Francisco Ayala - Muertes de perro

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La historia satírica del ascenso y caída de un dictador sudamericano sirve a Francisco Ayala para analizar distintos problemas morales. El autor, con un lenguaje preciso, convierte su preocupación por la degradación humana en una interesante novela para un lector adulto y comprometido.

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Esperaba yo que su sobrina, mi tía Loreto, cuya influencia lo había colocado al comienzo del régimen en un puesto que tan estratégico iba a resultarle, ofrecería ahora a mi voraz curiosidad de historiador algún dato, algún antecedente, un rasgo retrospectivo siquiera, que iluminara el hecho tan inesperado de su tardía vocación de poder. Pero ella no quiso; se mostró reticente.

– Yo no veo que ese poder sea tan grande, Pinedo -respondió con ingenuidad a las ponderativas reflexiones que yo había avanzado.

¿Se hacía la tonta? O quizás era que ni aun ella medía la magnitud de la siniestra influencia desplegada a la chita callando por su pariente. A lo mejor, si a él mismo se le pudiera plantear semejante cuestión, se mostraría sorprendidísimo: ¿qué poder? Era verdad: había ayudado a los bisoños gobernantes del pueblo con algún consejo que ellos estimaron en más de lo que valía; la casualidad quiso que fueran antiguos «clientes» suyos, y que se fiaran de él, reconociéndole una autoridad sólo debida a sus muchos años. Y luego, pasadas las jornadas primeras tras de la muerte de Bocanegra, en las cuales el desorden revolucionario cubría, amparaba y cohonestaba la satisfacción de los más impacientes rencores, cuando ya la violencia entró en las vías de la costumbre, ¿qué de extraño tiene que, por virtud de la costumbre misma, la oficina de Olóriz se convirtiera en cuartel general del asesinato organizado? Si la función crea el órgano, también el órgano puede crear la función [191]… Por lo demás, el viejo nunca había abandonado su actitud reticente de esfinge decrépita; nunca se estiraba a dar órdenes, y en eso residía precisamente el secreto de su arte; quizás aquellos famosos consejos tampoco habían pasado de ser ambiguas y malvadas insinuaciones: no sé. Pero en este otro asunto específico de la seguridad pública sé muy bien, en cambio, que, como un hurón en su cueva, aguarda él que vayan a buscarlo, a sonsacarle nombres, a arrancarle sugestiones; y sólo después de muy rogado se aventura a expresar cuan prudente sería, en circunstancias tan delicadas como las actuales, no perder de vista a zutano, o a mengano. Con lo cual basta para que, a la mañana siguiente, ya mengano y zutano hayan dejado para siempre de constituir objeto de preocupación pública… Es un deporte, una cacería, casi un vicio… ¿Qué le importa al tirador la congoja de la pieza? La cuestión es tener piezas sobre qué ejercitarse; nada más. Hasta he podido presenciar un día que la crapulosa esfinge susurraba el nombre de cierto comerciante fallecido hacía dos o tres años; y al darse cuenta por la estupefacción de quienes aguardaban su sentencia y comprender que había flaqueado, protestó que él estaba demasiado viejo, y no sabía lo que se decía, y se había confundido, y equivocaba los nombres; que por favor no le hicieran caso, pues a quien había querido aludir, claro está, era a fulano, el cuñado del otro; no, no -rectificó todavía-, a mengano, su hijo; no me hagan caso; ¡ay!, no me pregunten, ya estoy demasiado viejo… ¡Con tanto mayor celo obedecen entonces sus indicaciones y siguen sus caprichosos rastros!

En estas condiciones, ¿cómo no comprender, y perdonar -pues la necesidad carece de ley-, que cada cual, si no encuentra modo mejor de proteger su pellejo, trate de disimularse entre la jauría, en evitación de que, un día u otro, a falta de más apetecibles piezas…?

XXX

– ¡Ay de mí! ¡Ay de mis proyectos, de mis glorias de historiador! ¡Pinedito infeliz! ¡Cuántas ilusiones vanas te hacías! Y ¿sobre qué base? Castillo de naipes: ahora, todo se viene a tierra; todo se acabó. Despídete; no tienes remedio.

Hasta hoy, aun viviendo en medio de tantos horrores, los peligros que amenazan a uno eran en cierto modo imprecisos. También en épocas normales vive uno tan tranquilo, no obstante saber que la muerte lo aguarda, y quizás a la vuelta de la esquina. Pero ahora ya es diferente. Ahora, ya conozco cuál es mi cáncer, qué pistola me apunta. Por sorpresa, me lo ha mostrado el viejo Olóriz. Después de una larga conversación a solas, durante la cual me pareció encontrarlo especialmente afable, y desde luego muy interesado en mis opiniones y noticias, de pronto, cuando me disponía a despedirme, deja caer, como quien no le da importancia alguna:

– Oye, Pinedo, dime una cosa -así, tan hipócrita, como si de repente se acordara-, dime: ¿qué documentos son esos que tú te agencias? Me he enterado de que andas a la caza de datos que nada te interesan. ¿A quién le vendes tú esos papeles?, dime. Porque tú tienes mucho dinero.

Sentí que el suelo vacilaba, que las paredes y el techo me daban vueltas. Sólo pensé: ¡Sobrarbe! Tan de improviso me tomó aquello que no supe reaccionar con inteligencia, contestarle con naturalidad, mantenerme sereno. Hubiera debido decirle, sencillamente, la verdad; y se la dije, claro; pero después de haberme azorado como un imbécil, y de ofrecerle un espectáculo aflictivo. Luego, el muy ladino asentía a mis explicaciones con movimientos de cabeza, mientras sus ojuelos disimulados lagrimeaban de la risa. Preferí referirle, ce por be, sinceramente, cuanto había ocurrido; recordé mi necesidad, el pobre estado de mis finanzas en estas circunstancias críticas; le aseguré que el dinero de Tadeo -sobre todo, la parte de él que yo había retenido- era una cantidad ridícula, una verdadera miseria; y, en fin, le prometí llevarle todo, dinero y manuscrito [192], para descargar mi conciencia, y que él dispusiera.

– ¿Yo? -me miraba con ironía aviesa-. No, hijo; yo no.

He regresado a casa con la muerte en el cuerpo [193]; se comprenderá. Y ahora, después de garrapatear estas líneas (¡ya estoy yo como el Tadeo Requena! [194]; pero es que, no siendo fumador, sólo el escribir me ayuda a tranquilizar los nervios); y ahora, más calmado, digo, trataré de concentrarme, reflexionar, y ver lo que hago, dónde me meto, qué se me ocurre.

Una cosa se me ocurrió, y la he puesto en práctica inmediatamente. Pensé primero refugiarme bajo las faldas de mi tía Loreto, pero esto ha sido mucho mejor. De regreso ya, veo que la idea, aunque arriesgada, era magnífica.

Tuve que esperar -¡con cuánta inquietud!- hasta que dieran las dos y media de la madrugada y, entonces, he marcado en el teléfono el número de Olóriz para insinuarle en tono de misterio y mediante cautelosos circunloquios que le debía comunicar algo de importancia suma; algo relacionado con cierto jefe superior, no precisamente, del Ejército, pero sí un alto oficial, ¿me entendía? Bueno; algo cuya urgencia era tal… En fin, señor Olóriz…

El viejo zafado me contestó con mal humor que me dejara de chismes a esas horas; que él nada tenía que ver con todo eso, y que… Lo atajé:

– Perdóneme, señor Olóriz; tiene que ver más de lo que se imagina; y no me haga arriesgarme; le digo que le interesa demasiado. Mire: se trata de una cuestión, ¿cómo le diría?, de vida o muerte. De vida o muerte para usted, ¿me entiende? -Había que tirarse a fondo; si no…

Conseguí alarmarlo; en fin, lo puse sobre ascuas. Y dado que por teléfono era imposible que le dijera más, quedó aguardando con impaciencia, en el porche mismo de su casa, mi sigilosa llegada.

No tuvo que esperar mucho; ni media hora tardé en estar allí.

– ¿Eres tú, Pinedo? -me susurra.

Las ruedas de mi sillón son bien silenciosas. Me acerqué.

– Sí, aquí estoy ya. Pero, vea, señor Olóriz, ahora pienso que a lo mejor lo he asustado por una bobada, no sé; usted mismo juzgará -arrimé mi sillón al suyo-. De todas maneras -agregué-, en los tiempos que corren hay que estar alerta y bien al tanto de todo. -Enseguida, cambiando de tono, exclamé-: ¡Cuidado, cuidado, señor Olóriz! Estése quieto, no se mueva. Inclínese un poquitín, que tiene una avispa en el cuello.

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