El rapaz meditó unos instantes y por último negó con un decidido gesto de cabeza.
— Dicen que últimamente ha habido mucho trasiego de chasquis que van y vienen, pero, aparte de eso, yo no he visto nada especial.
Sangay Chimé hizo un gesto hacia el rebaño.
— ¿Nos darías un poco de leche?
— ¡Toda la que quieran! — replicó el muchacho al que se advertía de lo más feliz ante una situación tan poco usual—. Esas malditas bestias lo único que dan es leche y problemas… Se atiborraron de una leche tibia y reconfortante, reemprendieron el camino, y el sol estaba en su cenit en el momento en que vadeaban un riachuelo para poner al fin el pie en la hermosa «carretera» que descendía desde el Cuzco hasta la costa.
Tenía más de cinco metros de anchura y casi toda ella aparecía perfectamente empedrada puesto que conformaba una de las columnas vertebrales de la red viaria del Imperio, que con el tiempo llegaría a contar con más de cuarenta mil kilómetros de extensión, que abarcaban desde el río Ancasmayo, al norte, hasta el río Maule, en el extremo sur, y del océano Pacífico a las selvas amazónicas. Caminos, puentes, ciudades y fortalezas conformaban los pilares del poderío económico y militar del Incario, y poner el pie sobre la Calzada Real o capac-ñan constituía un motivo de orgullo para sus habitantes.
Tomaron asiento en uno de los incontables peldaños de la gigantesca escalinata, y durante largo rato permanecieron muy quietos y en silencio, íntimamente satisfechos de haber coronado con éxito la casi increíble proeza de atravesar de parte a parte la abrupta cordillera oriental.
— ¿Qué hacemos ahora? — inquirió por último el más joven de los soldados.
— Esperar.
— ¿Cuánto tiempo?
— El que haga falta… — puntualizó Rusti Cayambe—. Sabemos que pronto o tarde la procesión pasará por aquí.
— Pueden tardar días… O incluso semanas.
— Pues esperaremos días… O incluso semanas.
— ¿Y no sería mejor subir a su encuentro?
— Necesitamos descansar.
— No, por lo que a mí respecta… — intervino Sangay Chimé—. Prefiero salir a su encuentro a quedarme aquí sin hacer nada. Tú mismo aseguras que la incertidumbre es siempre lo peor. Su marido la observó con atención. Había adelgazado terriblemente, y bajo los antaño luminosos ojos se habían formado oscuras bolsas que indicaban que se encontraba al límite de sus fuerzas, pero esos mismos ojos reflejaban la magnitud de su determinación, y que parecía dispuesta a reventar antes que a renunciar a su empeño.
Volvió luego la vista a la parte alta del camino que trepaba en suave pendiente y anchos escalones formando una amplia curva hasta las cultivadas terrazas que dominaban el valle por levante, y tras meditar unos instantes, asintió con un leve gesto de cabeza.
— ¡De acuerdo! — dijo al fin—. Dormiremos un rato y reemprenderemos el camino. Pero apenas tuvieron tiempo de cerrar los ojos, porque al poco hicieron su aparición en la cima de la colina tres mujeres que descendían por la Calzada Real con los pasitos cortos y rápidos que caracterizaban a las campesinas de las tierras altas.
Las observaron mientras avanzaban como saltarinas ratitas multicolores hasta que al llegar a su altura se detuvieron casi en seco para saludar con todo el respeto que se esperaba de quienes comprendían que se habían topado con personajes de casta muy superior.
— ¡Buenos días! — dijeron casi al unísono.
— ¡Buenos días!
— ¿De dónde venís? — quiso saber Rusti Cayambe.
— Del Cuzco, señor.
— ¿Y hacia dónde os dirigís?
— A Chinchillape, señor.
— Un viaje muy largo.
Asintieron las tres a un tiempo.
— Muy largo, señor…
— ¿Por casualidad os habéis encontrado por el camino con la procesión del capac-cocha ?
— Oh, sí, señor. ¡Naturalmente! Nosotras formábamos parte de la procesión del capac-cocha que se dirigía al Misti. Aceptamos formar parte de ella puesto que así podíamos regresar cómodamente a Chinchillape.
— ¿Y por qué la habéis abandonado?
— Porque ya no existe más, señor.
— ¿Cómo es eso? — intervino con voz temblorosa Sangay Chimé, que había palidecido de improviso—. ¿Qué ha ocurrido?
Fue en ese momento cuando la mayor de las mujeres se fijó en ella, entrecerró los ojos y al fin exclamó sorprendida:
— ¡Yo te conozco! Tú eres la princesa Sangay Chimé, la madre de Tunguragua… Te he visto varias veces en casa de mi ama… — Se volvió a Rusti Cayambe, al que observó con mayor atención para añadir—: Y tú eres su marido, el general Saltamontes.
— ¡Sí, lo somos! — se impacientó este último—. ¡Pero responde! ¿Qué ha ocurrido?
— Que ese hijo de puta de Tupa-Gala, y perdón por la expresión, señor, se dio cuenta de que nos estábamos burlando de él, por lo que decidió cambiar el lugar del sacrificio… Ya no será en el Misti.
— ¡Que los dioses nos protejan! ¿Dónde entonces?
— En un picacho que se alza al final de la puna negra.
— ¿Cuándo?
— Mañana. Ayer a mediodía Tupa-Gala nos abandonó en mitad de la puna, llevándose únicamente una pequeña escolta. Como apenas quedaban provisiones, nos ordenaron que cada cual regresara como buenamente pudiera. La mayoría ha vuelto al Cuzco, pero nosotras hemos preferido continuar viaje hasta casa.
— ¿A qué distancia se encuentra ese picacho?
Las tres mujerucas se miraron, y resultaba evidente que no lo tenían muy claro. Cuchichearon entre ellas y, al fin, la que parecía llevar la voz cantante señaló:
— Nosotras partimos al amanecer y sólo hemos hecho tres pequeñas paradas. Si te das mucha prisa tal vez puedas alcanzar la huaca de la puna negra antes de que cierre la noche. Desde allí, el nevado se divisa en la distancia, justo hacia poniente. No parece muy alto, pero sí bastante escarpado.
— ¿Seguro que se encuentra a poniente de la huaca ?
— Seguro, señor. Ayer, al caer el sol, me fijé en que se ocultaba a mitad de su ladera izquierda… Me dio mucha pena pensar que aquella horrenda montaña seria la última morada de una criatura tan dulce.
— ¡Os agradecemos mucho vuestra información!
— ¡No hay de qué, señor! Todas estamos en contra de semejante salvajada. — Hizo una corta pausa—. ¡Y una cosa más, señor!.. Los soldados del Emperador te están buscando.
— Lo suponía, pero gracias también de todos modos.
— Que los dioses pongan alas en tus pies.
No fueron los dioses los que pusieron alas en sus pies, sino la desesperación de saber que al día siguiente la niña estaría muerta.
Corrían como si les fuera en ello la vida — y de hecho les iba—, pero al poco Rusti Cayambe decidió marcar un ritmo más pausado y constante, adecuando el paso a los accidentes del terreno, puesto que las escalinatas, las subidas y las bajadas destrozaban en poco tiempo cualquier capacidad de resistencia. El mundo parecía no tener límites.
A un valle seguía otro valle, a éste una agresiva montaña, luego un riachuelo y más tarde una escarpada ladera por la que la hermosa Calzada Real serpenteaba hasta alcanzar un frágil puente que bailaba al ritmo del viento y del rumor de las aguas del río que cruzaba bajo él. Hacía frío.
Pero sudaban.
Tenían hambre.
Pero se sentían incapaces de probar bocado.
Estaban agotados.
Pero jamás se detenían.
¿Dónde estaba la puna negra?
Atravesaban aldeas y caseríos sin intercambiar siquiera una palabra con sus habitantes, cruzaban junto a hombres y mujeres que labraban los campos o pastoreaban el ganado, dejaban muy atrás a solitarios viajeros que los veían pasar como si estuvieran locos, pero su destino parecía encontrarse cada vez más lejano.
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