Francisco Ayala - Muertes de perro
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Acaricio, pues, la esperanza de que me esté reservada a mí, como descendiente que soy de una ilustre estirpe de letrados, gala y prestigio de esta tierra en tiempos menos infelices, la alta misión de impartir esa justicia histórica en un libro que, al mismo tiempo, sirva de admonición a las generaciones venideras y de permanente guía a este pueblo degenerado que alguna vez deberá recuperar su antigua dignidad, humillada hoy por nuestras propias culpas, pero no definitivamente perdida. Pienso poner manos a la obra tan pronto como remita la ola de violencias, desmanes, asesinatos, robos, incendios y demás tropelías que afligen al país desde la muerte del Presidente Bocanegra -cuyo nombre, dicho sea de paso y en vista de cuanto ocurre, no sé ya si deberá calificarse de infame, según pensábamos muchos, o más bien enaltecerlo y llorarlo como esperanza frustrada y malogrado remedio de la Patria. De momento, ordeno mis papeles y mis ideas, adelanto el trabajo y preparo este esbozo previo al libro acabado que me prometo para después. Mientras alrededor mío todos usan el facón o machete, cuando no la pistola, yo ejercitaré la pluma [9]: con no menos áspero deleite.
II
Ahora me explico por qué el cine, y por qué la literatura, y los relatos históricos, y hasta los cuentos que hacen de viva voz a sus nietos los testigos presenciales de semejantes sucesos, dejan siempre una falsa impresión de movimiento vertiginoso [10], cuando el horror de épocas tales consiste más bien, curiosamente, en la lentitud con que los acontecimientos se dilatan, sometidos a una expectativa insaciable, tensa, que estira hasta lo insufrible los minutos, y las horas, y los días, y las semanas, y los meses. Ocurre que, sin quererlo, el narrador aglomera en el relato asesinatos sobre incendios, incendios sobre violaciones, violaciones sobre robos, y así todo se acumula, revuelve y aprieta, muy concentrado; siendo más cierto que en la realidad, y tal como las cosas se desenvolvieron, no hubo nada de semejantes bataholas, entreveros, bullas ni atropelladas, sino, sencillamente, que tal vez una mañana, cuando está uno terminando de afeitarse, alguien, otro huésped de la misma pensión, acude a contarle con la excitación natural que el Presidente Bocanegra ha amanecido muerto después de la trasnochada de una fiesta oficial en Palacio. Y claro es: se conjetura en seguida y se da por hecho que habrá sido un ataque al corazón, pues ya antes se solía temer con celosa y compungida maledicencia que sus excesos alcohólicos, y otros, lo empujaran a tan repentino fin. Pero no será hasta luego, más tarde, a la hora del café, en la sobremesa, que al cabo vendremos a enterarnos (por lo demás, en manera todavía bastante confusa, bajo la forma de un rumor que el resto de la jornada deberá confirmar) de la sensacional versión: Su Excelencia murió asesinado, y nada menos que por su propio secretario particular, el joven Tadeo Requena, a quien tanto había protegido; y muy probablemente a consecuencia -podía sospecharse- de líos de alcoba; y de que el matador, a su vez, aquella misma madrugada… Etcétera. Con ritmo lento, siguen escanciándose las noticias. La gota de agua que cae no basta a apagar -al contrario, estimula- nuestra sed de novedades. Ya todo será poco de ahí en adelante. Se inventa, se fabula, se miente, se confía a la imaginación la tarea de satisfacer con engañoso pasto a la voraz curiosidad, muy despierta por la certidumbre de que van a seguir ocurriendo cosas, y siempre al acecho. Se quisiera no tener que dormir; ni faltan quienes salgan a escrutar, a ventear en la noche las víctimas de que, puntual, informará la mañana, cuando no a promoverlas por su mano. O aquéllos a quienes, si la mano les tiembla, no les tiemble la voz delatora, y matan con el aliento, con la sombra de la sospecha, con la mirada. Viene luego el regodeo en los detalles macabros, el asombro y la admiración de las pretendidas ejemplaridades. Apareció el Chino López suspendido de un árbol por los pies, en la Cortada de San José Bendito, y, observando que entre los podridos dientes le habían atascado la boca con sus propios testículos, ¿quién no recordaría sus siniestras y celebradas gracias de castrador avezado, y quién no traería a colación el nombre del difunto senador Rosales, su «cliente» más notorio? [11]. O ¿cómo no suponer, por ejemplo, que al majadero de José Lino Ruiz (Dios lo haya perdonado) lo que le costó el pellejo fueron -pues ¡qué otra cosa iba a ser!- sus ufanas series de interminables carambolas en el Gran Café y Billares de La Aurora; y al gallego Rodríguez, sus gramatiquerías puntillosas en las columnas de El Comercio ? [12]
Dos periodistas españoles trabajaban en la redacción de ese gran diario local, y los dos perecieron, a lo que parece, víctimas de su propia insolencia. Al otro, Camarasa, muchos se la tenían jurada desde que, hará cosa de un año o dos, publicó aquel famoso y tontísimo artículo sobre C ómo se hace una naci ón, que levantó tal polvareda y que había de resultarle fatal en la oportunidad de las actuales circunstancias. Es el colmo, perder la vida por haber querido hacerse el gracioso. Pero siquiera esa broma contenía una punta política, y bastante punzante si se va a analizar, pretexto que nadie hubiera podido aducir, en cambio, ni con los palmetazos pedantes del gallego Rodríguez, ni con las inocentes carambolas del pobre José Lino. De todas maneras, bien lejos estaría su autor, cuando se divirtió en borronear esa eutrapelia, o paparrucha, de imaginarse el precio que, no muy a la larga, tendría que pagar por ella. Camarasa era un andaluz zafado, medio sardónico, incapaz de retener la lengua, ni la pluma; pero, en el fondo, no mala persona.
Cierto es también que en la ruleta de períodos turbulentos como éste se ve funcionar más al desnudo y más en crudo ese misterioso factor de la vida humana al que llamamos suerte: la buena o la mala suerte de cada cual se manifiesta entonces a través de las más estupendas combinaciones del azar. Pero hay casos en que hubiera sido menester casi un milagro para torcer destino tan perfectamente previsible, dadas las circunstancias, como el de nuestra desdichada Primera Dama de la República [13], la inefable doña Concha, a quien centenares, quizás, de voluntarios, allá en el chiquero-prisión de la Inmaculada, pasaron por las armas (con este eufemismo canalla se lo significaba, guiñando el ojo) antes de que un sádico imbécil pusiera término al general entretenimiento machacándole el cráneo. La ilustre matrona se había labrado con su conducta un final tan lamentable, hasta el punto de que algunos pudieran considerarlo merecido castigo. No en vano -alegaban- se luce la pechuga ante todo un pueblo durante años y años, en fotografías, en noticiarios de cine, por la televisión [14]. También la publicidad puede volverse arma de doble filo… Pero hay algo que todavía nadie conoce, y es uno de los secretos que yo revelaré al mundo: a saber, que la buena señora se tenía muy ganado en efecto tan horrible acabóse, y no por la venial, aun cuando contumaz ya, e inveterada culpa de provocar urbietorbi [15] con sus abultados pectorales encantos, sino en razón de manejos criminales a los que sin duda, la llevaron no sé qué infelices veleidades de heroína shakespeareana [16]. Así se desprende claramente de las memorias de Tadeo Requena, y así habrá de explicarse y documentarse llegado el momento en las presentes notas.
III
¡Buena caja de sorpresas es el mundo [17], y bien de ellas encierran las tales memorias! ¡Quién lo hubiera adivinado! Pocas son las cosas que se escapan a mi observación en esta desconocida Atenas del trópico americano [18]. Reducido por mi enfermedad al mero papel de espectador, desde mi butaca veo, percibo y capto lo que a otros, a casi todos, pasa inadvertido. Son las compensaciones que la perspectiva del sillón de ruedas ofrece al tullido. ¿Se imagina a un ratón que, asomado a su agujero, o a un canario en su jaula, pudiera tomar nota de cuanto, descuidadas, hacen y dicen las gentes? Quieto en un ángulo del café, mientras los demás van y vienen, o instalado acaso tras los jugadores de billar que, al inclinarse para perfilar con esmero sus carambolas, me muestran el fondillo de sus pantalones, he corrido yo más mundo, y más cosas he visto, que otros apurándose, desalados, de un lado a otro. Pero, con eso y todo, he de confesarlo: el joven secretario Tadeo Requena me dio el gran chasco. Ahí, el ratón y el canario fallaron: descubrir las memorias fue para mí un asombro del que todavía no salgo. ¿De modo que este sujeto gris, callado, inteligente sin duda, pero brutal, y sobre todo frío como un lagarto, despreciable en definitiva; esta especie de arribista desaprensivo, acabado ejemplo de la mulatería rampante que hoy asola el país, resultaba ser en el secreto de sí mismo nada menos que todo un señor dotado de aficiones literarias; y no sólo eso, sino un crítico implacable de la sociedad en torno suyo, muy capaz el hombrecito de darle a sus rencores la forma del sarcasmo; que pertenecía en fin a la clase de individuos que se permiten la extravagancia, sólo disculpable para un inválido, de emplear sus horas sobrantes en garrapatear y emborronar hojas y más hojas, por el puro gusto de delatarse, traicionarse y venderse; quiero decir que, en el fondo, era uno como yo, un animal de mi especie [19], un congénere mío? Si en lugar de caer en mis manos por pura casualidad, el montón de papeles va a parar en la basura, como hubiera sido normal en los tiempos que corremos y con el desorden que hoy reina en todo, ¡adiós para siempre Tadeo Requena! Junto con su cuerpo acribillado a tiros, se hubiera enterrado su nombre oscuro, y una parte de la historia contemporánea, si no importante para el resto del mundo, al menos curiosa y aleccionadora para nosotros y, hasta cierto punto, ejemplar. Pues es lo cierto que estas memorias constituyen la pieza maestra en la serie de documentos que estoy reuniendo y que me propongo extractar aquí como base de mi futuro libro.
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