El azar y el pánico condujeron a esa pequeña familia hasta una ciudad fortaleza oculta por los contrafuertes de la sierra. Acribillado por las balas de cañón de la artillería del Bastardo, el nido de águila cayó tras un mes de resistencia desesperada de su población. Decenas de mujeres, entre ellas su madre, prefirieron suicidarse lanzándose al barranco a ser deshonradas y esclavizadas por los soldados, en su mayoría cristianos viejos reclutados sin soldada y que recibían en contrapartida el botín del pillaje y el dinero obtenido de la venta de mujeres y de niños moriscos. Ninguna de las asediadas se hizo ilusiones sobre la posible magnanimidad del ejército del rey, pues todas sabían que el monarca, al inicio de los combates, había creado un puesto, confiado a un oficial superior, cuyo nombre no admitía ambigüedades: «distribuidor de mujeres moriscas y de bienes».
María descubrió más tarde que seguía viva gracias a lo que su tía llamaba mezquinamente la «cobardía de tu pobre padre». Lucía acabó contándole que su hermana Isabel, en el último momento, decidió lanzarse al abismo con su hija, pero que su padre el ebanista consiguió arrebatársela en el instante en que subía a la muralla. Según su tía, su padre había salido huyendo antes de que las tropas enemigas irrumpieran en la fortaleza, abandonando así el puesto que debía defender.
– Pero mi padre no era soldado, y al fin y al cabo tú también huiste con nosotros. Eres injusta. Te ha protegido sin rechistar durante todos estos años, tía Lucía, ¡y tú lo insultas! -protestaba María cada vez, dividida entre el amor que sentía por su desgraciado padre y la admiración horrorizada hacia esa madre demasiado heroica que había estado a punto de arrastrarla a la muerte.
– Así es, flor de mi vida, pero yo soy una vieja carraca y, vive Dios, tengo derecho a paralizarme de miedo. ¡Pero no un hombre como tu padre! ¡Mira cómo nos vemos ahora! ¡Vivimos en barracas y en cuevas, como las bestias salvajes, temblamos al menor ruido, tememos al más apestoso de esos sucios campesinos! ¿Acaso esto es vida? Mira los harapos que llevas: ¡hasta una mendiga viste mejor que tú!
María replicaba amargamente que eso no le importaba, no había conocido otra cosa desde que tenía edad de comprender. La tía mascullaba que era realmente una pena tener sangre de los califas de Córdoba en las venas cuando el orín de gato haría la misma función.
Con labios temblorosos por la pena, la sobrina se dejaba llevar:
– Pero, tía, no te entiendo, ¿preferirías que estuviera pudriéndome en una tumba? Si padre no me hubiera arrancado de las manos de madre, ahora no estaría hablando contigo. Tú misma me has contado que lo primero que hicieron los soldados del rey fue matar a todo el mundo, mujeres y niños incluidos, arrasar la ciudad y esparcir sal sobre las ruinas para que no creciera nada nunca más. Y, sin embargo, todos nosotros éramos cristianos, ellos un poco más viejos que nosotros, de acuerdo, pero cristianos al fin y al cabo. Así pues, ¿tendríamos que haber muerto por algo tan estúpido?
Lucía se enredaba en explicaciones que siempre terminaban con insultos contra los malditos cristianos viejos, hijos de asnos y de ratas, que les habían robado su bonita Andalucía, y contra esos cagados cristianos nuevos, incapaces de defender los bienes que el Todopoderoso había entregado a sus antepasados en este edén.
– Pero ¿acaso tienes mantequilla en lugar de cerebro? A esos malnacidos les da igual que te hayas convertido o no, que hayas luchado contra ellos o no. Corre el rumor de que están preparándose para expulsarnos del país, ¿me oyes? A todos, cristianos o no. ¡Y algunos proponen castrar antes a nuestros hombres para que nuestra casta desaparezca para siempre de la faz de la tierra!
La cara de duda de María parecía insinuar que en ese tema su vieja tía no hacía más que divulgar los rumores.
– ¡Ya han expulsado a los otros! -exclamaba con furia la tía.
– ¿Qué otros?
– ¡La gente de Moisés!
– Ah… pero eso no es lo mismo. Ellos son enemigos de Dios, ¡mataron a Cristo! -sentenciaba con desprecio la mozuela-. ¿Cuántas veces me lo habrás repetido?
Falta de argumentos, la mujer se refugiaba en nuevos lamentos.
– Cuando seas mayor entenderás cuán triste es todo esto… Tú, mi niña, no conociste Granada en los tiempos en que poseíamos riquezas y esclavos de todos los colores, cuando éramos la personificación del refinamiento en la tierra y no miserables ratones huyendo. Los bárbaros han ganado, y a nosotros solo nos queda escondernos sin saber por dónde nos llegará el próximo golpe.
La mujer se entregaba entonces a su lamento preferido: repasar toda su genealogía, remontándose como por casualidad al gran Abderramán I, el atemorizado fugitivo que tras escapar por los pelos a la matanza de toda su familia en Damasco cruzó la mitad del mundo para fundar el primer emirato de Andalucía.
Durante estas interminables sesiones de recriminaciones, María hacía esfuerzos por no gritar, pues sabía que su tía distorsionaba la realidad, que no había ningún antepasado emir o califa en la familia de modestos artesanos de su padre y que, aún peor, por parte de su madre no eran más que elches, hijos de cristianos renegados que se convirtieron a la religión de los invasores cuando el esplendor del nuevo culto en las tierras de España parecía establecido para la eternidad.
Una niña cursilona con la que se peleó en una ocasión se lo echó en cara, le dijo que en el pueblo todos lo sabían y que por eso nadie confiaría jamás en ellos: quien adjura una vez, volverá a hacerlo. María, ultrajada, defendió con uñas y dientes la sinceridad de la fe cristiana de su familia. Pero, falta de argumentos y ante la expresión burlona de esa mocosa, María la llamó sucia pagana, seguidora de ese maldito demonio de Mahoma. Todo acabó con arañazos y estirones de pelo recíprocos. Sin embargo, María jamás se atrevió a preguntar a su padre si esa historia de los elches era verdad.
«Además, ¿en qué consiste la verdad?», pensaba María esa mañana de abril, cuando la desgracia aún no había llamado a su puerta. Entonces recordó con inquietud e incredulidad cómo había empezado la inimaginable confesión de su tía.
– Dijiste que tenías que hablarme de dos cosas… ¿Y la segunda? -le recordó en voz queda la noche del famoso día en que supo que había entrado en la «edad de las mujeres».
Taciturno como de costumbre, el padre atizaba las brasas de la chimenea. La tía titubeó; parecía arrepentirse de haber despertado la curiosidad de su sobrina.
– ¿Cómo crees que te llamas, hija de mi hermana? -inquirió de mala gana.
– ¿Cómo voy a llamarme, hermana de mi madre? ¡María!
– Me refiero a tu otro nombre…
– ¿De qué me estás hablando? ¿Voy a tener que cambiar de nombre porque he perdido un poco de sangre?
– No… Bueno, sí. No, por supuesto que no… Aunque quizá sí…
La muchacha se asustó.
– Tía, ¿te encuentras mal?
Lucía le tomó la mano. Jugó con los dedos de su sobrina. Sin levantar los ojos para no hacer frente a su mirada contrariada, le contó la historia de la inconcebible mentira que regía cada momento de la existencia del pueblo.
– Cuando eras niña, tu madre te llamaba Aisha. ¿Te acuerdas? No, claro que no. Dejó de hacerlo muy pronto por miedo a que te impregnaras de ese nombre y que lo repitieras a diestro y siniestro. Eso hubiera podido costamos muy caro.
– ¿Muy caro?
– Sí… Quizá incluso la vida -añadió la tía con una triste sonrisa-. Supongo que corresponde al autor de tus días hablarte de… eso.
La mujer dirigió la mirada hacia su cuñado y le habló, por una vez, sin agresividad:
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