Francisco Ayala - Muertes de perro
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»Ahora sí, ¡ya!; ahora comenzaba por último a evolucionar la Policía. Pancho, caracoleando su caballo, y con el sable en actitud de saludo, ofrecía al Presidente su sonrisa de galán de cine [58]y tomaba posición, mientras la banda del regimiento de lanceros de Tucaití atacaba los acordes del himno patrio… En aquel momento, eché una mirada al Jefe. Firme, tieso, entornados los ojos, escuchaba los primeros compases de esa música, símbolo de las glorias y de las esperanzas nacionales, mientras en la enorme explanada que se extendía ante nuestra tribuna la multitud, militares y civiles, tropas y público, guardaban la actitud compuesta y solemne que es de rigor cuando uno se apresta a cantar el himno de la Patria.
»Pero yo no sé si es que ya estaba uno demasiado cansado; el caso es que al cabo de un rato, también esto me pareció que se prolongaba más de la cuenta: proseguía, interminable, la música; las gentes empezaban a mirarse unos a otros, y Bocanegra no terminaba de dar la señal de costumbre al director de la banda para que éste cerrara la ejecución de la venerable pieza. Es el caso que nuestro himno patrio tiene, entre otras peculiaridades, la de carecer propiamente de principio y de final: consta de un solo motivo, simple, breve y grandioso [59]como nuestra Historia misma, un motivo que se desdobla y se repite en dos ritmos diferentes, muy lento el uno, y el otro velocísimo, y de su alternancia resulta un contraste de noble dramatismo. Esto es lo que no ven quienes lo critican. Será, si se quiere -yo de música no entiendo nada-, una musiquilla ramplona; pero a todo buen ciudadano debe emocionarle. Cuando menos tiene el mérito de ser obra de un compositor nuestro, sin que hayamos debido acudir a la inspiración foránea como nuestros arrogantes vecinos, quienes, con todas sus pretensiones de gran potencia, no podrán negar que le deben su himno nacional a los buenos oficios de un artista catalán. Todo lo modesto que se quiera, el nuestro es al menos fruto del talento nativo, y su letra, concebida dentro de las grandes tradiciones hispanoamericanas, repite esos conceptos que tanto suelen mortificar a los comerciantes peninsulares, mal reconciliados con la idea de que nuestra pequeña república venciera -nuevo David- a la Madre Patria y, rompiendo sus cadenas, humillara al orgulloso león que la simboliza. El público la había cantado a coro al comienzo; pero ya las voces amainaban, desfallecían, mientras que la banda continuaba, en cambio, impertérrita, repitiendo sus notas apresuradas tras haberlas escanciado poquito a poco, en el movimiento anterior, para retornar a éste enseguida… Claro está que, por regla general, cada movimiento no se repite sino tres veces, y basta; ni dan para más tampoco las estrofas de la letra. Pero en los actos oficiales, en presencia del señor presidente y por respeto a él la música prosigue hasta que Su Excelencia muestra, con un ligero signo de cabeza, darse por satisfecho. Este signo es el que ahora espiaba con ansiedad el director de la banda; con ansiedad, y en vano, porque Bocanegra parecía hallarse en las nubes. Los del séquito lo observábamos con inquietud, pero él no se conmovía, y aquello iba tomando aires de un remoto y angustioso ensueño: nos sofocaba el sol, la parada lucía irreal en el aire caliginoso, y se arrastraba la música como si fuera a desintegrarse de un momento a otro… Cuando he aquí que, de improviso, al pie mismo de la tribuna, bajo las patas de los caballos de la escolta, comienza a ladrar furiosamente un perro. Imposible dar siquiera idea del efecto rarísimo que, en medio de tanta solemnidad, producía aquella nota inesperada e incongruente. Era un perro pequeño, sin duda; pero ladraba con tal estridencia y con tan persistente encarnizamiento que sus ladridos conseguían enredarse en los acordes de la banda y, a ratos, incluso, dominaban sobre su melodía. Algo absurdo de veras, cómico, indignante, no sé.
»Y a todo esto, Bocanegra continuaba en la misma actitud, como si se le hubiera ido el santo al cielo, sin querer darse por enterado de nada. El muy desgraciado se complace con frecuencia en hacer cosas por el estilo; diríase que tiene una vena de loco… Pero eso no es todo. Por si ello no bastara, y quizás porque el disparate atrae al disparate, todavía, en medio de esta situación increíble, observo de pronto que el doctor Rosales rebulle en su fila, se separa de sus compañeros de gobierno y, muy decidido, se lanza a bajar la escalerilla de la tribuna. Yo me eché a temblar: ¿a dónde iría? Pues, créase o no, sin encomendarse a Dios ni al diablo, el muy majadero fue a atizarle una feroz patada al perro ante los ojos innumerables de la tropa y del público. Desde mi puesto, comprendía yo lo que había ocurrido cuando oigo transformarse los presuntuosos ladridos en alaridos lastimeros, y veo al chucho atravesar, corriendo, la avenida para perderse por último entre las piernas de la multitud, mientras el doctor, muy orondo, se reintegraba a su puesto en la tribuna…
»Por fin, ahora esbozaba el Presidente en el aire su ansiado ademán, y la música se extinguía después de haber repetido una vez más los últimos compases, cuyo refrán seguía resonando, obsesivamente, de labios adentro, en el fondo de todos los corazones: vencido, s í, s í, el altivo le ón » [60] .
VIII
Ganas me entraron de reír, cuando en las memorias de Tadeo, encuentro la referencia a ese disparatado apólogo del perrito impertinente y el ministro celoso. Al cabo de los años, ya se me había olvidado por completo un episodio que tan comentado fuera en su día. Y la verdad es que resulta absurdo evocar ahora, en medio de las inquietudes actuales, en esta cargada atmósfera llena de serias amenazas, la fútil tempestad de discusiones que pudo desencadenar entonces peripecia tan risueña y mínima. Ciertamente, no teníamos por aquellas fechas demasiados temas de qué ocuparnos, y a cualquier tontería se le daban cien mil vueltas, se le prestaban proporciones descomunales. En este caso, además, estaba de por medio el extravagante Luisito Rosales, a quien muchos detestaban por haberse entregado -vendido, decían- al servicio del dictador. En la chifladura que acababa de cometer, en lugar de un claro síntoma de su estado mental, discernían esos irreductibles censores propósitos de la más abyecta adulación hacia Bocanegra, el colmo de la indignidad; mientras que otros, más razonablemente, condenaban, no al pobre tipo, sino a un régimen capaz de tener bufón semejante a la cabeza del sistema de educación pública. Sólo Camarasa, que yo recuerde, por llevarle a todo el mundo la contraria, tomó entonces a su cargo la defensa de ese ministro que había descendido de su puesto en la tribuna para encajarle una patada al animalito perturbador. Lo que había hecho Rosales -sostenía Camarasa, siempre a su irritante manera- contenía una lección práctica de democracia para tanto personaje engolado; por consiguiente, estaba muy dentro de sus funciones de ministro de Instrucción Pública. Y ¿a que si es Bocanegra mismo quien realiza una cosa por el estilo todo serían ahora elogios y maravillas?, preguntaba; y nadie sabía a punto fijo, como siempre con Camarasa, si desbarraba en serio o es que quería tomarnos el pelo. La verdad es que hacía falta paciencia para soportar su constante tono de soflama.
En cuanto al secretario Requena, tampoco resulta fácil -volviendo ahora a sus memorias- darse cuenta cabal de cuál era su reacción ante la insensatez de Rosales. Hay en su actitud una especie de rara expectativa, no exenta de ansiedad, una suspensión ambigua, que corresponde y casa bien con el orden de sentimientos que desde un comienzo revela frente a él. Se recordará, por ejemplo, el alivio que confiesa cuando, llevado por vez primera a la presencia de Bocanegra, encuentra allí a don Luisito; pero ese alivio se le desvanece enseguida al pensar que el otro no tendría noción alguna de su persona. Y de nuevo se sorprende, y duda, viendo cómo Rosales, al encomendarle Bocanegra que se encargara de educar a «este joven compoblano suyo», no sólo dio muestras claras de reconocerle, sino que hasta le propinó un cariñoso pescozón, y le preguntó por su madre, «esa buenaza de doña Belén». Pero, con todo, nunca se libra luego de la sospecha, y calcula que las bondadosas disposiciones de su preceptor eran obsecuencia al jefe, que sus desvelos pedagógicos nacían de su gusto por charlar y exhibir grandes conocimientos, tomándolo a él de pretexto para dar rienda suelta a su inagotable facundia. Seguramente -reflexiona en cierto pasaje- le hubiera encantado a tan ilustre patricio adoctrinar y atiborrar de ciencia, no a un desgraciado cualquiera, como yo, sino a su único hijo varón, y heredero de su gloria; pero ¡ésas son las cosas del mundo!: su vástago, ¡ay! era idiota de nacimiento; con Ángelo no se podía contar para nada: se pasaba las horas muertas hilando baba en la ventana, y ya era una fiesta para el muy bobo cuando algún muchacho del pueblo, cualquier desarrapado y muerto de hambre, como Tadeo mismo, sin ir más lejos, se le acercaba, con el ánimo avieso de hacerle alguna perrería… Sí, a ése es a quien hubiera querido enseñar don Luisito sus artes y sus ciencias. ¡Mala suerte, amigo!
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