Francois Mauriac - El Desierto Del Amor

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Al comienzo, el doctor había prestado apenas atención a ese discurso que no trataba de entender, intrigado solamente por esa confusa elocuencia, como si el derrumbe físico hubiese bastado para despertar a medias en ella una serie de ideas adormecidas.

– Doctor, tendríamos que amar el placer. Gaby decía: "No, pequeña Maria, es la única cosa en el mundo que no me ha decepcionado jamás. ¡ Imagínese! ¡ Ay!, el placer no está al alcance de todos… No estoy hecha a la medida del placer… Sólo él, sin embargo, nos hace olvidar el objetivo que buscamos y se convierte él mismo en el objetivo." Embrutézcase, eso es muy fácil decirlo.

El doctor piensa que es muy curioso que ella aplique a la voluptuosidad el precepto de Pascal referente a la Fe. Para calmarla a toda costa y para que descanse, le presenta una cucharada de jarabe; pero, al rechazarla, volvió a ensuciar las sábanas.

– No, no, nada de bromuro: bien puedo tirarlo sobre mi cama, si se me da la gana. ¡ No es usted el que me lo impedirá!

Y, sin transición, continuó:

– Siempre, entre aquellos que quise poseer y yo, se extendía ese país fétido, ese pantano, ese barro… Ellos no comprendían… Creían que los llamaba para que nos hundiéramos juntos…

Sus labios se movían. El doctor se imaginó que ella murmuraba nombres y apellidos; se inclinó hacia ella ávidamente, pero no escuchó a aquel que lo hubiera trastornado. Por algunos segundos, olvidó a su enferma y no vio más que una mujer mentirosa.

La increpó:

– ¡ Igual que las otras, vamos! Tal como las otras, usted busca sólo eso también: el placer… Pero si todos, todos buscamos lo mismo…

Ella levantó sus bellos brazos, tapó su cara y gimió largamente. El doctor murmuró: "¿Pero qué he hecho? ¡ Estoy loco!" Renovó la compresa, llenó de nuevo una cuchara con el jarabe y sostuvo un poco la cabeza dolorida. María consintió en beber al fin; y después de un silencio:

– Sí, yo también, yo también. Pero, ¿usted sabe, doctor, cuando vemos los rayos y escuchamos simultáneamente el trueno? ¡Pues bien, en mí, el placer y la repugnancia se confunden, tal como el rayo y el trueno; me golpean juntos. No hay intervalo entre el placer y el asco!

Quedó más tranquila, no habló más. El doctor se sentó en un sillón, y velaba, llena su cabeza de ideas confusas. Pensó que María dormía, pero de súbito su voz soñadora, serena, se elevó:

– Un ser que pudiéramos alcanzar; pero no a través de la carne… que nos poseyera.

Apartó con mano incierta el paño mojado de su frente; luego fue el silencio de una noche que declina, la hora del más profundo sueño; los astros han cambiado de lugar, y ya no los reconocemos.

Su pulso está tranquilo; duerme como un niño cuyo hálito es tan liviano que tú te inclinas para asegurarte de que está vivo. La sangre sube a sus mejillas y las ilumina. Ya no es un cuerpo que sufre; su dolor ya no la protege contra tu deseo. ¿Será necesario que tu carne atormentada vele mucho tiempo todavía cerca de esa carne adormecida? Felicidad carnal, piensa el doctor. Paraíso abierto para los simples… ¿Quién dijo que el amor era un placer del pobre? Yo habría podido ser el hombre que se tiende cada tarde, una vez terminada su jornada, al lado de esta mujer; pero ya no sería esta misma mujer… Habría sido varias veces madre… Todo su cuerpo llevaría las huellas de lo que ha servido y de lo que se gasta todos los días en menesteres bajos… No más deseos: sólo sucias costumbres… ¡Amanece ya! ¡ Cuánto tarda esta criada en venir!"

El doctor teme no poder caminar hasta su casa, se convence de que el hambre lo agota, teme sin embargo la debilidad de su corazón, corazón del que cuenta los latidos. La angustia física lo libera de su tristeza amorosa; pero ya, sin que nada se advierta, imperceptiblemente el destino de Maria Cross se desprende del suyo: las amarras se han roto, las anclas han sido levadas, el barco se mueve y nadie sabe todavía que se mueve; pero en una hora más, sólo será una mancha sobre el mar. El doctor muchas veces había observado que la vida no sabe de preparativos: desde su adolescencia, los objetos de su ternura han desaparecido casi todos bruscamente, arrancados por otra pasión, o, en forma más humilde, se habían cambiado, habían dejado la ciudad y no habían vuelto a escribir. No es la muerte la que nos arrebata aquellos que amamos; por el contrario, los conserva para nosotros y los fija en su juventud adorable: la muerte es la sal de nuestro amor; la vida es la que disuelve el amor. Mañana el doctor estará tendido, enfermo, y su mujer estará sentada a su cabecera. Robinson vigilará la convalecencia de Maria Cross y la enviará a los baños de Luchon, porque su mejor amigo se encuentra instalado ahí y hay que ayudarlo a hacerse una clientela.

En el otoño, el señor Larousselle, llamado a menudo por sus negocios a París, decidirá arrendar cerca del Bois un departamento y le propondrá a Maria Cross vivir en él, ya que ella prefiere morir, antes que volver a la casa de Talence, a los tapices rotos, a las cortinas llenas de hoyos, y a seguir soportando los insultos de los bordeleses.

La criada entró en el cuarto. Aunque el doctor no se hubiera sentido tan débil, hasta el punto de no poder ocupar su espíritu sino con esta misma debilidad, o hubiese estado lleno de fuerzas y de vida, ninguna voz interior le advertía que debía mirar por largo rato a María Cross dormida. No volvería jamás a esta casa; sin embargo, dijo a la criada: "Volveré esta tarde… Déle otra cucharada de bromuro, si empieza a agitarse." Titubeaba, tenía que sujetarse a los muebles y por lo mismo, fue la única vez que, al dejar a María Cross, no volvió atrás.

Esperaba que el aire fresco de las seis azotaría su sangre, pero tuvo que detenerse a los pies de la entrada; sus dientes castañeteaban. Había atravesado tantas veces en pocos minutos este jardín, cuando volaba hacia su amor, y ahora miraba el portón un poco más hacia allá y pensaba que no tendría fuerzas para alcanzarlo. Se arrastra en la bruma, piensa en volver sobre sus pasos; no podrá nunca caminar hasta la iglesia, donde tal vez encontraría socorro. Por fin llegó al portón; tras la reja, un coche: el suyo; reconoce a través del vidrio levantado, el rostro inmóvil como de una muerta de Lucie Courréges. Abre la puerta, se desploma contra su mujer, apoya la cabeza en su hombro, pierde el conocimiento.

– No te agites; Robinson está pendiente de todo en el laboratorio; atiende a tus enfermos… En este momento está en Talence, tú sabes dónde… No hables.

El doctor observa, desde el fondo del abismo, la angustia de las señoras, percibe, tras la puerta, los cuchicheos. No duda de que está enfermo y no cree nada de sus observaciones: "Una simple gripe… pero en el estado anémico en que te encuentras es delicado." Pide ver a Raymond, pero Raymond siempre ha salido: "Vino mientras dormías y no quiso despertarte." La verdad es que, hace tres días, el teniente Basque busca en vano a Raymond por Burdeos; sólo estaba en el secreto un policía aficionado: "Sobre todo, que no se sepa nada…"

Pasados seis días, Raymond entró una tarde en el comedor, mientras comían, enflaquecido, el rostro descompuesto, las huellas de un puñetazo bajo el ojo derecho. Comía vorazmente y ni las mismas niñitas se atrevieron a interrogarlo. Preguntó a su abuela dónde se encontraba su padre:

– Está con gripe… no es nada, pero estamos preocupados a causa de su corazón. Robinson dice que no se le puede dejar solo. Velaremos por él tu madre y yo.

Raymond declaró que era su turno esa noche. Y como Basque se atreviese a decir: "Harías mejor en ir a dormir; si vieras tu cara…", declaró que no experimentaba ninguna fatiga, que había dormido muy bien, estos días.

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