Alberto Vázquez-Figueroa - Océano

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Esta sugestiva novela se enmarca en la tierra árida y fascinante de Lanzarote. La familia Perdomo se dedica desde siempre a la pesca siendo el océano casi su hábitat natural. Pero su rutinaria vida se verá sacudida por su hija Yaiza. Esta hija menor, poseedora de un don sobrenatural para «aplacar las bestias, aliviar a los enfermos y agradar a los muertos», será el causante de una tragedia que cambiará la vida para siempre de la familia.

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Damián Centeno, que había guardado silencio observando a su vez al hombre que desaparecía, se volvió a Justo Garriga:

— De acuerdo… — admitió—. Maсana tengo que subir a ver a don Matías… Me acercaré a Tinajo, y trataré de averiguar qué es lo que ha ocurrido… — Agitó negativamente la cabeza seсalando con un ademán hacia la nueva caravana de dromedarios que se aproximaban descendiendo desde las alturas de Femés —. Y tendremos que empezar a ponernos difíciles, porque estos cretinos son capaces de pasarse la vida acarreando agua… — Su vista recayó en la más alejada de las casas—. ¿Te has fijado en la gordita que anda siempre con un traje floreado…?

— ¡Ya lo creo…! Cuando se sienta a salar pescado se le notan unos muslos como piedras.

— Su marido es de los primeros que salen a la mar… Esta noche podríais hacerle una visita…

— ¿Y por qué no a la mujer de Abel Perdomo…? Aún tiene un buen polvo, y al fin y al cabo, son ellos los que importan.

— Porque encontrarías la casa vacía… Cuando su marido se va, ella duerme en otra casa y me da la impresión de que no han dejado dentro nada de valor… En realidad, no creo que jamás lo hayan tenido… — Chasqueó la lengua—. No son tontos, no, los «Maradentro»… Nada tontos.

Efectivamente, Abel Perdomo había decidido tomar la precaución de no dejar a Aurelia sola, en especial cuando salía con Sebastián, aún oscura la noche, a las faenas de la pesca, y procuraba que no durmiera nunca en la misma casa, alternándose entre las de los vecinos y cerciorándose de que los hombres de Damián Centeno no la vieran.

Desde que sabía a Asdrúbal oculto en Timanfaya y a Yaiza a salvo en casa de Rufo Guerra se sentía más tranquilo pese a que la tensión en el pueblo fuera en aumento desde el día en que los habitantes de Femés les comunicaran que muy pronto no podrían proporcionarles más agua.

Aunque Damián Centeno y sus hombres lo ignoraban y los camellos continuaran subiendo y bajando la montaсa, la mayoría de ellos regresaban con las barricas vacías, y por más que fingieran que se estaban arreglando sin el camión, lo cierto era que en Playa Blanca escaseaba el agua incluso para lo más imprescindible.

Sus habitantes estaban llegando al límite de sus posibilidades y Abel Perdomo comprendía que no podía continuar exigiéndoles sacrificios.

Fue por ello por lo que aquella tarde, cuando por cuarta vez Rogelia «el Guirre» le comunicó que don Matías Quintero se negaba a recibirle, no emprendió como siempre, mohíno y cabizbajo, el largo camino de regreso, sino que aguardó en las inmediaciones a que cayera la noche, y se aproximó de nuevo, procurando no ser visto, al macizo caserón que se elevaba como una fortaleza, sobre el ligero promontorio que dominaba los contornos.

Tuvo que aguardar casi dos horas hasta que la luz del gran ventanal se apagara y al poco advirtió cómo la puerta principal se abría, y la frágil y encorvada figura de don Matías Quintero, al que no había visto más que una vez en su vida, abandonaba el porche y se adentraba en las sombras del huerto que se extendía hasta las lindes mismas de los viсedos.

Le siguió en silencio, y era tan menuda su figura y se movía tan despacio y a desgana, que por un momento incluso lo perdió de vista y tuvo que detenerse y permanecer unos instantes con el oído y la vista atentos hasta que le llegó un leve rumor de pasos que se arrastraban y lo distinguió de nuevo a la escasa luz de una luna en creciente.

Surgió ante él como un fantasma nacido de la nada; como una torre que le doblara casi en peso y tamaсo, y el viejo dio un respingo y se quedó muy quieto, conteniendo el aliento.

— ¡Buenas noches…! — saludó Abel Perdomo—. Por favor, no se asuste… No pretendo hacerle daсo… Únicamente quiero hablarle.

— Tú eres el «Maradentro», ¿verdad? — replicó al poco don Matías con voz tranquila—. El padre del asesino de mi chico… No tengo nada que hablar contigo… ¡Nada en absoluto! — Hizo una leve pausa, y luego aсadió con intención—. ¿Sabes cuándo hablaré contigo…? Cuando nos crucemos en el Cementerio el Día de Difuntos… Tan sólo entonces tendremos algo en común…: un hijo allí descansando.

La enorme mano de Abel Perdomo se lanzó hacia adelante, y aferró al hombrecillo por el cuello levantándolo en vilo y cortándole la respiración.

— ¡Escuche, viejo maldito! — exclamó mientras el otro pataleaba y lanzaba inútiles manotazos tratando en vano de zafarse—. Me bastaría con apretar un poco para acabar con este asunto… Pero los «Maradentro» no somos asesinos… — Aflojó levemente la presión para no estrangularlo por completo—. Aquello fue un accidente… Asdrúbal mató a su hijo porque pretendían abusar de mi Yaiza, que es aún casi una niсa… ¿Por qué no trata de aceptarlo…? Tal vez su chico estaba borracho… Tal vez fue un mal momento… ¡Yo qué sé…! Pero le juro que esa es la verdad, y si se lo propusiera lo averiguaría… Reconozco que debe de ser muy duro aceptar algo así de un hijo muerto, pero yo no puedo hacer nada por cambiar las cosas… ¡Ni usted tampoco!

Lo soltó, y don Matías Quintero se dejó caer sobre un muro de lava, llevándose la mano al cuello y aspirando profundamente en busca del aire que con tanta urgencia necesitaban sus pulmones. Tardó casi un minuto en recuperar el habla, y al fin alzó un rostro en el que podía leerse la misma fanática decisión de siempre:

— Más te valdría continuar apretando — dijo al fin—. Así terminaríais juntos en el «garrote», padre e hijo… — Hizo una corta pausa, como para medir el alcance de sus palabras, y aсadió—: ¡Decídete, porque de lo que puedes estar seguro, es de que no descansaré hasta que vea a tu hijo bajo tierra…!

Abel Perdomo permaneció confuso unos instantes, como si le costase aceptar la magnitud de un odio tan profundo o tan irracional ansia de venganza, y se dejó caer a su vez sobre otro de los muros, mientras agitaba repetidamente la cabeza:

— Entiendo… — dijo—. Le gustaría que le matara porque no tiene cojones para suicidarse, y borrarse del mapa es ya el único camino que le queda… Pero no pienso darle ese gusto… Usted va a tener que seguir viviendo con su dolor y su vergьenza, don Matías… Y tanto más grande serán cuanto más trate de borrarlos con nuevas canalladas… Quemar barcos o matar de sed a un pueblo inocente no cambiarán la realidad de que su hijo era un cerdo y un borracho que tuvo el fin que merecía… Fue mi Asdrúbal, pero pudo haber sido cualquier otro, porque además era un cobarde traicionero de los que usan cuchillo… Tan cobarde como usted, que no se atreve a hacerle frente a su problema y tiene que contratar asesinos a sueldo para tratar de enmascararlo…

Permanecieron muy quietos, mirándose; ignorantes de que desde la oscuridad, a no más de diez metros de distancia, la negra y escuálida figura de Rogelia «el Guirre» los observaba, porque su fino oído de tísica le había permitido escuchar voces y se había deslizado como una sombra, segura desde el primer momento de que el visitante nocturno no podía ser otro que aquel Abel Perdomo que esa misma tarde había intentado por cuarta vez que su patrón le recibiera.

Una leve esperanza; la de que acabara con su amo ya que él mismo no se decidía a quitarse la vida, se desvaneció muy pronto al advertir que Abel Perdomo se derrumbaba perdido su momentáneo gesto de ira, y que lo que podía haber sido un trágico enfrentamiento, no quedaba, una vez más, más que en palabrería.

Continuó inmóvil y atenta mientras el hombretón se ponía de nuevo en pie cansinamente y se perdía de vista en las tinieblas, y durante largos minutos continuó acechando la desvalida figura de su amo, que como un muсeco roto continuaba despatarrado sobre el muro, incapaz al parecer de reaccionar y volver a la casa.

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