Anouar Benmalek - La esclava

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En la época más convulsa de la persecución morisca en la España renacentista, María, una niña morisca de 12 años, descubre que su padre y su tía, las personas con quienes vive, siguen practicando la religión de sus antepasados. A partir de entonces María vive asustada por su origen y religión.
Meses después de ese descubrimiento, el pueblo de María es atacado y tomado por soldados cristianos, que matan a su padre y venden a las mujeres como esclavas. Pero la joven conoce un destino distinto: es vendida a un pintor sevillano que necesita una modelo para sus retratos eróticos. Este es el inicio de una historia común a muchos moriscos de la época, una historia de humillación y sufrimiento, que dará origen a una insaciable sed de venganza…

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Sin embargo, me ha dado tiempo, a mi pesar, de ver arder su dulce rostro.

Ese rostro magnífico que me prometí dibujar durante todos los años que permanecí huido.

Mi madre. Mi corazón. Mi vida.

Habría dado mi vida por ella, pero al ver su carne medio carbonizada y aún temblorosa descubro que no habría sido capaz de reemplazarla. Y sin embargo, prometí a esa mujer que siempre la protegería. Con mi vida, le juré cuando era un mocoso, antes de que ella me obligara a huir a Italia. Ese juramento, no obstante, lo pronuncié para mis adentros porque ella odiaba esos desahogos. Sobre todo conmigo.

Señor, Tú que en Tus Libros sagrados dices prodigarte en la Misericordia, ¿has abandonado a esa pobre mujer? ¿Qué te ha hecho que mereciera tanta ira? Era hermosa y te honraba. ¿Tan rencoroso eres?

¿O acaso coleccionas los sufrimientos de Tus hijos en los estantes de Tu Creación cual un señor vanidoso que acumula sus trofeos de caza?

Dios, no eres más que un… que un…

Ningún insulto está a la altura de mi cólera. Ni de mi debilidad. Quisiera que mi blasfemia hiciera caer una piedra sobre mi cabeza, morir al instante y dejar de presenciar esta monstruosidad. Escupo en el suelo. Escupo sobre mí mismo, sobre mis gritos de cobarde, de cobarde llorón. La agonizante en la hoguera ha dejado de gemir, probablemente haya muerto. Y yo sigo en este mundo. En este sucio mundo. Sin haber cumplido mi promesa.

Y…

¿Qué me pasa? He estado a punto de caerme…

Un gran peso se ha abatido sobre mí como si un niño caprichoso y pesado se hubiera lanzado a mis hombros y no quisiera soltarse. Giro la cabeza, dispuesto a increpar al mocoso que ha osado semejante atrevimiento.

No tengo a nadie en la espalda, pero la impresión de fardo no ha desaparecido. Al contrario, se ha añadido incluso una sensación de hielo en la nuca. De sobrecogimiento imprevisto. Esbozo un gemido que se metamorfosea en un resoplido de terror. Intento equilibrar la carga en ambos pies. Pero el suelo parece hundirse y tengo el absurdo convencimiento de que inicio una caída mortal.

«¿Eres tú, madre? ¿Te duele? ¡Uf, cómo pesas!»

¿Por qué he pensado eso? Las preguntas, y luego la constatación, salidas de una parte de mi cráneo, caminaron a lo largo de los meandros de mi cerebro, reventaron sin piedad las últimas resistencias de mi entendimiento, mientras mis ojos miraban de nuevo fijamente la hoguera en la que el verdugo y sus ayudantes ahora reaniman el fuego. El cuerpo atrozmente inmolado de mi madre está allí. Sin embargo, el peso en mis hombros es tan real que protesto escandalizado: «Madre, bájate de mi espalda. Es ridículo. Estos juegos ya no son propios de tu edad».

Debería estar aterrorizado. Y la mayor parte de mi ser, a pesar de su incredulidad, lo está hasta la médula. Solo una ínfima fracción se resiste y quiere explotar de alegría.

Pero ¿qué estoy diciendo?

Está muerta…

Pero ¿lo está de veras?

– ¡Vete a dormir la mona, capador de burros!

Un hombre endomingado me ha empujado con fuerza porque al tambalearme me he agarrado a su brazo. Murmuro una disculpa que me sale en italiano. Aún más hostil, el hombre masculla entre dientes una maldición contra esos extranjeros que ya no respetan nada.

La pena me hace delirar. O la locura. Un hijo no debería presenciar el ajusticiamiento de quien le dio la vida. Pero ¿acaso lo que sienta o deje de sentir todavía tiene importancia? Después del destino reservado a mi madre no valgo más que la carroña. La espantosa ilusión de un gran peso en mis hombros, los repentinos escalofríos, ese sobrecogimiento ante la idea de que me agarren por el cuello como un conejo solo pueden deberse al cansancio, a la pena y a la vergüenza.

Como para llevarme la contraria, el frío alrededor de mi cuello se intensifica, unos dedos helados me palpan la piel para identificarme, empiezan por la nuca, se deslizan por la espalda, se cruzan entre las costillas. Siento que pierdo la razón. Peor aún, siento que me disuelvo en un baño innombrable.

Pienso en pedir auxilio… al Profeta… a Jesús. A quien sea.

Luego una oleada de tristeza, áspera como el aguafuerte sobre la piel, bloquea mis músculos, mis intestinos, mi cráneo.

Reconozco esa tristeza.

«Eres tú, mamá miel, ¿verdad?»

Estoy convencido, aunque todo en mí proteste contra esta convicción insensata, de que algo… su… alma… («Es tu alma, ¿verdad, mamá?») se ha unido a mí. Las brasas han recobrado fuerza. Un murmullo de admiración horrorizada por la profesionalidad del verdugo se eleva entre la multitud.

– La grasa del vientre y de las nalgas aviva el fuego -explica un espectador a otro-, pero no durará, no tiene demasiado lardo en las piernas, que es donde hace falta.

El espectador se desternilla y es imitado con algo de retraso por su vecino, que ha tardado en comprender la observación picante.

«No imaginé que pesaras tanto, querida madre. Ah, ¿no eres tú la que pesa sino tu sufrimiento?

»Pero si acabas de morir… Yo creía que las criaturas del más allá no sentían nada… Creía…

»¿Incluso después de…?

»¿Que intentas… qué?

»¿Eres tú quien habla? ¿De verdad?»

Tengo el pecho henchido de espanto y, al mismo tiempo, aguijoneado de felicidad. La tenaza aumenta la presión en mi torso, me pellizca el corazón… Si esto continúa, moriré aquí mismo, en este suelo lleno de inmundicias, la basura de los mirones, en medio de esta agitación de feria donde la gente, entre dos bocados y un trago de vino o de jugo de regaliz, tose a veces a causa del humo.

«¿Quieres que te consuele, madre?»

Tengo la certeza de que me responden, ahí, en mi cabeza. De que ella me responde.

«Sí.»

Me estoy volviendo loco. No hay otra explicación.

«¿Estás… agotada, Yemma?»

Sin que mis labios se muevan, le he hablado en la lengua que menos domino, la lengua prohibida, la algarabía, la que ella se negaba a usar en mi presencia y de la que mucho más tarde, en Roma, aprendí algunas palabras con un viejo erudito. Hasta entonces solo había usado este maldito castellano. Mi corazón late tan fuerte que veo luces blancas tras los párpados. ¿Qué son? ¿Mariposas? Una risa propia de un loco, incongruente, florece en mi pecho: tengo ganas de orinar de miedo porque un fantasma se ha posado en mi espalda y me muero de ternura porque es el de mi pobre madre.

Y de repente el horrible peso desaparece, como si los dedos invisibles hubieran decidido dejar de apretar. La risa mortinata se transforma en náusea. El verdugo y su ayudante echan madera a las brasas, que amenazan de nuevo con apagarse. Ha llovido demasiado esta noche, es un mal día para un verdugo concienzudo. El cuerpo atado se ha encogido cual una tea consumida. No quiero seguir mirando la hoguera. La gente empieza a dispersarse, un poco decepcionada, como si la fiesta hubiera acabado demasiado pronto sus compromisos.

Me marcho. Ahora tengo que ir a matar a los culpables.

Primero a mi padre adoptivo, que traicionó a mi madre. Luego a mis otros padres: el primero, el amante que no quiso saber de ella, y el segundo, el pintor que la violó.

Después, a los demás: a los vecinos delatores, al juez y quizá hasta al marqués que trajo de Madrid el leño bendecido para la hoguera. Y al cerdo del rey, si llego hasta él antes de que me maten.

Escondo los ojos bajo el ala del sombrero porque estoy llorando. Aprieto el paso y lloro más.

María, tu hijo Juan ha regresado y tú ya no estás aquí.

Y ya no puedes oírme, querida madre.

Con las piernas colgando sobre el pretil, la mujer que ya no estaba entre los Vivos observa a la silueta alejarse.

– Mi bobo hijo, sin tus lágrimas no te habría reconocido. ¿Por qué has vuelto de tu Italia? ¿Habré sufrido para nada las tenazas y el torno?

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