Devaux bramó más órdenes y, en la confusión, Drinkwater oyó su propio nombre.
– ¡Sube al bote, mequetrefe! -rugió el primer oficial y, entonces, Nathaniel se apresuró hasta el combés donde se había extendido una red por el costado. La tripulación del bote estaba ya a bordo, pero se estaban descolgando más marineros armados con alfanjes. Drinkwater pasó un pie por encima del pasamanos y oyó el desgarro del tejido al engancharse los calzones en una cornamusa. Esta vez, no le importó.
Consiguió alcanzar el bote y, para su sorpresa, Devaux ya estaba allí, sin dejar de gritar.
– ¿Dónde está Wheeler? ¡Por el amor de Dios! -tronó al aire. Entonces, el teniente de marina, con su casaca roja, y seis de sus hombres se descolgaron por la red, enredando sus mosquetes en el cordaje.
– ¡Vamos! ¡Muévanse! ¡Malditos cimarrones! -gritó Devaux, ante las muecas divertidas de los marineros. Al teniente Wheeler le ofendió el insulto, pero no podía hacer gran cosa pues bastante tenía ya con descender al bote, con su sable, sin por ello perder la poca dignidad que le quedaba.
– ¡Empujen! ¡A los remos! ¡Todos juntos! ¡Quiero ver como sudan!
La embarcación se movió y Devaux le cedió la caña a Drinkwater.
– Llévenos a sotavento y manténganos allí. -Se giró y le dijo a Wheeler:
– Es un barco neutral, no lo aborde a menos que yo se lo diga. -Y elevando la voz, llamó:
– ¡Ayudante del contramaestre! -El suboficial, que se hallaba a proa entre los marineros, se puso en pie:
– ¿Señor?
– No se le ocurra abordar si yo no se lo pido. Pero si grito pidiendo ayuda, ¡les quiero ver moviendo las posaderas!
Los marineros sonrieron y acariciaron las hojas de sus alfanjes. Tras unos minutos, la voz insegura de Drinkwater exclamaba:
– ¡Esos remos! ¡Arriba los remos! ¡Aferrar! -El teniente Devaux alcanzó las cadenas del barco danés. Durante unos instantes, sus elegantes piernas colgaron inapropiadamente y luego, se elevó hasta la cubierta del bergantín.
El bote cabeceó al costado del extraño barco. De vez en cuando, se asomaba una cabeza albina que los observaba con curiosidad. En el bote, todos estaban nerviosos. Varias balas de cañón se deslizaron por el pasamanos precipitándose a la tablazón del bote. A Drinkwater le pareció que el primer oficial se había marchado horas atrás. Observó el balanceo del pasamanos al empujar el Atlántico su bote, arriba y abajo, al costado del bergantín. Miró nervioso a Wheeler. El infante de marina sonrió y dijo:
– No te preocupes, muchacho. Si el honorable John nos necesita, le oiremos aullar.
Por fin, para alivio de Drinkwater, las piernas de Devaux aparecieron sobre el pasamanos. Oyó la aterciopelada voz del oficial, sin rastro de aspereza:
– A sus pies, señora, -y al momento estaba ya en el bote. Sin ceremonias, le arrebató el timón a Drinkwater.
– ¡Vamos! ¡A los remos! ¡Todos a una, boguen! -Devaux se agachó a popa, con una urgencia física que no podía soslayar por más tiempo.
– ¡Boguen! ¡Con fuerza! ¡Como si tuviesen que apartar a un condenado francés del lecho de su madre! -Los hombres sonrieron ante esa obscenidad. Devaux sabía lo que hacía y los marineros remaban a destajo, las palas salían del agua y se precipitaban para la siguiente palada. A popa, el bergantín danés se hizo a la vela. Devaux se volvió y, siguiendo su mirada, Drinkwater adivinó un fugaz destello de color allá donde saludaba una mujer.
– Wheeler -dijo Devaux-, tenemos trabajo. Con parsimonia, Devaux le contó las novedades. Sabía que aquellos hombres transmitirían la información a la cubierta inferior. También sabía que Hope no se molestaría en hacerlo y que, a menos que Devaux divulgase la información, sólo llegaría un mensaje incomprensible a los rincones más recluidos de la Cyclops. Estos hombres podrían estar llamados a dar sus vidas en breve y el primer oficial pretendía provocar su pulsión sanguinaria. Ya había visto la exaltación que podía provocar un frenesí combativo entre los marineros británicos y sabía que, quizás, la Cyclops habría de necesitarlo muy pronto.
– El bergantín acaba de partir de Cádiz. Los caballeros españoles se han hecho a la vela y tienen toda una flota. Tenemos suerte de que el bergantín sea pro británico-declaró reflexivo-. Casado con una muchacha inglesa, y muy guapa -sonrió, y también lo hicieron los marineros. El mensaje estaba en camino.
Había anochecido ya cuando la Cyclops se reincorporó a la flota. La luna llena le permitió a Hope navegar entre los navíos hasta donde los tres fanales, colgados en horizontal de la jarcia del Sandwich , indicaban la presencia del almirante.
La fragata arrió parte del velamen y envió un bote para que Devaux informase a Rodney. A consecuencia de las trascendentales noticias, se ordenó que la Cyclops se hiciese a la vela para advertir a las fragatas más avanzadas. La flota había recogido parte del velamen a la puesta del sol para evitar dispersarse y que fuese más sencillo mantener la posición. La ágil fragata pronto rebasó a los buques de guerra y dejó atrás aquellos colosales costados que la empequeñecían y que avanzaban torpemente, crujiendo bajo la luz de la luna.
Al alba, la Cyclops divisaba ya las fragatas. A popa, se podían distinguir las gavias de la flota, si bien un barco, de setenta y cuatro cañones y de doble cubierta, el Bedford , navegaba a toda vela para alcanzar al resto de la escuadra.
El ineficiente código de señales que había de utilizar Hope dificultaba la transmisión de los mensajes a las fragatas más alejadas. Sin embargo, por una mera coincidencia, la señal emitida de «Zafarrancho» recibió dos horas más tarde idéntica respuesta del Bedford, del que ya se vislumbraban las bocas de sus dos baterías de cañones, pues Rodney había emitido su orden al amanecer.
Al primer redoble del tambor de los infantes de marina, Drinkwater percibió la tensión en la Cyclops. Se apresuró a su puesto en la cofa del trinquete, donde el cañón estaba cargado y cebado. Pero no hubo ocasión de precipitarse. Durante toda la mañana, los británicos permanecieron en sus puestos sin que se percibiese el menor indicio del enemigo. Una tras otra, todas las divisiones de la flota fueron alterando su rumbo hacia el sureste, rodeando los rosáceos acantilados del cabo de San Vicente y dirigiéndose hacia el Estrecho de Gibraltar. Al mediodía, la mitad de la dotación de la Cyclops abandonó su estado de alerta para ingerir un almuerzo compuesto de cerveza, ponche y galleta.
Tras un apresurado almuerzo, Drinkwater regresó a la cofa del trinquete, ansioso por no perderse ni un segundo de lo que se rumoreaba que habría de ser una acción de guerra. Miró en derredor. Las fragatas ocupaban de nuevo su puesto en la división principal y el Bedford estaba estacionado por la banda de costa.
En la cofa del trinquete, los hombres habían cargado los mosquetes. Tregembo acariciaba, pensativo, el pequeño cañón giratorio. A su espalda, en el tope del mayor, se veía con claridad la casaca azul de Morris. Se inclinaba por encima de un joven marinero de Devon, cuyos finos rasgos habían provocado las mofas de sus compañeros de rancho. Drinkwater no sabía identificar el sentimiento que le provocaba ver a Morris en esa postura, aunque sí le provocaba cierto desasosiego. Seguía siendo aún muy ingenuo ante las perversiones humanas.
Detrás de Morris, el sargento Hagan estaba a cargo de la cofa de mesana y de los tiradores de primera. Los uniformes escarlata suponían una vivida explosión de color que contrastaban con la oscura jarcia de cáñamo que casi nublaba la vista. Al mirar abajo, Nathaniel podía ver el alcázar al completo pues, al estar todo listo para entrar en acción, se había aferrado la vela mayor y la mesana.
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