Francois Mauriac - El Desierto Del Amor

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– Sobre todo, no lo digas.

Hizo esta recomendación con la misma voz de su mujer y Raymond se abstuvo de contestarle: "¿A quién le puede interesar eso en París?" El doctor se interrumpió, como si hubiera sido asaltado por un dolor agudo. El joven calculaba: "Tiene sesenta y nueve o setenta años… ¿Se puede sufrir todavía a esa edad, después de tantos años transcurridos?" Sintió, entonces, su propia herida, tuvo miedo: no, no, eso pasaría pronto; recordó lo que siempre decía una de sus amantes: "Cuando sufro en el amor, me ovillo, espero, estoy segura de que el hombre por el cual deseo morir, mañana ya no me importará nada; el objeto de tantos sufrimientos, no merecerá una mirada: es terrible amar y es vergonzoso no hacerlo más…" ¿Por qué motivo ese anciano sangra desde hace diecisiete años? En esas vidas tan ordenadas, en esas vidas entregadas al deber, la pasión se concentra, se conserva; nada la gasta, ningún soplo extraño la evapora; se acumula, se pudre, se corrompe, emponzoña, corroe el vaso vivo que la encierra. Rodean el Arco de Triunfo; entre los raquíticos árboles de los Campos Elíseos, la calzada negra corre como el Erebe.

– Creo que he terminado de vagabundear; me han ofrecido un puesto en una fábrica: una industria de achicorias. Después de un año me darían la dirección de ella.

El doctor respondió con voz distraída: "Estoy muy contento, hijito…", y de súbito:

– ¿Cómo la conociste?

– ¿A quién?

– Sabes perfectamente a quién me refiero.

– ¿El amigo que me ofrece el puesto?

– No, no: María.

– Hace mucho tiempo. Cuando cursaba filosofía, cambiábamos algunas palabras en el tranvía, me parece.

– No me lo habías dicho. Recuerdo que una sola vez me contaste que un amigo te la había mostrado en la calle.

– Posiblemente… Después de diecisiete años, ya no recuerdo muy bien… ¡Ah sí!; al día siguiente de este encuentro ella me dirigió la palabra, justamente, para preguntarme noticias tuyas. Me conocía de vista. Por lo demás, creo que anoche, si no hubiera sido por su marido, se hubiera hecho la desconocida.

El doctor pareció tranquilizado, se arrinconó. Murmuró: "¿Qué me importa a mí? ¿Qué puede importar eso?" Hizo el gesto de barrer, con sus dos manos apretó su rostro, se enderezó y volviéndose un poco hacia Raymond, haciendo un esfuerzo para escapar de sí mismo y no tener otra preocupación que la de su hijo:

– Una vez que asegures tu situación, cásate. Y como Raymond riese, protestase, el anciano volvióse a sí mismo, volvió a caer dentro de sí:

– No te imaginas lo bueno que es vivir en lo más profundo de una familia… ¡cómo no! Soportamos los miles de preocupaciones de los demás; esas mil picaduras atraen la sangre hacia la piel, ¿comprendes? Nos apartan de nuestras secretas heridas, de nuestra profunda llaga interior; se nos vuelven indispensables… Ya ves: quería esperar que el congreso terminara, pero es más fuerte que yo: voy a tomar el tren de las ocho de la mañana… En la vida, lo más importante es crearse un refugio. Es necesario, tanto al fin como en el comienzo, que una mujer nos lleve.

Raymond masculló: "¡Gracias, prefiero reventar!" Miraba al anciano, empequeñecido, comido por los gusanos.

– No puedes saber lo protegido que me siento entre vosotros. Una mujer, los hijos, son seres que nos rodean, que nos estimulan, que nos defienden contra un montón de cosas deseables. Tú, que nunca me hablabas antes -no te lo reprocho, querido-, no sabes cuántas veces sentí tu mano sobre mi hombro apartándome dulcemente cuando estaba a punto de ceder a alguna deliciosa pero tal vez criminal solicitud.

Raymond gruñó: “¡Qué locura pensar que existen placeres prohibidos!”

– ¡Ah! no somos de la misma especie: en tu caso, yo habría atropellado con prontitud a la parvada.

– ¿Acaso crees que no he hecho sufrir a tu madre también? No somos tan diferentes; ¡ cuántas veces no he atropellado en espíritu a mi parvada! Eso, tú no lo sabes… No protestes: tu madre habría sido mucho más feliz con algunas infidelidades y no con ese deseo permanente que fue una traición durante treinta años. Tienes que saberlo, Raymond; sería difícil que tú pudieras ser un marido peor que el que yo fui… ¡Sí, sí! He soñado con mi libertinaje… ¿Es menos culpable eso que vivirlo? Y mira en qué forma se venga tu madre, hoy día; con un exceso de cuidado: no hay nada en el mundo que me sea tan indispensable como su importunidad; se da un trabajo… día y noche me sigue con los ojos. ¡ Ah! ¡ Mi muerte será dulce! Tú sabes que ya no estamos servidos como antes: los sirvientes de hoy día, como dice tu madre, no se parecen a los antiguos; no hemos reemplazado a Julie: ¿recuerdas a Julie? Volvió a su tierra. ¡ Pues bien! Tu madre reemplaza a todas; muchas veces tengo que enojarme con ella: no titubea en barrer ella misma; lustra los pisos.

Se interrumpió, y de súbito dijo suplicante:

– No te quedes solo.

Raymond no tuvo tiempo de contestar: el taxi se detenía frente al Grand-Hotel ; tuvieron que descender, buscar dinero. El doctor sólo tenía tiempo de preparar su equipaje.

La hora de los barrenderos y de los verduleros era familiar a Raymond Courréges; respiró profundamente, acogió y reconoció las sensaciones que se le ofrecían cuando volvía al alba: felicidad de animal derrengado, satisfecho, que sólo desea su cueva y el sueño en los cuales se va a hundir. Suerte que su padre haya querido separarse en la entrada del Grand-Hotel . ¡Cuánto había envejecido! ¡Cuan pequeño estaba! Nunca habría suficientes kilómetros entre su familia y él, díjose, nunca estarían sus parientes lo bastante alejados. Tenía plena conciencia de no pensar en María; recordó que tenía mucho que hacer ese día, tomó una libreta, buscó la página y se sintió estupefacto de ver que su día se había ampliado considerablemente. ¿O tendría que rendirse a la evidencia de que aquello con lo que había pretendido llenarlo se había reducido a nada? ¿La mañana? Un desierto; ¿la tarde?, ¿esas dos citas?: no iría. Se inclinaba sobre ese día como un niño sobre un pozo: tenía sólo unas piedrecillas para tirar en él; ¿cómo llenar ese hoyo? Para llenar ese vacío sólo había eso: tocar el timbre en la puerta de María, ser anunciado, ser recibido, sentarse en el cuarto donde ella estaría sentada, dirigirle una frase cualquiera; aun menos que eso le habría bastado para llenar sus horas vacantes y otras muchas: tener una cita con Maria: no importaba que fuese para una fecha lejana: ¡ con qué paciencia de cazador al acecho habría cazado esos días que lo separaban de ese otro día! Aunque ella hubiese postergado la cita, Raymond se habría consolado siempre de que hubiera propuesto otra, y esa esperanza renovada habría sido la medida del infinito vacío de su vida. Su vida no es más que una ausencia que tiene que esperar. “Razonemos, dijo; empecemos por lo posible: ¿renovar contacto con Bertrand Larousselle, entrar en la vida de Bertrand? No tenían nada en común. ¿Dónde podía encontrarlo?, ¿en qué sacristía encontraría a ese sacristán?" En pensamiento, Raymond quema todas las etapas entre él y Maria: una vez franqueado el abismo, sostiene esa misteriosa cabeza en su brazo derecho doblado, siente, sobre su bíceps, la nuca rasurada semejante a una mejilla de muchacho, y esa figura viene a su encuentro, se aproxima, se engruesa, tan vana, ¡ay! como las imágenes de un ecran cinematográfico… Raymond se extraña de que los primeros transeúntes no se den vuelta, no vean su locura. Se desploma sobre un banco, frente a la Madeleine.

La desgracia está en haberla visto de nuevo: hacía diecisiete años que todas sus pasiones, sin que él se diera cuenta, se habían encendido contra Maria, como cuando los campesinos de los páramos encendían fuegos para detener el incendio… Pero la había vuelto a ver y el fuego seguía siendo el más fuerte, se robustecía con las llamas con las cuales se había querido combatirlo. Sus manías sensuales, sus costumbres, esa ciencia en el libertinaje, adquirida y cultivada pacientemente, se transformaban en cómplices del incendio que ahora zumbaba, avanzaba en un inmenso frente crepitando.

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