Adolfo Casares - La invención de Morel
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A continuación corrijo errores y aclaro todo aquello que no tuvo aclaración explícita: abreviaré así la distancia entre el ideal de exactitud que me guió desde el principio y la narración.
Las mareas: He leído el libro de Belidor (Bernardo Forest de). Empieza con una descripción general de las mareas. Confieso que las de esta isla prefieren seguir esa explicación, y no la mía. Debe tenerse en cuenta que yo nunca había estudiado las mareas (tal vez en el colegio, donde nadie estudiaba) y que las describí en los primeros capítulos de este diario, cuando sólo empezaban a tener importancia para mí.
Antes, mientras viví en la colina, no fueron un peligro, y aunque me interesaran, no tenía tiempo para observarlas despacio (casi todo lo demás era un peligro).
Mensualmente, de acuerdo con Belidor, hay dos mareas de amplitud máxima, en los días de luna llena y nueva, y dos mareas de amplitud mínima, en los días de cuartos lunares.
Alguna vez, a los siete días de una marea de luna llena o nueva, habrá ocurrido una marea meteorológica (provocada por fuertes vientos y lluvias): seguramente de ahí salió mi error de que las mareas grandes ocurren una vez por semana.
Explicación de la impuntualidad de las mareas diarias: según Belidor las mareas llegan cincuenta minutos más tarde, por día, en el creciente de luna, y cincuenta minutos más temprano, en el menguante. Esto no es completamente exacto en la isla: creo que el adelanto o el atraso ha de ser de un cuarto de hora a veinte minutos diarios; doy estas observaciones modestas, sin aparatos de medición: tal vez los sabios aporten lo que falta y puedan sacar alguna conclusión útil para el mejor conocimiento del mundo que habitamos.
En este mes hubo numerosas mareas grandes: dos fueron lunares; las otras meteorológicas.
Apariciones y desapariciones. Primera y siguientes: Las máquinas proyectan las imágenes. Las máquinas funcionan con la fuerza de las mareas.
Después de períodos más o menos largos, con mareas de poca amplitud, hubo sucesiones de mareas que llegaron al molino de los bajos. Las máquinas funcionaron y el disco eterno siguió andando en el momento de la semana en que se había detenido.
Si el discurso de Morel ocurrió en la última noche de la semana, la primera aparición habrá ocurrido en la noche del tercer día.
La falta de imágenes durante el largo período anterior a la primera aparición, tal vez se deba a que el régimen de las mareas varía con los períodos solares.
Los dos soles y las dos lunas: Como la semana se repite a lo largo del año, se ven estos soles y lunas no coincidentes (y también los moradores con frío en días de calor; bañándose en aguas sucias; bailando entre los matorrales o en el temporal). Si la isla se hundiera -con excepción de los sitios donde están las máquinas y los proyectores-, las imágenes, el museo, la misma isla seguirían viéndose.
Ignoro si el calor excesivo de este último tiempo se debe a la superposición de la temperatura que hubo al tomarse la escena con la temperatura actual.
Árboles y otros vegetales: Los que grabó la máquina están secos; los que no grabó -las plantas anuales (flores, yerbas) y los árboles nuevos- están lozanos.
La llave de luz, los pasadores atrancados. Cortinas inamovibles: Adáptese a los pasadores y llaves de luz lo que dije, hace mucho, de las puertas: Si estaban cerradas cuando se tomó la escena, tienen que estarlo cuando se proyecta. Por la misma razón las cortinas son inamovibles.
La persona que apaga la luz: La persona que apaga la luz del cuarto opuesto al de Faustine, es Morel. Entra, se queda un momento frente a la cama. Recordará el lector que, en mi sueño, Faustine hizo todo eso. Me fastidia haber confundido a Morel con Faustine.
Charlie. Fantasmas imperfectos: Primero no los encontraba. Ahora creo haber dado con sus discos. No los pongo. Pueden ser afligentes, no convenir a mi situación (futura).
Los españoles que vi en el antecomedor: Son empleados de Morel.
Cámara subterránea. Biombo de espejos: Le oí decir a Morel que sirven para experimentos de óptica y de sonido.
Los versos franceses declamados por Stoever:
Áme, te souvient-il, au fond du paradis,
De la gare d'Auteuil et des trains de jadis.
Stoever le dice a la vieja que son de Verlaine.
Ya no han de quedar puntos inexplicables, en mi diario. Hay elementos para comprender casi todo. Los capítulos que faltan no sorprenderán.
Quiero explicarme la conducta de Morel.
Faustine evitaba su compañía; él, entonces, tramó la semana, la muerte de todos sus amigos, para lograr la inmortalidad con Faustine. Con esto compensaba la renuncia a las posiblidades que hay en la vida. Entendió que, para los otros, la muerte no sería una evolución perjudicial; en cambio de un plazo de vida incierto, les daría la inmortalidad con sus amigos preferidos. También dispuso de la vida de Faustine.
Pero la misma indignación que siento me pone en guardia: quizá atribuya a Morel un infierno que es mío. Yo soy el enamorado de Faustine; el capaz de matar y de matarse; yo soy el monstruo. Quizá Morel nunca se haya referido a Faustine en el discurso; quizá estuviera enamorado de Irene, de Dora o de la vieja.
Estoy exaltado, soy necio. Morel ignora esas favoritas. Quería a la inaccesible Faustine. ¡Por eso la mató, se mató con todos sus amigos, inventó la inmortalidad!
La hermosura de Faustine merece estas locuras, estos homenajes, estos crímenes. Yo la he negado, por celos o defendiéndome, para no admitir la pasión.
Ahora veo el acto de Morel como un justo ditirambo.
Mi vida no es atroz. Si dejo las intranquilas esperanzas de partir en busca de Faustine, puedo acomodarme al destino seráfico de contemplarla.
Está ese camino: vivir, ser el más feliz mortal.
Pero la condición de mi dicha, como todo lo humano, es inestable. La contemplación de Faustine podría -aunque no pueda tolerarlo, ni aun como pensamiento- interrumpirse:
Por una descompostura de las máquinas (no sé arreglarlas);
Por alguna duda que podría sobrevenir y arruinarme este paraíso (debo reconocer que hay, entre Morel y Faustine, conversaciones y ademanes capaces de inducir en error a personas de carácter menos firme);
Por mi propia muerte.
La verdadera ventaja de mi solución es que hace de la muerte el requisito y la garantía de la eterna contemplación de Faustine.
Estoy a salvo de los interminables minutos necesarios para preparar mi muerte en un mundo sin Faustine; estoy a salvo de una interminable muerte sin Faustine.
Cuando me sentí dispuesto abrí los receptores de actividad simultánea. Han quedado grabados siete días. Representé bien: un espectador desprevenido puede imaginar que no soy un intruso. Esto es el resultado natural de una laboriosa preparación: quince días de continuos ensayos y estudios. Infatigablemente, he repetido cada uno de mis actos. Estudié lo que dice Faustine, sus preguntas y respuestas; muchas veces intercalo con habilidad alguna frase; parece que Faustine me contesta. No siempre la sigo; conozco sus movimientos y suelo caminar adelante. Espero que, en general, demos la impresión de ser amigos inseparables, de entendernos sin necesidad de hablar.
La esperanza de suprimir la imagen de Morel me ha turbado. Sé que es un pensamiento inútil. Sin embargo, al escribir estas líneas, siento el mismo empeño, la misma turbación. Me vejó la dependencia de las imágenes (en especial, de Morel con Faustine). Ahora no: entré en ese mundo; ya no puede suprimirse la imagen de Faustine sin que la mía desaparezca. Me alegra también depender -y esto es más extraño, menos justificable- de Haynes, Dora, Alec, Stoever, Irene, etcétera (¡del propio Morel!).
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