– Teníais la puerta abierta y he observado la luz.
Henri se acercó y observó al intruso. Tenía el rostro casi femenino y los ojos claros. Hablaba francés con un acento más rudo que el de Viena.
– ¿Quién sois?
– También soy un inquilino, pero vivo en el desván.
– ¿Estáis de paso?
– Voy arriba.
– ¿De dónde venís?
– De Erfurt. Trabajo en una casa de comercio. Me ocupo de los suministros del ejército.
– Comprendo -dijo Henri-, sois alemán.
– Me llamo Friedrich Staps. Mi padre es pastor luterano.
Mientras le formulaba las preguntas, Henri había dado la vuelta a los dibujos de Lejeune para ocultarlos, pero el joven alemán no había reparado en ellos. Miraba a Henri fijamente.
– Sin duda sois amigo de la familia Krauss.
– Si queréis…
– No tengo nada que vender -replicó el joven-. No he venido a Viena para trabajar. He venido a Viena para entrevistarme con vuestro emperador. ¿Será posible?
– Si él regresa a Schónbrunn, solicitad una audiencia. ¿Qué queréis de él?
– Una entrevista.
– ¿Le admiráis, entonces?
– No como vos lo entendéis.
La conversación tomaba un giro desagradable y Henri quería ponerle fin.
– Pues bien, señor Staps, nos veremos mañana. Como estoy enfermo, apenas salgo de esta casa.
– El hombre que toca el piano, ahí delante, también está enfermo.
– ¿Le conocéis?
– Es el señor Haydn.
– ¡Haydn! -exclamó Henri, acercándose de nuevo a la ventana para oír mejor las notas del ilustre músico.
– Se metió en cama cuando vio los uniformes franceses en las calles de su ciudad -siguió diciendo Friedrich Staps-. Sólo se levanta para tocar el himno austríaco que ha compuesto.
Tras decir estas palabras, el joven apagó la candela entre dos dedos y Henri se quedó a oscuras. Oyó que se cerraba su puerta y dijo:
– My God! ¡Este alemán está loco! ¿Dónde he metido el eslabón?
A las tres de la madrugada, las tropas franquearon por fin el pequeño puente reparado y se establecieron en la orilla izquierda del Danubio, en los pueblos de Aspern y Essling. Los hombres velaban, dormían poco o mal. El mariscal Lannes no apartaba la vista de su uniforme de gala, colocado sobre la silla, cuyos dorados brillaban a la luz de la bujía. Al amanecer se lo pondría para llevar a sus jinetes a una probable carnicería, pero eso por lo menos tendría buena pinta. En cabeza de las tropas, llevaría todas sus condecoraciones, incluso el gran cordón de San Andrés que le había concedido el zar. Sabía que su uniforme le delataría al enemigo, y quería que así fuese, ya que su función era dejar que le ensartaran con elegancia. Oh, sí, ya tenía bastante. Lo que había vivido en España todavía le disgustaba, y no había vuelto a tener el sueño tranquilo. Allá abajo, nada de batallas regulares, de tropas bien alineadas, sino una guerra anónima que había estallado el mismo día en Oviedo y en Valencia, sin santo y seña, y uno veía aparecer ante sí ejércitos de veinte labriegos dirigidos por su alcalde. Pronto fueron varios millones. Los vaqueros andaluces, con sus picas para marcar los toros, habían vencido en Bailén.
Luego surgieron guerrillas en todas las montañas, libradas por hombres llenos de odio. En Zaragoza, los chiquillos se deslizaban bajo los caballos de los lanceros polacos para despanzurrarlos, los monjes fabricaban cartuchos en los conventos y raspaban el suelo de las calles para extraer el salitre. Los soldados de Lannes eran atacados con botellas vacías, con adoquines, y si por desgracia los capturaban, les cortaban la nariz o los enterraban hasta el cuello para jugar a bolos. En los pontones de Cádiz, ¿cuántos habían sido comidos por los piojos? ¿Cuántos habían sido degollados o serrados entre dos tablas? ¿Cuántos arrojados al fuego, mutilados, con la lengua arrancada, los ojos reventados, sin nariz, sin orejas?
– ¿En qué piensas, señor duque?
Lannes, duque de Montebello, no quería confiarse a Rosalie, aquella aventurera como tantas otras que marchaba en la retaguardia de los ejércitos para encontrar en ellos su felicidad, unas monedas, algunas baratijas, anécdotas que contar. Lannes no era infiel, adoraba a su mujer, pero ésta se encontraba muy lejos y él se sentía demasiado solo. Había cedido a la rubia corpulenta de cabellera desordenada que había arrojado en seguida sus ropas a la paja. Él no le respondió, otras cosas le obsesionaban. Veía de nuevo a los bebés clavados con la bayoneta en sus cunas, y aquel granadero que le había confiado: «Al principio no es facil, señor mariscal, pero uno se acostumbra». Lannes ya no se acostumbraba.
– No soy yo tu querida, ¿eh? Es él, ahí arriba…
Rosalie no se equivocaba. El emperador se desplazaba en el piso superior, y el ruido de sus pasos ponía nervioso al mariscal, el cual pensaba que si al día siguiente una bala de cañón le partiera en dos, por lo menos podría dormir sin sueños.
– Ven, él se marcha -decía Rosalie.
En efecto, el emperador bajaba la escalera con los mamelucos que le rodeaban como dogos adondequiera que fuese. Lannes oyó a los centinelas que presentaban armas. Se levantó para con sultar su reloj de oro grabado. Eran las tres y media. ¿A qué hora iba a salir el sol y qué comedia iluminaría?
Rosalie insistía:
– ¡Ven!
Esta vez la obedeció.
Napoleón fue al encuentro de Masséna, que vigilaba en el campanario de Aspern.
– Se aprestan, Sire -dijo el mariscal.
El emperador no respondió nada, tomó el anteojo de manos de Masséna y miró, apoyado en la espalda de un dragón: los vivaques salpicaban el horizonte de puntos rojos y vacilantes. Imaginaba la batalla en los campos, oía los cañonazos, los gritos, aquel estruendo que aterraba a Europa. «Una gran reputación es un gran ruido -pensaba-. Cuanto más ruido haces, más lejos te lleva. Las leyes, las instituciones, los monumentos, las naciones, los hombres, todo desaparece, pero el ruido sigue resonando a lo largo de los siglos…» Napoleón sabía que en aquella planicie de Marchfeld que se extendía ante él, Marco Aurelio había aplastado a los marcomanos del rey Vadomar como él iba a aplastar a los austríacos del archiduque. La evocación le satisfacía. En la época de los romanos no había trigales sino pantanos, cañizares, garzas, taludes cubiertos de brezo. Las legiones bajaban de los bosques de Bohemia donde se habían abierto una vía a hachazos, aniquilando de ordinario osos y bisontes. Ya no se trataba de aquel famoso ejército de campesinos del Lacio, pesado, ordenado, sino de centurias heteróclitas que avanzaban detrás de los hombres que tocaban trompas, con el torso semicubierto por pieles de fieras, jinetes marroquíes, ballesteros galos, bretones, iberos dispuestos a elegir entre sus prisioneros a los que enviarían a cavar en sus minas de plata de Asturias, griegos, árabes, sirios malos como hienas, getas con greñas color de paja y llenas de piojos, tracios con faldas de cáñamo. Y Marco Aurelio en esa riada, sin armas, sin coraza, reconocible de lejos por su manto púrpura…
Capítulo tercero . PRIMERA JORNADA
Al amanecer, una bruma de calor velaba la planicie. Ni un soplo de aire agitaba los trigales. Delante de los pueblos donde su ejército se preparaba, encor vado sobre su caballo de color claro, Napoleón, rodeado por sus mariscales, oficiales, ordenanzas y caballerizos, contemplaba aquel paisaje demasiado tranquilo. Los jefes reagrupados formaban un buen blanco, Berthier, Masséna, Lannes, Bessiéres, llegado de Viena, y los generales engalanados como para una revista, Espagne con la mandíbula apretada, Lasalle, de mostacho retorcido y mascando su pipa apagada, Boudet, Claparéde, Mouton, Saint-Hilaire, con el cuello de la guerrera subido, Oudinot, su expresión porfiada, el cabello cortado al rape pero las cejas pobladas, Molitor, de pelo áspero incluso en las mejillas y con la nariz delgada como una hoja de cuchillo, el imponente Marulaz, el vientre embutido en una faja de color amapola. La fuerte tensión impedía los gestos y las palabras. Inmóviles sobre los caballos de patas rectas que agitaban suavemente las crines, todo plumas y colores, festoneados, bordados, dorados hasta las botas cuya cera brillaba, aquellos héroes componían un cuadro anacrónico que Lejeune lamentaba no estar en condiciones de representar, aunque fuese a lápiz, a toda prisa, tanto le excitaba el desfase tan vivo que percibía entre la naturaleza y los soldados, la serenidad de una y la impaciencia de los otros. No ocurría nada. Lejeune meditaba sobre el poderío del decorado, capaz de modificar el sentido y el juego de los personajes que se le incorporaban. Pasó por su mente una de sus amantes provisionales, una alemana rosada que se bañaba en un torrente en Baviera: natural en la naturaleza, era hermosa, pero por la noche, cuando se quitaba de nuevo la falda en un salón cargado de colgaduras, fruslerías, muebles oscuros, también desnuda pero más seria, resultaba inquietante. Su abandono, su ligereza, sus trapos sobre la alfombra contrastaban con la decoración severa. «Es curioso -se dijo Lejeune-, pienso en el amor mientras espero la guerra…» Sonrió. La voz del emperador le trajo a esta última realidad.
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