vuelve para mirar por la ventana de su despacho desde la que normalmente se ve la estatua de la Libertad. Lo que ve es un gigantesco proyectil gris con las letras UA en el flanco acercándose a toda velocidad hacia su ventana. El sonido de las turbinas del motor le hiela la sangre y el teléfono se le cae de las manos. Hombre profundamente religioso, lo último que Stanley hace antes de lanzarse bajo la mesa es encomendar su fortuna al cielo. V
A las 9.03, el Boeing 767 de United Airlines ensarta la esquina sureste de la segunda torre, destruyendo al instante seis pisos y proyectando una descomunal bola de fuego hacia los flancos. Antes de estrellarse, el avión efectúa un giro brusco, y de este modo penetra la estructura justo por encima de la oficina de Stanley. El ángulo de choque y el giro desesperado en el último momento sugieren que el terrorista a los mandos del 767, envenenado de odio, ha estado a punto de fallar en su objetivo. Probablemente no lo sospechaba al pulverizarse rumbo al paraíso de los camicaces enloquecidos, pero este golpe lateral resultará todavía más mortífero. En un choque, la energía del impacto crece exponencialmente multiplicada por el cuadrado del incremento de la velocidad. En otras palabras: si el avión vuela un poco más a prisa, la ferocidad del impacto se multiplica enormemente. El 767 no sólo vuela un poco más a prisa, sino que torpedea la torre a una velocidad unas nueve veces superior a la que hubiera llevado en una típica colisión aérea al despegar o aterrizar.
Stanley emerge de una pila de escombros agradeciendo a Dios que le haya salvado la vida, y se dispone a ir en busca de una salida. Otros tienen menos suerte. En el momento del impacto, el Boeing desplaza unas ciento doce toneladas. Su avance a través del interior de la torre dura unas seis décimas de segundo, cabalgando en una ola de treinta mil litros de queroseno. Algunas de las piezas más pesadas que se desprenden en la explosión (un motor, un trozo del tren de aterrizaje y una rueda) atraviesan la torre y aterrizan a seis manzanas de allí. A diferencia del primer avión, que se ha hundido en el centro de la fachada de la torre Norte, el segundo jet golpea la esquina de la torre Sur con una fuerza de unos 32.600 kilonewtons, una energía próxima al umbral de un huracán.
La colisión pulveriza gran parte de las columnas exteriores de la fachada y destruye la capa protectora contra el fuego que recubre las columnas interiores. La práctica totalidad del sistema de aspersores de incendios repartidos por la torre perece al momento, junto con las tuberías de agua que podrían alimentarlos. Lo único que encuentran las llamas es material con que multiplicarse. En cuestión de minutos, ese fuego atizado por el combustible y por toneladas y toneladas de papel almacenado en las oficinas superará los dos mil grados Fahrenheit. El acero empieza a reblandecerse al rebasar los trescientos cincuenta grados Fahrenheit. Alrededor de los mil cien, pierde la mitad de su firmeza. La mayor parte del queroseno inyectado en las entrañas de la torre arde en los cuatro primeros minutos. Ésa es sólo la chispa que desencadena un infierno mucho mayor, una pira colosal de seis pisos de altura que devora muebles, ordenadores, moquetas e incluso el cargamento del avión. Pero sobre todo papel. Toneladas y toneladas de papel esperando como cartuchos de dinamita en docenas de pisos de oficinas. La energía resultante de semejante horno es entre tres y cinco veces superior a la de una central nuclear de tamaño medio. Llegado ese punto crítico, el acero empieza a comportarse como la hojalata.
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