Francisco Ayala - Muertes de perro
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Así escribe; quiere colocarse retrospectivamente por encima de las circunstancias; y hasta mistifica muy a sabiendas [46], pues las parrafadas que cita de los periódicos, y hacia las que afecta un talante irónico, pertenecen a momentos posteriores, son de cuando se publicó su nombramiento para el cargo de secretario del Presidente y por lo tanto no se refieren al pobre gaznápiro que ese insensato de Luis Rosales introdujo aquel día en su casa. Cuenta enseguida que, al presentárselo su padre como un joven de «nuestro» pueblo de San Cosme, ella, María Elena, le echó una mirada límpida y olímpica (dos palabras que, sin duda, aún no había él oído por entonces: otra especie de pequeño anacronismo) [47], mientras que Ángelo (hecho ya un zanguango -dice- con cañones de barba en su cara cretina) dio en cambio muestras de agitado regocijo (¿qué había de disimular el infeliz tonto?), traicionando así la impasibilidad de su hermana.
Impasibilidad falsa, estudiada, y que a nadie podía engañar. «¿Que nunca me había visto antes? ¡Bueno! Ganas me estaban dando de recordarle aquella vez en que nos sorprendió a unos cuantos, pegados a la reja de la ventana, y bien calladitos, cazándole moscas a Ángelo para ver cómo se las comía el muy asqueroso. Huimos, claro, al sentirla acercarse pero todavía estoy viendo la indignación que le ardía en los ojos y le escaldaba la cara, al tiempo que sacudía por un brazo al tal Ángelo, como si nosotros tuviéramos la culpa de que fuera bobo… ¿Se le iba a haber olvidado?»
¡Repugnante escena! Y ¡qué reveladora! La verdad es que yo mismo no me explico para qué tenía Luisito que haber metido así en su propia casa a aquel bellaco; y la única respuesta es que, sencillamente, nuestro hombre estaba medio deschavetado, sin que se le pueda culpar ni de eso ni de nada: era lo que se dice un irresponsable; y tampoco soy yo de los que creen que si había aceptado el Ministerio que le ofreciera el verdugo Bocanegra fue por pura vocación de vileza, sino a lo mejor por mera chifladura, absurdo, disparate, cualquier cosa, lo que menos se piense. Sus motivos eran del todo incalculables. De pronto, se le ocurre un día entusiasmarse con el mozo avispado cuya educación había tomado a su cargo, y, viendo que progresaba tanto y que aprendía con tanta facilidad, ya todo le parece poco: hasta lo sienta a su mesa… La reacción del otro es típica: si aquel señor le daba semejante trato, era para burlarse de él y ponerlo en aprietos. Por lo pronto, se ofrecía la función de circo de su cortedad, de su torpeza, de su falta de maneras, y luego (dos pájaros de un tiro) se propiciaba así para el futuro a quien, sin duda, estaba llamado a prosperar bajo la decidida e inequívoca protección del Jefe.
Tadeo encuentra objetable, cuando no reprobable, todo lo que su preceptor hace. Aun las enseñanzas de que con tanta avidez aprovecha le parecen poco prácticas: «no comprendía -dice- que yo no estudiaba para ser ningún sabio, y que de cualquier manera siempre estaría a punto de mostrar la hilacha [48]. Ignorante y muchacho como era, entendía yo mejor que él lo que me convenía y necesitaba para defenderme en la lucha del mundo. ¿Fiorituras, pamplinas? A quoi bon, monsieur? [49] -le remeda-. Ese barniz de que él hablaba con desprecio era precisamente lo que a mí me hacía falta, y nada más». El estilo de las memorias evidencia, sin embargo, que su curiosidad, su interés, su aplicación y sus dotes rebasaban con mucho los límites de tan sumario aprendizaje. Pero la cosa era hallar censurable, por fas o por nefas, a quien lo acogía y beneficiaba.
Sólo en un punto, como antes dije, encuentra plausible la conducta de Rosales; y es, por cierto, en el cuestionable punto de su aceptación del ministerio. Al joven Tadeo Requena, el hecho de que don Luisito entrara al servicio de quien acababa de asesinar a su hermano el senador, lejos de parecerle una ignominia, o siquiera una debilidad, le revela del modo más inesperado la inteligencia, sagacidad, sensatez y tino de su preceptor. Para él, Rosales demostró ahí un sentido muy agudo de las oportunidades, y se acreditó como persona lo bastante prudente para escarmentar en cabeza ajena, y lo bastante habilidosa para sacarle a la situación el posible partido, acomodándose a tiempo. «El de ministro -reflexiona- no es puesto desdeñable, y mucho menos cuando se ofrece bajo la alternativa de ruina y aun de muerte. El doctor Rosales -añade- supo darse cuenta, antes de que fuera demasiado tarde para él, de que ya hoy nadie puede oponerse impunemente a las reivindicaciones populares, como había pretendido hacerlo, con toda su brutal arrogancia, su hermano mayor, el odioso don Lucas. Y ¿acaso es malo aceptar la realidad?», se pregunta.
VI
A propósito de éste, de don Lucas Rosales: mucha mayor importancia, en conexión con los actuales trastornos de nuestro país, revisten las noticias acerca de aquella rara agresión que, según rumores, sufriera el senador en su distrito, consignadas -también por vía incidental y digresiva- en las memorias del secretario Requena. Se trata de un antecedente importantísimo, que sin duda merece cuidadoso esclarecimiento; y los detalles suministrados por Tadeo (quien a la sazón, entre niño y hombre, holgazaneaba en San Cosme todavía) van a permitirme a mí establecer ahora con precisión satisfactoria el alcance de lo sucedido. Pocos podrían jactarse de conocer con exactitud la barbaridad que, antes de suprimirlo a tiros, se perpetró en el llorado senador. Aquella «operación quirúrgica», de cuya realidad no parecía estar demasiado convencido el ministro de España cuando redactó su informe, se había cumplido en efecto, y ¡de qué manera! Copiaré a la letra los párrafos con que Requena, sin pretenderlo, puntualiza los hechos y sirve a la verdad histórica. El sesgo que, siguiendo la espontánea inclinación de su juicio, les presta, la luz a que los presenta, es para mí perversa y antipática; pero sus palabras poseen en cambio la virtud única de la autenticidad, y un sabor directo que no quisiera restarles: el historiador debe, en lo posible, aportar los documentos originales que le sirven de fuente. Por lo tanto, reproduzco aquí las frases mismas con que Tadeo se refiere al senador Lucas Rosales y a la cruel afrenta que sus enemigos le infligieron antes de resolverse a matarlo.
«Me lo veo -escribe el secretario particular-; me lo veo aún, enorme y taciturno, con su gran sombrero sobre las cejas, el cigarro en la boca, y las altas botas de cuero bien lustrado. Recordando su presencia imponente, nadie hubiera podido decir que mi don Luisito fuera hermano suyo. El bestia aquel ofrecía al odio de arrendatarios, aparceros y peones la corpada más gigante que yo haya visto en mi vida [50], si no es que ahora se me crece su sombra en la memoria. De cualquier manera, aparecía muy fornido y, sobre todo, tan seguro de sí como si el mundo fuera su finca. A caballo, metía miedo: la gente bajaba la cabeza o distraía la mirada mientras pasaba el torbellino; pero cuando iba a pie no había quien no se le sacara el sombrero llamándole patrón y amo. Por eso, cuando cayó al fin, nadie se atrevía a creer; la noticia produjo estupefacción primero, y luego, a las pocas semanas, alivio. Muerto y enterrado, todavía se lo mentaba en voz baja…»
Requena se permite a continuación algunas apreciaciones de mal gusto sobre la famosa «operación quirúrgica», y enseguida cuenta lo que sabe: «Al propio Chino López le oí -dice- ufanarse de su hazaña, pasado el tiempo. Borracho y muy rogado, a veces relataba el episodio señalando lugar, día y hora (el paraje ya lo había visitado yo, a raíz del hecho, con una patulea de otros muchachos: era la cortada de San José Bendito) y hasta dando los nombres de sus auxiliares, forasteros todos, con detalles y peripecias que, si no eran pura invención, sonaban por lo menos a exagerados. Pero el hombre estaba pasado de aguardiente; sólo así hablaba; y entonces sí, entonces le salía todo a borbotones, entre gestos, manotazos y risotadas. No menos de cinco hombres necesité -decía- para dar el golpe. Los elegí bien fuertes y resueltos, y no fue poco el trabajo que me costó encontrarlos. Aquí, en San Cosme, nadie quería atrevérsele, caramba. Todos lo aborrecían, todos se alegraban de la idea; pero, amigo, los muy mandrias no se animaban, llegado el momento, y al fin hubo que echar mano de forasteros que no lo conocieran. Mejor así, ¿no les parece? La faena salió redonda, no lo digo por alabarme; y aquellos voluntarios recibieron, todos, sus quince días francos y el ascenso a cabo. Hasta dicen que uno es ahora suboficial de la escolta en el Palacio. En cuanto a mí -mentía el Chino-, no quise nunca otra recompensa que el puro gusto… Así charlaba y presumía; y cada vez que repetía el cuento, variaba algún detalle; pero lo cierto es que, apostados en la cortada, allí donde el sendero se angosta con el lujo de los flamboyanes y los bambús [51], cayeron por sorpresa sobre el patrón, lo derribaron, le metieron la cabeza en un saco, y, bien sujeto al suelo, el Chino le hizo al muy hombrón lo que solía practicar con becerros y novillos. -Para uno, imagínense los caballeros -alardeaba-, eso era coser y cantar. Pero ¡cómo se debatía, y cómo insultaba y amenazaba el condenado! Se le abría de par en par la boca al Chino López, se le dilataba el bigote ralo sobre los dientes podridos, y los ojillos se le perdían en meras rayas sanguinolentas. -¡Mano de santo, amigo! -agregaba-. Le dije: Vea, mi amo, ahora usted va a tener que andar cacareando. En este corral, se acabaron los gallitos. Sí, quise plantárselo en la cara, ¡qué diantre! ¡Que lo supiera!, ¡no me importaba! Más diré: aquello no me hubiera dado entera satisfacción si su señoría se queda en la ignorancia de qué mano maestra lo había convertido en buey… En esta pausa fue cuando el gallego Luna va y le pregunta al Chino para que todos rieran:
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