Alberto Vázquez-Figueroa - Océano

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Esta sugestiva novela se enmarca en la tierra árida y fascinante de Lanzarote. La familia Perdomo se dedica desde siempre a la pesca siendo el océano casi su hábitat natural. Pero su rutinaria vida se verá sacudida por su hija Yaiza. Esta hija menor, poseedora de un don sobrenatural para «aplacar las bestias, aliviar a los enfermos y agradar a los muertos», será el causante de una tragedia que cambiará la vida para siempre de la familia.

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La mano de Rogelia «el Guirre» tanteó a su alrededor hasta tropezar con un grueso pedrusco que aferró con fuerza, y luego, muy despacio, se puso en pie y se deslizó como un fantasma hacia donde don Matías Quintero parecía muerto o dormido, pues había llegado a la conclusión de que tenía que actuar por sí misma o todos los sueсos que había ido alimentando durante los últimos aсos se esfumarían por no ser más que sueсos. Si su patrón moría tras recibir la inesperada visita nocturna de Abel Perdomo nadie abrigaría dudas de quién había sido el causante de tal muerte y ella tendría las manos libres para desvalijar la casa antes de dar aviso a la Guardia Civil de lo ocurrido.

No experimentaba la menor indecisión mientras avanzaba en silencio, como un lince, ni el menor remordimiento de conciencia tampoco, pues desde que tenía uso de razón no había recibido de aquel hombre más que desprecios, humillaciones y malos tratos, y constantemente repetía en su mente las soeces palabras con que la obligaba a arrodillarse ante él, como una perra, y abrirle luego muy despacio los botones de la bragueta, para meterse en la boca un colgajo blando, sudoroso y maloliente.

Damián Centeno llegó a Tinajo a primera hora de la maсana y en el molino de gofio le aseguraron que Pedro «el Triste» había subido como siempre al monte con las cabras, por lo que se lanzó en su busca por los más endemoniados caminos que hubiera recorrido aquel viejo automóvil en toda su vida de traquetear por la isla.

Tuvo que preguntar aquí y allá, en caseríos aislados o a algún solitario campesino que reconstruía, como todos, los muros de piedra que el viento se empeсaba en derribar una y otra vez, y al fin, cuando ya el sol caía a plomo y el calor agobiaba, el último rastro de sendero desapareció y llegó a la conclusión de que no le quedaba más remedio que continuar a pie.

Lo vio de lejos; sentado en la ladera de un viejo cráter contemplaba la silueta de las Montaсas del Fuego que se recortaban en el horizonte, y de tanto en tanto silbaba a sus animales o lanzaba una piedra para que no se alejaran demasiado.

Las cabras ramoneaban aquí y allá los resecos matojos que apenas acertaban a asomar por entre las rocas y la lava, y los «bardinos» dormitaban junto a su amo siempre atentos — con un ojo entreabierto — a las evoluciones del ganado.

Pedro «el Triste» no hizo gesto alguno y se diría que ni siquiera movió un músculo durante el tiempo que Damián Centeno tardó en ascender por la pendiente, limitándose a saludarle con una leve inclinación de cabeza cuando el otro se detuvo frente a él.

— ¡Buenos días!

— ¡Buenos días!

— ¿Es usted Pedro «el Triste»?

— Así me llaman.

— Busco a dos amigos…

— Por aquí no están…

— Ya lo veo… Pero vinieron a hablar con usted y no han regresado.

— Tal vez cambiaron de idea.

— ¿Quiere decir que no vinieron?

El cabrero le miró largamente, impasible, pero al fin hizo un gesto de asentimiento:

— Venir, vinieron… — admitió—. Si es a esos a los que se refiere… A uno le mentaban «Milmuertes» y al otro, Dionisio, si mal no recuerdo… Me pidieron que les llevara a Timanfaya, les llevé y no les gustó.

Damián Centeno intentó leer más allá de los inmutables ojos de su interlocutor, pero le resultó imposible, pues no se sentía capaz de discernir si se encontraba frente a un disminuido mental, o un astuto cazurro.

— ¿Qué quiere decir con eso de que no les gustó…? ¿Qué hicieron?

— Irse… Dijeron que allí hacía mucho calor y había demasiadas piedras… ¡No…! — repitió—. No les gustó.

— ¿Ya dónde fueron…?

El cabrero ladeó la cabeza levemente:

— ¿Es usted amigo suyo…? — inquirió, y ante el mudo gesto de asentimiento, aсadió con naturalidad—. Pues si usted, que es su amigo, no lo sabe, ¿cómo quiere que lo sepa yo, que no los he visto más que una vez en mi vida…?

Damián Centeno tomó asiento sobre un peсasco, buscó un cigarrillo, le ofreció otro y tras encender ambos, aspiró una profunda bocanada de humo y seсaló:

— Tengo la impresión de que está tratando de ocultarme algo… No me dice todo lo que sabe…

El otro se encogió de hombros.

— Cada cual piensa lo que quiere… ¿Por qué tendrían que haberme dicho adonde iban…? ¿Qué me importaba a mí?

— Tal vez no fueron a ninguna parte.

— Es posible… — Si hubiera sido capaz de sonreír alguna vez en su vida, Pedro «el Triste» hubiese sonreído en ese momento—. También es posible que me los haya comido… ¿Tengo aspecto de comerme a la gente…?

— No me hable en ese tono — le advirtió Damián Centeno cambiando el timbre de su voz que enronqueció de improviso—. No me gusta.

— A mí tampoco me gusta el suyo… — fue la respuesta—. Yo estoy aquí, tranquilo con mis cabras y mis perros y es usted quien viene a nacerme preguntas. Ya le he dicho lo que quiere saber…

— Aún no me ha dicho nada.

— Pues se me antoja que fue mucho… Se fueron, y si quiere saber adonde, cuando los encuentre, les pregunta…

Resultaba evidente que mentía, pero Damián Centeno pareció comprender que no obtendría nada en claro con semejante interrogatorio. Observó al cabrero, flaco, casi escuálido, con aspecto de grulla zanquilarga y el aire de no haber roto un plato en su vida, y recordó a Dionisio y el «Milmuertes». Hubiera puesto la mano en el fuego por cualquiera de ellos, consciente de su capacidad de hacer frente a situaciones difíciles, y le constaba que se encontraban armados puesto que les había dado órdenes precisas de acabar con Asdrúbal Perdomo si lograban echarle la vista encima. Se le antojaba a tanto incongruente que, sin razón válida alguna, aquel tipo se iera enfrentado a sus dos hombres. Aplastó la colilla del cigarrillo con la punta del zapato e inquirió:

— ¿Le ayudarían mil pesetas a recuperar la memoria y decirme adonde fueron mis amigos?

— Ayudarían mucho si lo supiera… — fue la socarrona respuesta—. Pero le repito que no dijeron nada…

Hizo un último intento aunque lo consideró también inútil:

— Tal vez la Guardia Civil resulte más convincente.

— ¿Usted cree…?

Damián Centeno se sentía impotente ante la cazurronería de su interlocutor, y eso le enfurecía. De buena gana hubiera echado mano a su larga y afilada navaja, pero desde el primer momento había reparado en la presencia de los perros, y le constaba que aquellos animales podían llegar a ser muy peligrosos y saltarían sobre él a la menor indicación de su amo.

— ¡Bien…! — dijo al fin poniéndose en pie dispuesto a marcharse—. Volveremos a vernos.

— Como guste… Yo suelo estar siempre por aquí…

Mientras descendía, resbalando, por la pendiente, Damián Centeno agradeció el hecho de no haber traído una pistola, pues en aquel momento se hubiera vuelto a pegarle cuatro tiros al cabrero, provocando con ello una muerte inútil que no le hubiera acarreado más que problemas.

Algo había ocurrido entre Pedro «el Triste» y sus hombres, pero se suponía que éstos sabían andar por la vida y él no tenía por qué convertirse en su guardián. Los había contratado para que le ayudaran, no para ocasionarle problemas, y si el cabrero los había matado, quizá para robarles, no tenía la menor intención de ejercer de detective. Bastante tenía con continuar buscando a Asdrúbal Per domo.

Damián Centeno había visto morir a muchos hombres en su vida, pues había luchado en las campaсas de Marruecos, la Guerra Civil, e incluso la Segunda Guerra Mundial formando parte de la División Azul que se enfrentara a los rusos, por lo que había aprendido a olvidarse aprisa de los muertos aunque fueran amigos, ya que acordarse de ellos jamás resucitó a ninguno y a lo único que conducía ese recuerdo era a tomar conciencia de que estaban aguardando impacientes a la vuelta de la esquina.

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