Francia. Su carrera previa a la organización de la Guardia Civil se cerró con sumisión como inspector en Cataluña y Valencia, donde su labor se tradujo en una ,minuciosa revisión de los muchos problemas que aquejaban al ejército de entonces, seguida de múltiples recomendaciones para mejorarlo en todos los aspectos, desde uniformidad y guarnición hasta la simplificación de la exasperante burocracia que lo agarrotaba. Según Aguado Sánchez, de quien tomamos esta semblanza, ello lo preparó, en no escasa medida, para la tarea de organizar el cuerpo de la Guardia Civil. Pero aparte de este historial, al hombre también se le atribuye un jugoso anecdotario, que no excluye la leyenda. Quizá la más repetida entre los guardias civiles, y transmitida de generación en generación, es la que refiere que siendo aún el duque un joven oficial, su padre, por entonces capitán general de Andalucía, recibió en su despacho al mítico bandolero José María el Tempranillo, ya convertido en arrepentido de la justicia, a la que ayudaba a capturar a sus antiguos compinches. El padre se dirigió al hijo y le dijo: «Mira, aquí te presento a José María el Tempranillo, un hombre valiente». A lo que el ex malhechor replicó: «No, mi general, yo no soy valiente, lo que ocurre es que no me aturdo nunca». Según se cuenta, aquellas palabras se le grabaron a fuego al futuro director de la Guardia Civil, que solía repetirlas a su gente cuando la despachaba a misiones que entrañaban peligro.
Fiel a este espíritu, sea o no cierta la anécdota, el duque no se aturdió frente al delicado encargo recibido mediante la Real Orden de 15 de abril. Y tan solo cinco días después, el 20 de abril de 1844, redactaba una comunicación a los ministros de Estado y Guerra, en la que les trasladaba sus primeras impresiones sobre la labor encomendada. En primer lugar, el contingente previsto de 14.333 hombres, repartidos en 14 Tercios, con 103 Compañías y 20 Escuadrones, resultaba imposible de reclutar, si es que se deseaba dotar el cuerpo con personal a la altura de su responsabilidad, por lo que proponía empezar por un número inferior e irlo aumentando progresivamente a medida que se fuera incrementando el crédito presupuestario. Tampoco veía con buenos ojos, según expuso, la ínfima dotación para la retribución de las clases de tropa, tan baja que los que se presentaran habían de ser «gente poco menos que perdida, y por lo tanto dispuesta a la corrupción, siendo estas las clases que merecen más atención, pues casi siempre tienen que prestar su servicio individualmente, y los que tengan la circunstancia de conocida honradez, talla, saber leer y escribir, y demás que se requieren, no querrán por cierto tener ingreso en un cuerpo, en que han de arrastrar grandes compromisos y fatigas, con la seguridad de que servirán más y ofrecerán más garantías de orden cinco mil hombres buenos que quince mil no malos, sino medianos que fueran». Es de subrayar esta preocupación, constante en Ahumada, por contar para la Guardia Civil con personas cuya instrucción mínima les permitiera saber leer y escribir. Detalle que ponía de relieve lo escogido del cuerpo que tenía en mente, en un país donde el índice de analfabetismo se situaba sobre el setenta y cinco por ciento de la población.
A partir de estas premisas, realizó un estudio previo de plantilla, reorganizando la que se le había proporcionado en los decretos fundacionales. Simplificó las unidades y sus planas mayores, rebajó el nivel de cinco de los Tercios, proponiendo que los mandaran tenientes coroneles en vez de coroneles, por su poca demarcación, y propuso que hubiera más oficiales subalternos, para que en su actuación aislada la «vigilancia fuera más inmediata». Y respecto a los empleos más modestos, para los que proponía el primer aumento de sueldo, incluso antes de que existiera el cuerpo, argumentaba: «Llegamos ahora al punto capital de esta organización, que es la dotación de sus individuos de tropa, pues la de sus jefes y oficiales es la correspondiente al servicio del Cuerpo. Si aquella no es la indispensable para proporcionar una subsistencia cómoda y decente no solicitarán tener entrada en la Guardia Civil aquellos hombres que por su disposición y honradez se necesita atraer. Una peseta y el pan es el jornal de cualquier bracero, que no tiene que entretener ni un vestuario, ni un equipo ampliado y lucido». Con todo, la propuesta del duque, que reducía los efectivos del cuerpo, ahorraba al erario público 4.665.320 reales al año.
Todas sus ideas las resumía en siete puntos, que elevó al Gobierno escritos de su puño y letra, y que se recordarían como las «bases para que un general pueda encargarse de la formación de la Guardia Civil». Tales bases eran, en síntesis, las siguientes:
1. Que esté conforme con la organización que deba darse al Cuerpo, encontrando en la actual grave falta de dotación a los guardias.
2. Que tenga intervención en el vestuario, caballos y monturas.
3. Que debe ser quien proponga a todos los jefes y oficiales.
4. Que hasta que cada Tercio se entregue, pueda decidir la separación de aquellos miembros cuya permanencia no convenga.
5. Que la organización debe ser progresiva, tercio a tercio.
6. Que cuanto haya hecho el Ministerio de la Gobernación debe pasar al general encargado de la organización.
7. Que todos los que tengan entrada en el Cuerpo se le deben presentar personalmente en Leganés (infantería) y en Vicálvaro o Alcalá (caballería), antes de marchar a las provincias donde se les destine.
Del examen de estos siete puntos no puede desprenderse un mensaje más nítido: plenos poderes para organizar el nuevo cuerpo, y libre decisión para conformarlo con arreglo a su criterio. La petición de Ahumada iba a resolverla el nuevo ministro de la Guerra y presidente del Gobierno, esto es, el todopoderoso Ramón María Narváez, mediante el nuevo Real Decreto de 13 de mayo de 1844, por el que se reconducía la organización de la Guardia Civil creada por el de 28 de marzo a la propuesta por el director al que se le había encomendado. Acogía el preámbulo del Real Decreto todas y cada una de sus peticiones. Se dejaba bien clara la dependencia del Ministerio de la Guerra en todo lo relativo al personal, debiendo «entenderse» en su servicio peculiar con las autoridades civiles, y contando con una Inspección General desempeñada por un general del Ejército. Se aceptaba tanto la reducción de efectivos respecto del proyecto originario como el principio de dotación progresiva de sus tercios. Y se recogían, literalmente, las reflexiones del duque de Ahumada sobre la necesidad de dotar de forma adecuada a los individuos de tropa. Esto llevaba a atribuir a los guardias un haber diario entre nueve y doce reales, en el caso de los de caballería, y entre ocho y diez y medio los de infantería. Es decir, más del doble de la propuesta original. En su articulado, el Real Decreto desarrollaba todos estos principios y la organización que había de darse al cuerpo. Es de destacar el artículo 20, que fijaba las condiciones exigidas para ser guardia civil, y en el que quedaba claramente formulada la voluntad de contar con individuos seleccionados:
Las circunstancias para entrar en la Guardia Civil han de ser en las clases de tropa: ser licenciados de los cuerpos del ejército permanente o reserva, con su licencia sin nota alguna; promover su instancia por conducto del alcalde del pueblo de su vecindad, con cuyo informe y el del cura párroco deberá dirigirse al jefe político de la provincia; esta autoridad, tomando los informes que estime oportunos, la pasará al comandante general de la provincia, y este al jefe del tercio; no tener menos de 25 años de edad ni más de 45, saber leer y escribir, tener cinco pies y tres pulgadas, lo menos, de estatura los que hayan de servir en caballería y dos los de infantería.
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