Richard Woodman - El vigía de la flota

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Octubre de 1779. Nathaniel Drinkwater ingresa a sus catorce años en la Armada Real británica como guardiamarina. Su primer destino será la fragata Cyclops, de treinta y seis cañones. A partir de ese momento su vida dará un giro radical; aprenderá la dureza de la vida entrecubiertas, llegará su bautismo en combate frente a las costas del Cabo Santa María y llevará a cabo misiones en el Mediterráneo, en las islas del Canal y, finalmente, en las Carolinas justo en el momento en que los rebeldes americanos presionan más a las tropas leales a la Corona.

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– ¡Vista al barco! -gritó Morris, pavoneándose, aunque él mismo ojeaba la exuberancia de los apretados corsés.

Ya estaba cerca el Sandwich y un sudor frío empapó de nuevo la frente de Drinkwater. Mientras se retorcía inquieto, resolvió su problema fortuitamente al dar su mano con algo afilado. Miró hacia abajo y, bajo el enjaretado, pudo entrever algo parecido a un gancho. Levantó uno de los listones. En la sentina había un pequeño rezón con un gancho en el extremo. Así se libró de otra zurra. Al sacarlo, se inclinó hacia la boza del esquife y se enroscó el seno en la mano. Ya tenía un sustituto para el bichero. Pudo tranquilizarse y contemplar de nuevo la escena que le rodeaba.

Era una vista espléndida. Más allá de los barcos de guerra había varias fragatas ancladas. Ya habían cumplido una guardia nocturna en la boya Warner y si Drinkwater se hubiese mostrado menos turbado por la pérdida del bichero, habría prestado más atención. Sin embargo, ahora podía regalarse los ojos con una escena que su educación provinciana le había negado. Más allá del fuerte Gilkicker, se erguían aún más mástiles sobre los cascos que, con la distancia, parecían de un azul grisáceo. Los inexpertos ojos de Drinkwater no reconocieron las siluetas de los buques de transporte.

Era una flota magnífica. Gran Bretaña se esforzaba para conjurar la amenaza que se cernía sobre sus posesiones de las Antillas y socorrer a la renqueante flota estacionada en América del Norte. Durante dos años, desde la rendición del ejército de Burgoyne, Gran Bretaña había intentado que el artero Washington presentase batalla, al tiempo que contenía la creciente partida de enemigos europeos, que intentaban arrebatarle las distantes colonias en cuanto bajaban la guardia.

Este afanoso esfuerzo se había visto agravado por la corrupción, la malversación y la especulación que infectaban la vida pública en general, y la flota de lord Sandwich en particular. Aunque todo esto no preocupaba a Drinkwater pues ante él se extendía un espectáculo grandioso. Conforme el esquife se acercaba al enorme costado del Sandwich , el capitán Hope llamó la atención de Morris y este viró para encarar el mar.

– ¡Esos remos! -ordenó, y las palas se colocaron en horizontal, chorreando.

Drinkwater miró alrededor buscando la causa para dejar de bogar, pero no pudo encontrar ninguna. Al mirar de nuevo al Sandwich percibió cierto trajín en cubierta.

Los rutilantes oficiales, vestidos de azul y blanco, dirigían sus límpidos catalejos a popa, en dirección a Portsmouth. Drinkwater podía apenas vislumbrar los sombreros negros de los infantes de marina en formación. Entonces, se oyó el redoble de un tambor y los sombreros desaparecieron tras una hilera de bayonetas plateadas al hombro. Sonó un pitido estridente que hizo detener toda la actividad en el Sandwich. El enorme buque parecía aguardar anhelante mientras una pequeña esfera negra se erguía en el mástil del palo mayor.

Entonces, a popa, en el ángulo de visión de la Cyclops, surgió majestuosa la barcaza de un almirante. En su proa se agitaba la roja cruz de San Jorge. Los remeros bogaban con unánime precisión, sus cabezas adornadas por gorras negras, sus camisas rojas y blancas moviéndose al unísono. Un guardiamarina, bajo y atildado, se erguía en la popa, gobernando la caña. Su uniforme estaba inmaculado y su gorra, ladeada con gracia. Drinkwater examinó azorado su propio abrigo arrugado y los remiendos de los pantalones.

En la popa de la barcaza, iba sentado un hombre mayor envuelto en una capa. La impresión que habría de perdurar en Drinkwater fue la de su boca, delgada y adusta. La barcaza alcanzó el costado del Sandwich y el almirante sir George Brydges Rodney ascendió a su buque insignia. Se precipitaron, entonces, los pitidos de silbatos, redobles de tambor y el centelleo de las bayonetas erguidas, mientras que en el palo mayor la esfera negra se abrió dejando al descubierto la cruz de San Jorge. Fue en ese preciso instante que los cañones de la flota lanzaron sus salvas.

El almirante Rodney había llegado para hacerse cargo de la flota.

Unos minutos más tarde, Drinkwater lanzaba su rezón a las cadenas del Sandwich. La buena fortuna quiso que se enganchara a la primera y, sin ceremonias, el capitán Hope fue a presentar sus respetos.

El bergantín danés

Enero de 1780

El día de año nuevo de 1780, la flota del almirante Rodney se hizo a la mar. Además de las fragatas de patrulla y veintiún navíos de línea, no menos de trescientos mercantes despejaron el Canal esa gélida mañana. Según sus órdenes, la Cyclops formaba parte de la escolta de los transportes y, por ello, no participó en lo sucedido el ocho de enero.

Frente a las costas del cabo Finisterre, se avistó una escuadra española formada por cuatro fragatas, dos corbetas y el navío de sesenta y cuatro cañones, Guipuzcoano, además de un convoy de quince barcos mercantes. La flota al completo fue rodeada y apresada. Se distribuyeron las dotaciones de presa y el Guipuzcoano , con su nuevo nombre Prince William (en honor al duque de Clarence, que en aquel momento era un guardiamarina más de la flota) escoltó a los navíos de vuelta a Inglaterra. Sólo se quedaron las naves con vituallas, que se sumarían a los suministros con destino a Gibraltar.

La flota siguió su lento navegar por la costa ibérica durante la tarde del día quince. Drinkwater estaba sentado en la cofa de trinquete de la Cyclops , su puesto de combate, y desde allí contemplaba sus dominios, protegido por el mosquete y un pequeño cañón giratorio. Aquí se libraba de las grescas entre cubiertas, del incomprensible acoso de Morris y, durante los turnos de guardia, podía aprender los pormenores del arte de la navegación de un marinero de primera llamado Tregembo.

El joven Nathaniel aprendía deprisa e impresionó a la mayoría de sus superiores por su entusiasmo al acometer cualquier tarea. Esa tarde disfrutaba de un descanso y del lujo inesperado del sol de enero. Parecía imposible que sólo un par de meses antes no hubiese sabido nada de esta vida. Estas semanas habían estado tan preñadas de impresiones y acontecimientos que la despedida de su madre viuda y su hermano se le antojaba muy remota. Ahora pensaba, orgulloso, que formaba parte de la compleja organización que convertía a la Cyclops en un buque de guerra.

Drinkwater observó el barco que crujía a sus pies. Divisó al capitán Hope, no más que una figura lejana y envejecida, tan distinto al primer oficial. El honorable John Devaux era el tercer hijo de un conde, aunque venido a menos, un aristócrata hasta las cejas y, además, liberal. Hope y él eran oponentes políticos y la altiva juventud de Devaux irritaba al capitán. Henry Hope servía en la Marina desde hacía demasiado tiempo como para que se le notase, pues mejor sería no mostrase hostil con el influyente Devaux. En verdad, la valía del joven jamás se pudo en duda. A diferencia de muchos de los de su clase, se interesó por el negocio de la guerra marítima, y no sólo por mera cuestión de supervivencia. Si sus opiniones políticas hubiesen sido diferentes, o el gobierno liberal, la situación de ambos podría haber sido muy distinta. Era éste un hecho que ambos sabían reconocer, por lo que su desacuerdo no se manifestó jamás más que de forma velada.

En cuanto a la Cyclops , se había acomodado como cualquier otro navío sometido al sistema de leva. La dotación fue adiestrada por los oficiales de artillería, y se practicó el sistema de señales hasta la extenuación con el objetivo mantener el orden entre los indisciplinados mercantes. Al fin, tanto el capitán como su primer oficial coincidieron en que el sistema funcionaba aceptablemente. Hope no albergaba ilusiones de alcanzar la gloria, por lo que su carácter no mostraba fanatismo alguno. No pedía más que sus oficiales fuesen capaces y su tripulación, servicial.

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