La vergonzosa venta pública de muchachas mulatas y cuarteronas ha adquirido triste fama gracias a los incidentes que siguieron a la captura de la Pearl. Lo siguiente es un extracto de la declaración del honorable Horace Mann, uno de los abogados de la defensa en aquel caso. Dice: «Entre el grupo de setenta y seis personas que en 1848 intentaron escapar del Distrito de Columbia en la goleta Pearl y a cuyos oficiales ayudé a defender, había varias muchachas jóvenes y sanas que tenían esos peculiares atractivos de cuerpo y facciones que tanto aprecian los entendidos. Elizabeth Russel era una de ellas. Cayó inmediatamente en las garras del tratante de esclavos e iba destinada al mercado de Nueva Orleáns. Los corazones de los que la vieron se conmovieron de pena por su suerte. Ofrecieron mil ochocientos dólares para redimirla, y a alguno de los que lo ofrecieron le quedaría poco después de darlo, pero la fiera del tratante era inexorable. Fue despachada a Nueva Orleáns; pero, a mitad de camino hacia allí, Dios se apiadó de ella dándole muerte. Había dos muchachas llamadas Edmundson en el mismo grupo. Cuando estaban a punto de ser enviadas al mismo mercado, la mayor de las hermanas se jugó la vida yendo a suplicar al desgraciado de su amo que, por el amor de Dios, se compadeciera de sus víctimas. Él se burló de ella diciéndole que iban a tener bonitos vestidos y espléndidos muebles. "Sí", dijo ella, "eso está muy bien en esta vida, pero ¿qué será de nosotras en la próxima?". A ellas también las enviaron a Nueva Orleáns pero después fueron redimidas, a un precio exorbitante, y llevadas de vuelta.» ¿No está claro, entonces, que la historia de Cassy y Emmeline puede tener muchas analogías?
La justicia también obliga a la autora a decir que la imparcialidad y la generosidad atribuidas a St. Clare tampoco carecían de parangón, como se puede deducir de esta anécdota. Hace unos años, un joven caballero del sur se encontraba en Cincinnati con un criado favorito, que había sido su asistente personal desde la niñez. El joven esclavo aprovechó la oportunidad para procurar su libertad, huyendo a ponerse bajo la protección de un cuáquero bastante conocido por casos semejantes. El amo se indignó muchísimo. Siempre había tratado al esclavo con tanta indulgencia y tenía tanta confianza en su afecto que creía que alguien le había debido de influir para inducirle a sublevarse contra él. Fue muy airado a visitar al cuáquero, pero, al ser extraordinariamente imparcial y justo, los argumentos y las exposiciones de éste enseguida lo aplacaron. Nunca había oído los argumentos de los otros implicados en el tema de la esclavitud y nunca había pensado en ellos; inmediatamente le dijo al cuáquero que si el esclavo estaba dispuesto a decirle a su propia cara que quería ser libre, lo emanciparía en el acto. Así que se concertó una entrevista y a Nathan le preguntó su joven amo si tenía motivos para quejarse de cualquier aspecto del trato recibido.
– No, amo -dijo Nathan-. Siempre se ha portado usted bien conmigo.
– Entonces, ¿por qué quieres dejarme?
– El amo podría morir, y ¿de quién sería yo entonces? Preferiría ser un hombre libre.
Después de unos minutos de deliberación, el joven amo respondió:
– Nathan, en tu lugar creo que sentiría lo mismo que tú. Eres libre.
Le preparó enseguida los papeles de la manumisión, puso una cantidad de dinero en manos del cuáquero para que lo utilizase juiciosamente para ayudarle a buscarse un futuro y dejó una carta muy sensata y amable con consejos para el joven libre. La autora tuvo en su poder esa carta durante algún tiempo.
La autora espera haber hecho justicia al retratar la nobleza, generosidad y humanidad que caracterizan en muchos casos a individuos del sur. Estos ejemplos nos libran de desesperar absolutamente de nuestros semejantes. Pero, pregunta a cualquier persona que conozca el mundo, ¿tales personajes son corrientes en algún lugar?
Durante muchos años de su vida, la autora evitó toda lectura y alusión al tema de la esclavitud por considerarlo demasiado doloroso para indagar en él y por creer que la ilustración y la civilización crecientes sin duda la abolirían. Pero a partir de la ley de 1850, cuando oyó, con enorme sorpresa y consternación, a personas cristianas y humanitarias recomendar que, como obligación de buenos ciudadanos, se devolvieran a la esclavitud a los esclavos fugados; cuando oyó en todas partes a personas amables y bondadosas de los estados libres del norte deliberar y debatir sobre cuál debía de ser el deber cristiano en esta cuestión, sólo pudo pensar: «Estos hombres cristianos no pueden saber en qué consiste la esclavitud; si lo supieran, esta cuestión no se prestaría a la discusión.» Y de allí nació el deseo de presentarla como una auténtica realidad dramática. Ha intentado mostrarla con justicia, con sus aspectos mejores y peores. En el mejor aspecto, puede que haya tenido éxito; pero, ¡ay!, ¿quién puede decir qué queda sin contar aún en el valle y las tinieblas de la muerte, que están al otro lado?
A vosotros, generosos y nobles hombres y mujeres del sur, a vosotros, cuya virtud, magnanimidad y pureza de carácter son mayores por la terrible prueba por la que han pasado, a vosotros dirige su súplica. En el fondo de vuestras almas, en vuestras conversaciones secretas, ¿no habéis pensado que hay miserias y penas en este maldito sistema que van mucho más allá de lo que aquí se refleja, o de lo que es posible reflejar? ¿Puede ser de otro modo? ¿Se puede confiar al hombre, acaso, un poder totalmente irresponsable? ¿Y no es cierto que el sistema de la esclavitud, al negar al esclavo el derecho de testificar, convierte a cada amo individual en déspota irresponsable? ¿Existe alguien incapaz de darse cuenta de cómo va a acabar? Si es verdad que existe, como lo reconocemos, un sentimiento público entre vosotros, hombres de honor, justicia y humanidad, ¿no hay otro tipo de sentimiento público que existe entre los rufianes, los brutales y los degenerados? Y, según la ley de esclavos, ¿no pueden los rufianes, los brutales y los degenerados poseer a tantos esclavos como los mejores y los más puros? En algún lugar del mundo, ¿son mayoría los honorables, los justos, los nobles y los compasivos?
Ahora, según la ley americana, el tráfico de esclavos se considera piratería. Pero el tráfico de esclavos tan sistemático como el que se llevaba a cabo en las costas de África es un resultado y concomitante inevitable de la esclavitud norteamericana. ¿Es posible contar sus penas y horrores?
La autora sólo ha reflejado una leve sombra, un dibujo borroso de la angustia y el desespero que rompe, en estos momentos, miles de corazones y destroza a miles de familias y vuelve loca de desesperación a una raza desamparada y sensible. Hay personas vivas que conocen a madres a las que este maldito tráfico ha inducido a matar a sus hijos y a buscar la muerte ellas mismas como refugio de aflicciones peores que la muerte. No se puede escribir, ni relatar, ni concebir ninguna tragedia que iguale la terrible realidad de las escenas que transcurren cada día y a cada hora en nuestras orillas, bajo la sombra de las leyes americanas y la sombra de la cruz de Cristo.
Ahora bien, hombres y mujeres de América, ¿es éste un tema que se pueda tratar con ligereza, disculpándose por ello y pasando después en silencio a otra cosa? Labradores de Massachusetts, de New Hampshire, de Vermont, de Connecticut, que leéis este libro junto a las llamas de vuestro fuego en una tarde de invierno, resueltos y generosos marineros y armadores de buques de Maine, ¿es una cosa que podáis apoyar y alentar? Valientes y generosos hombres de Nueva York, granjeros del fértil y alegre Ohio, y vosotros, habitantes de los amplios estados llanos, responded, ¿es una cosa que podáis defender y apoyar? Y vosotras, madres de América, que habéis aprendido junto a las cunas de vuestros propios hijos a amar y proteger a toda la humanidad, por el amor sagrado que sentís por vuestros hijos, por vuestro regocijo en su preciosa infancia inmaculada, por la simpatía y ternura maternales con las que guiáis sus años de desarrollo, por la ansiedad que sufrís por su educación, por las oraciones que rezáis por el bien de sus almas eternas, os ruego que os compadezcáis de la madre que merece todo vuestro afecto y que no tiene ni el más mínimo derecho legal a proteger, guiar o educar al hijo de sus entrañas. Por las horas de enfermedad de vuestros hijos, por los ojos moribundos que no podéis olvidar, por los últimos gritos que atormentaron vuestros corazones cuando ya no podíais ni aliviar ni salvar, por la desolación de aquella cuna vacía, aquel dormitorio silencioso, os ruego que os compadezcáis de las madres que se quedan constantemente sin hijos por culpa del tráfico de esclavos americano. Decidme, madres de América, ¿es ésta una cosa que se pueda defender, apoyar y olvidar en silencio?
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