Joseph Brodsky - Menos Que Uno
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38
Es de presumir que todo estribe en que no hay continuum de nada. Y que los fallos de memoria no sean sino una prueba de la subordinación de un organismo vivo a las leyes de la naturaleza. No hay vida destinada a ser preservada y, a menos que uno sea faraón, no tiene por qué aspirar a convertirse en momia. Suponiendo que los objetos que forman parte de los recuerdos de uno posean este tipo de sobriedad, el hecho puede reconciliar al interesado con la calidad de su memoria. El hombre normal no se hace ilusiones con respecto a que nada continúe, es decir, no espera continuidad ni siquiera de sí mismo o de sus obras. El hombre normal no recuerda qué ha tomado para desayunar. Aquellas cosas que obedecen a una pauta rutinaria o repetitiva están predestinadas a ser olvidadas. El desayuno es una de ellas, las personas que uno ama son otra. Lo mejor que se puede hacer en estos casos es atribuirlo a la economía del espacio.
Y entonces es posible utilizar aquellas células cerebrales prudentemente salvadas para decidir si los fallos de la memoria no son sino la voz muda de la sospecha de que todos nos somos extraños, de que nuestro sentido de la autonomía es mucho más fuerte que el de la unidad, por no decir de la causalidad, de que un niño no recuerda a sus padres porque está siempre a punto de emprender la marcha, porque está orientado hacia el futuro. Es probable que también él se reserve las células del cerebro para servirse de ellas en el futuro. Cuanto más corta sea tu memoria, más larga será tu vida, dice un proverbio. Alternativamente, cuanto más largo sea tu futuro, más corta será tu memoria. Esta es una de las maneras que existen de determinar las perspectivas de longevidad que uno pueda tener, de decir quién será el futuro patriarca. El inconveniente es, sin embargo, que, patriarcas o no, autónomos o dependientes, somos excesivamente repetitivos y que hay Alguien Grande que guarda en mí las células de Su cerebro.
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No es aversión a este género de metafísica ni tampoco repudiación del futuro, garantizado evidentemente por la calidad de mi memoria, lo que me incita a reflexionar, pese a los menguados resultados que pueda conseguir. Los autoengaños de un escritor o el miedo a afrontar la acusación de conspirar con las leyes de la naturaleza a expensas de mi padre y de mi madre, también tienen muy poco que ver con el asunto. Yo creo simplemente que las leyes naturales que niegan el continuum a cualquiera que se ampare (o se disfrace) en su deficiente memoria sirven los intereses del estado. En lo que a mí se refiere, no estoy dispuesto a trabajar para que prosperen.
Por supuesto que doce años de esperanzas destruidas, renacidas y nuevamente destruidas, que condujeron a una pareja de ancianos a los umbrales de numerosas oficinas y cancillerías hasta llegar a los crematorios estatales, son repetitivos en sí no sólo si tenemos en cuenta su duración sino también el número de casos similares existentes. Con todo, me preocupa menos ahorrar esa monotonía a las células de mi cerebro que al Ser Supremo las Suyas. Además, las mías están muy contaminadas y, por otra parte, el hecho de recordar meros detalles, fragmentos, por no hablar de recordarlos en inglés, no interesa para nada al estado. Y esto es lo que me mantiene en la brecha.
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Las dos cornejas se han vuelto muy descaradas. Han aterrizado en el porche de mi casa y han estado remoloneando alrededor del montón de leña que tengo allí hacinada. Son negras como el azabache y, aunque evito mirarlas, he observado que hay una ligera diferencia de dimensiones entre las dos: una es más baja que la otra, más o menos como mi madre respecto a mi padre, al que le llegaba al hombro, pero sus picos son idénticos. No soy ornitólogo, pero tengo entendido que las cornejas viven mucho tiempo, como mínimo tanto como los cuervos. Pese a que no sabría decir qué edad tienen, parecen viejas. Como si hiciesen un viaje de placer. No soy yo quién va a ahuyentarlas, pero tampoco puedo comunicar con ellas de ninguna de las maneras. Por otra parte, me parece recordar que las cornejas no emigran. Si los orígenes de la mitología son el miedo y el aislamiento, me siento totalmente aislado y me pregunto cuántas cosas me recordarán a mis padres de ahora en adelante, lo que equivale a decir que, con esta clase de visitantes, ¿quién necesita tener buena memoria?
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Un indicio de su deficiencia es que recuerda cosas extrañas, como por ejemplo nuestro primer número de teléfono, en aquel entonces de cinco cifras, que tuvimos justo después de la guerra. Era el 265-39 y me imagino que, si lo recuerdo, es porque en la época en que instalaron el teléfono estaba aprendiendo de memoria la tabla de multiplicar en la escuela. De nada me sirve ya, como tampoco me sirve de nada nuestro último número de teléfono, el de nuestra habitación y media. No recuerdo el último número de teléfono, pese a que durante los doce años últimos llamaba cada semana. Como las cartas no resultaban efectivas, optamos por el teléfono: evidentemente es más fácil controlar una llamada telefónica que estudiar y mandar una carta. ¡Ay, aquellas llamadas semanales a la URSS! La ITT jamás había hecho tanto bien a nadie.
No se podían decir muchas cosas en aquellas conversaciones por teléfono: había que ser reticente, oblicuo, eufemístico. Hablábamos sobre todo del tiempo, de la salud… no se decían nombres, se daban muchos consejos de carácter dietético. Lo principal era oír las voces, como para asegurarnos de aquella manera animal de nuestras respectivas existencias. Eran en su mayoría conversaciones sin sentido y no ha de sorprender demasiado que no recuerde detalles, salvo la respuesta que me dio mi padre el tercer día de estancia de mi madre en el hospital.
– ¿Cómo está Masia? -le pregunté.
– Pues Masia ya no está, ¿sabes? -dijo.
Aquel «¿sabes?» estaba allí porque también en aquella ocasión quería ser eufemístico.
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O sube hasta la superficie de mi mente una llave: una llave alargada, de acero inoxidable, molesta en el bolsillo, pero que encajaba perfectamente en el bolso de mi madre. Aquella llave abría la puerta blanca y alta de nuestra casa y, en realidad, no sé por qué me acuerdo de ella ahora si aquel sitio ha dejado de existir. Dudo que esté vinculada a algún simbolismo erótico, puesto que los tres teníamos copias. Tampoco entiendo por qué recuerdo las arrugas que mi padre tenía en la frente y debajo de la barba, o la mejilla izquierda de mi madre, enrojecida y ligeramente inflamada (una manifestación a la que ella daba el nombre de «neurosis vegetativa»), puesto que ninguno de esos signos, ni tampoco quienes los padecían, existen ya. Lo único que pervive en mi conciencia son sus voces, tal vez porque la mía es la combinación de las suyas, al igual que los rasgos de mi fisonomía deben ser la combinación de los suyos. Lo demás -su carne, sus ropas, el teléfono, la llave, nuestras pertenencias, los muebles- ha desaparecido y ya nunca más volverá, como si nuestra habitación y media hubiera sido alcanzada por una bomba, aunque no por una bomba de neutrones, que por lo menos deja intacto el mobiliario, sino por una bomba del tiempo, que incluso hace astillas la propia memoria. El edificio sigue en pie, pero nuestra vivienda ha quedado arrasada y nuevos inquilinos, mejor dicho nuevos soldados, la han invadido. Porque así es una bomba de tiempo y ahora estamos librando una guerra de tiempo.
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A ellos les gustaban las arias operísticas, los tenores y los artistas de cine de su juventud, no se interesaban demasiado por la pintura, tenían alguna idea del arte «clásico», les encantaban los crucigramas y se sentían desorientados y trastornados ante mis logros literarios. Pensaban que yo estaba equivocado, se preocupaban por el camino que había emprendido, pero trataban de ponerse en mi lugar, porque yo era su hijo. Más adelante, cuando pude arreglármelas para que me imprimieran aquí o allí algunas de mis cosas, se sintieron satisfechos e incluso, a veces, orgullosos de mí, pese a que estoy convencido de que, aunque yo hubiera resultado un grafomaníaco o un fracasado, su actitud conmigo habría sido la misma. Me querían más que a sí mismos y es muy probable que no hubieran comprendido en absoluto mis sentimientos de culpabilidad para con ellos. Las principales cuestiones que les preocupaban eran que hubiera pan en la mesa, que los vestidos estuviesen limpios y que no hubiera problemas de salud. Éstas eran las cosas sinónimas de amor, en realidad mejores que las mías.
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