Joseph Brodsky - Menos Que Uno
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Fue ella la que me sugirió, cuando yo tenía dieciséis años y trabajaba en la fábrica, que me inscribiera en la biblioteca pública, y no creo que lo único que tuviera entonces en la cabeza fuera impedir que vagabundeara de noche por las calles. Por otra parte, tengo entendido que a ella le hubiera gustado que yo fuera pintor. Sea lo que fuere, las salas y corredores de aquel antiguo hospital, enclavado en la orilla derecha del río Fontanka, fueron el principio de mi vocación. Todavía recuerdo cuál fue el primer libro que, por consejo de mi madre, solicité de la biblioteca: Gulistan (El jardín de las rosas), del poeta persa Saadi. Descubrí entonces que mi madre era muy aficionada a la poesía persa. El libro siguiente que pedí, éste por cuenta propia, fue La maison Tellier, de Maupassant.
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Lo que tienen en común la memoria y el arte es el don de la selección, el gusto por el detalle. Si la observación puede parecer halagadora para el arte (para la prosa, en particular), resulta insultante para la memoria. Sin embargo, el insulto es merecido, puesto que la memoria presenta detalles, no el cuadro; para decirlo de alguna manera, no realza la totalidad de la representación. El convencimiento de que, en cierto modo, lo recordamos todo de forma universal, el convencimiento mismo que hace que la especie siga adelante en la vida, es infundado. La memoria se parece más que a otra cosa a una biblioteca en desorden alfabético en la que nadie hubiera clasificado los libros.
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De la misma manera que hay personas que señalan el crecimiento de sus hijos mediante marcas a lápiz en la pared de la cocina, todos los años, el día de mi cumpleaños, mi padre me hacía salir al balcón y me sacaba una foto en el mismo sitio. Como telón de fondo tenía una plazoleta de pavimento empedrado, de medianas dimensiones, en la que se levantaba la Catedral del Salvador del Batallón de la Transfiguración de Su Majestad Imperial. En los años de guerra su cripta fue convertida en refugio contra los bombarderos aéreos y a ella me llevaba mi madre durante las incursiones aéreas, metido en una gran caja vinculada a muchos recuerdos. Esto es algo que debo a la ortodoxia y que tiene relación con la memoria.
La catedral, un edificio clasicista de seis pisos de altura, rodeada por un amplio jardín lleno de robles, tilos y arces, fue escenario de mis juegos en los años de la posguerra y me acuerdo de que mi madre me iba siempre a buscar allí (ella tira de mí, yo escapo y grito: una alegoría de propósitos encontrados) y me llevaba a rastras a casa para que hiciera los deberes. Con la misma claridad la veo a ella, junto a mi abuelo y a mi padre, en un angosto sendero de ese mismo jardín, tratando de enseñarme a montar en bicicleta (una alegoría de un propósito común o una alegoría del movimiento). En la parte trasera, que era la pared este de la catedral, cubierto con un grueso cristal, había un icono grande y deslustrado que representaba la Transfiguración: Cristo flotando en el aire, sobre un montón de cuerpos reclinados, de seres absolutamente fascinados. Nadie pudo explicarme nunca el significado de aquel cuadro y ni siquiera ahora estoy seguro de haberlo captado totalmente. En el icono había muchas nubes, que yo asociaba al clima local.
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El jardín estaba rodeado por una verja negra de hierro fundido, sostenida por grupos de cañones situados a distancias iguales y puestos boca abajo, capturados a los británicos por los soldados del Batallón de la Transfiguración durante la guerra de Crimea. Como detalle a añadir a la decoración de la verja, los tubos de los cañones (tres en cada caso, puestos sobre un bloque de granito) estaban unidos por gruesas cadenas de hierro fundido en las que los niños se columpiaban como locos, enardecidos tanto por el peligro que suponía caer sobre las puntas de lanza que tenían debajo como por el estrépito que armaban. Ni que decir tiene que aquel juego estaba estrictamente prohibido y que los guardianes de la catedral no paraban de echarnos del lugar. Y ni que decir tiene también que aquella verja era muchísimo más interesante que el interior de la catedral, con su aroma a incienso y su actividad estática.
– ¿Ves eso? -me pregunta mi padre, indicándome con el dedo los pesados eslabones de las cadenas-. ¿Qué te recuerda?
Yo estoy en segundo grado y le digo:
– Son como el número ocho.
– Exacto -me dice-. ¿Y sabes de qué es símbolo el número ocho?
– ¿De la serpiente?
– Casi. Es un símbolo del infinito.
– ¿Qué es el infinito?
– Eso será mejor que lo preguntes ahí dentro -me dice con una sonrisa irónica, señalando la catedral con el dedo.
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Sin embargo, fue él quien, habiéndose tropezado conmigo en la calle, en pleno día, en ocasión de haberme fugado de la escuela, y habiéndome pedido una explicación, al contestarle yo que tenía un dolor de muelas insoportable, me llevó derecho a la clínica dental, donde hube de pagar mis mentiras con dos horas de pánico. Pero también fue él quien se puso de mi parte en el Consejo Pedagógico cuando estuve a punto de ser expulsado de la escuela por problemas disciplinarios.
– ¡Cómo se atreve! ¡Y vestido con el uniforme del ejército!
– De la marina, señora -dijo mi padre-. Y lo defiendo porque soy su padre. No es extraño. Hasta los animales defienden a sus cachorros. Incluso Brehm lo dice.
– ¿Brehm? ¿Brehm? Informaré a la organización del Partido de su respuesta.
Cosa que hizo, efectivamente.
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– El día de tu cumpleaños y el día de Año Nuevo debes estrenar algo. Aunque sólo sea unos calcetines…
Ésta es la voz de mi madre.
– Come siempre antes de ir a ver a una persona superior a ti: tu jefe o tu oficial. De esta manera le llevarás un poco de ventaja.
(Quien habla es mi padre.)
– Si has salido de casa y tienes que volver a ella porque te has olvidado algo, echa un vistazo al espejo antes de volver a salir. De lo contrario puedes encontrarte en un lío.
(Vuelve a ser ella.)
– No pienses nunca en cuánto has gastado. Piensa en cuánto puedes ganar.
(Éste es él.)
– No salgas nunca a pasear sin chaqueta. Está bien que seas pelirrojo, pese a lo que digan los demás. Yo era morena y las morenas constituyen mejor blanco.
Oigo todas estas admoniciones e instrucciones, pero no son sino fragmentos, detalles. La memoria traiciona a todo el mundo, especialmente a aquellos que mejor conocemos. Es un aliado del olvido, es un aliado de la muerte. Es una red que atrapa pocos peces, y sin agua. No se la puede usar para reconstruir a nadie, ni siquiera sobre el papel. ¿Qué pasa con los millones de células de nuestro cerebro? ¿Qué pasa con el «gran dios del amor, el gran dios de los detalles» de Pasternak? ¿En cuántos detalles debe estar uno preparado para acomodarse?
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Veo sus rostros, el de él y el de ella, con gran claridad y en toda su variedad de expresiones, pero esto, igualmente, no son sino fragmentos: momentos, ejemplos. Siempre son mejor que las fotografías, con su insoportable sonrisa, pero están tan desperdigados como éstas. A veces empiezo a sospechar que mi mente trata de producir una imagen generalizada y acumulativa de mis padres: un signo, una fórmula, un esbozo reconocible, como si quisiera que me acomodara en ellos. Supongo que podría, y me doy perfecta cuenta de lo absurdos que son los fundamentos de mi resistencia: la falta de continuum de estos fragmentos. No habría que pedir tanto a la memoria; no habría que esperar que una película impresionada en la oscuridad revelara nuevas imágenes. Por supuesto que no. Sin embargo, uno le puede reprochar a una película impresionada en pleno día de la vida de uno que no haya registrado ciertas formas.
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