Francois Mauriac - El Desierto Del Amor

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– No, no, mi pobre Lucie, todo eso está muy lejos de mí ahora… Todo eso ha terminado totalmente. Es cierto que tengo mucho cariño por esta desgraciada; pero eso no tiene nada que ver…

Se apoyó contra la cama y murmuró: "Es cierto, estoy en ayunas", y pidió a su mujer que le preparara el chocolate sobre la lámpara de alcohol.

– ¡ Crees que encontraré leche a esta hora! Posiblemente no hay pan en la cocina. Cuando hayas cuidado a esa mujer, ella podrá prepararte una pequeña comida. ¡ Es lo menos que puede hacer después de tanta molestia!

– ¡ Qué tonta eres, pobre amiga mía! Si tú supieras… Ella le tomó la mano, y le habló muy de cerca:

– Dijiste: "Todo eso ha terminado… Todo eso está lejos de mí." ¿Hubo, pues, algo entre vosotros? ¿Qué? Tengo el derecho de saberlo. No te voy a reprochar nada, pero quiero saberlo.

Sin aliento, el doctor tuvo que empezar dos veces a calzarse. Rezongó: "Hablaba en general… No me refería a Maria Cross… Vamos, Lucie, no me has mirado." Pero ella recordaba los últimos meses transcurridos. ¡ Ah: sí! ¡ Por fin tenía la clave! Todo se explicaba; todo le parecía claro.

– Paul, no vayas a casa de esa mujer. Nunca te he pedido nada… Bien puedes concederme esto.

El doctor replicaba suavemente que aquello no dependía de él. Se debía a un cliente enfermo, acaso moribundo: un golpe en la cabeza podía significar la muerte.

– Si me impides salir, tú serás la responsable de esta muerte.

Ella se desprendió del doctor, y no tuvo nada que decir. Balbuceaba mientras el doctor se alejó: "Tal vez es un plan preparado, y están de acuerdo…" Luego recordó que el doctor no había tomado ningún alimento desde la víspera. Sentada sobre una silla seguía atentamente el murmullo de las voces en el jardín.

– Sí, cayó de la ventana… Posiblemente no es más que un accidente: no habría elegido para matarse la ventana del salón del primer piso… Sí, delira; se queja de dolor de cabeza… no recuerda nada.

La señora Courréges oyó que su marido ordenaba al hombre que fuera a buscar hielo al pueblo, tal vez en la posada o a casa del carnicero; tendría que pasar a buscar en la botica jarabe de bromuro.

– Iré por el Bois de Berge. Tardaré menos que si hiciera enganchar el carruaje…'

– No necesitará linterna: con la luna llena se ve como si estuviéramos en pleno día.

Apenas el doctor había franqueado el pequeño portón de las dependencias, oyó que alguien corría tras él; una voz jadeante lo llamaba por su nombre. Reconoció a su mujer en bata de levantarse, con su trenza para dormir: sin aliento y sin poder hablar le tendía un pedazo de pan y una barra de grueso chocolate.

Atravesó el Bois de Berge donde la luna manchaba los claros del bosque sin que su blancura, sin embargo, pudiera traspasar las hojas. Pero reinaba sobre el camino y se expandía en él como en un lecho cavado. Ese pan y ese chocolate tenían el sabor de las meriendas escolares, el sabor de la felicidad cuando al alba partía a la casa con sus pies bañados por el rocío, a los diecisiete años. Aturdido por el impacto de la noticia, comenzaba apenas a sentir el dolor: "Si muriera Maria Cross…" ¿Por quién había querido morir? ¿Lo había querido? Ella no recuerda nada. ¡Ah! ¡ Qué desesperantes son esos "accidentados" que no recuerdan nunca nada y que cubren de tinieblas el momento esencial de sus destinos! No podrá interrogarla: en primer lugar, que su cerebro trabaje lo menos posible. "Sólo es un médico a la cabecera: recuérdalo. No, no se trata de un suicidio: cuando alguien quiere morir no se elige una ventana de un primer piso. Ella no se droga, según creo… Es cierto que una tarde había olor a éter en su cuarto, pero… era una tarde en que sintió jaqueca…"

Más allá de la angustia que lo ahogaba, en los confines de su conciencia, rugía otra tempestad: estallaría a su hora. ¡ Esa pobre Lucie celosa! ¡ Qué miseria! Tendrá tiempo de pensar en eso más tarde. He llegado… Parece un jardín de teatro bajo la luna… Es tonto como un decorado de Werther… No oigo gritos. La puerta principal estaba entreabierta. Siguiendo su costumbre, el doctor se dirigió al salón desierto, volvió sobre sus pasos y subió un piso. Justine abrió la puerta del cuarto. Se acercó a la cama donde Maria Cross, gimiendo, apartó con su mano una compresa que le cubría la frente. No vio ese cuerpo pegado a la sábana que tan a menudo había desvestido en pensamiento. No vio ni la cabellera suelta ni el brazo descubierto hasta la axila; lo único que le interesaba era que ella lo hubiese reconocido, que el delirio fuese sólo pasajero. Repetía:

"¿Qué ha pasado, doctor? ¿Qué ha sucedido?" El anotó: amnesia. Inclinado ahora sobre ese pecho desnudo, cuya dulce vida velada lo hacía estremecerse antaño, auscultó el corazón, y luego, tocando apenas con un dedo la frente herida, dibujó las fronteras de la herida: "¿Le duele? ¿Y ahí?… ¿Y allá?" Le dolía también la cadera; echó hacia atrás la sábana con precaución, desnudó sólo el estrecho espacio magullado; luego lo volvió a cubrir. Con el ojo puesto sobre su reloj, contó las pulsaciones. Ese cuerpo le había sido entregado para que lo sanara y no para que lo poseyera. Sus ojos saben que no se deben maravillar: deben sólo observar; mira ese cuerpo ardientemente, con toda su inteligencia; su espíritu lúcido obstaculiza el camino al triste amor.

Ella gemía: "¡ Sufro… cuánto sufro!…" Apartaba la compresa, pidiendo otra nueva que la criada empapaba en el lavabo. El chófer entró con un balde lleno de hielo; pero cuando el doctor quiso aplicar el hielo sobre la frente de Maria, rechazó la bolsa de goma, y pidió una compresa caliente con tono imperioso; le gritaba al doctor: "Apúrese un poco. ¡Necesita una hora para ejecutar mis órdenes!"

Al doctor le interesaban mucho estos síntomas que ya había observado en otros "accidentes". Ese cuerpo que estaba ahí, esa fuente carnal de sus sueños, de sus desoladas ensoñaciones, de sus deleitaciones no suscita en él sino una curiosidad intensa, una atención duplicada. La enferma hablaba sin cesar, aunque no sufría de delirio; el doctor admirábase de que Maria, cuya expresión era por lo general tan defectuosa (solía buscar las palabras sin encontrarlas) se mostrase, de improviso, elocuente, y diese, sin esfuerzo, con la expresión más justa, con el término más sabio. ¡ Qué misterio, pensaba, que este cerebro, con un solo impacto, duplique su poder!

– No, doctor, no: no he querido morir. Le prohibo que piense así. No recuerdo nada, pero de lo que estoy segura es de que no he querido morir sino dormir. Sólo he aspirado al reposo. Si alguien se ha gloriado de haberme reducido a desear la muerte, le prohibo que lo crea; ¿me comprende? Se lo pro-hí-bo.

– Sí, amiga mía. Le juro que nadie se ha gloriado de eso… Levántese un poco: trague esto: es bromuro… Esto la calmará.

– No necesito que me calmen. Sufro, pero estoy tranquila. Quíteme la luz. Qué lástima: manché las sábanas; si me da la gana, volveré a derramar el remedio…

Y cuando el doctor le preguntó si sufría menos, ella le respondió que sufría más allá de todo, pero que no era sólo por su herida, y, gárrula, elevó de nuevo su voz, cosa que inspiró a Justine este pensamiento: "La señora habla como si fuera un libro."

El doctor le dijo que se fuera a descansar, pues él velaría hasta la mañana.

– ¿Qué otra salida queda sino el sueño, doctor? ¡Todo me parece tan claro ahora! Comprendo lo que no comprendía; esos seres que nosotros queremos amar… Esos amores miserablemente finitos… conozco la verdad ahora (rechazó con la mano la compresa que se había enfriado y su pelo mojado se pegó a su frente como si traspirara)… No se trata de amores sino de un solo amor en nosotros; y recogemos al azar de los encuentros, al azar de los ojos y de las bocas lo que podría tal vez corresponder a aquello. ¡ Qué locura esperar alcanzar ese objeto!… ¡ Piense que no hay ningún otro camino entre nosotros y los seres salvo el de abrazar, tocar… en fin, la voluptuosidad! Sabemos bien, sin embargo, adonde nos lleva este camino y por qué nos fue trazado: para perpetuar la especie, como usted dice, doctor, y sólo para eso. Sí, hemos tomado prestado el único camino posible, pero que no ha sido despejado para aquello que buscamos… ¿comprende?

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