A fines de 1761, cuando Isabel comienza a dudar de la capacidad de sus jefes militares, los rusos se apoderan de la plaza fuerte de Kolberg, en Pomerania. El ataque lo ha dirigido Rumiántsev, junto con un nuevo general que promete: un tal Alexandr Suvórov. Esta victoria inesperada da la razón a la emperatriz en contra de los escépticos y los derrotistas. Sin embargo, ella apenas tiene fuerzas para alegrarse. Las semanas de descanso que acaba de pasar en Peterhof no le han aportado ningún alivio. De regreso en la capital, su satisfacción por el ímpetu guerrero de su país se desvanece, ahuyentada por la obsesión de la muerte, las intrigas en torno a la herencia dinástica, los escándalos amorosos de la gran duquesa y la estúpida obcecación del gran duque en apostar por el triunfo de Prusia. No puede moverse de su habitación, pues, pese a todos los remedios, las llagas de las piernas le supuran. Además, sufre hemorragias y unos ataques de histeria que la dejan atontada y sorda durante horas. Recibe a los ministros sentada en la cama y tocada con un gorro de encaje. A veces, para distraerse, convoca a los mimos de una compañía italiana que ha hecho venir a San Petersburgo y observa sus muecas pensando con nostalgia en los tiempos en que los bufones la hacían reír. En cuanto se siente un poco animada, pide que le lleven sus vestidos más bonitos, escoge uno después de pensárselo detenidamente, se lo endosa a riesgo de reventar las costuras, se pone en manos del peluquero para que le rice el cabello como impone la última moda parisiense y anuncia su intención de asistir al próximo baile de la corte. Pero luego, plantada delante de un espejo, se aflige ante la visión de sus arrugas, de sus párpados marchitos, de su sotabarba y de la cuperosis de sus mejillas, y habiendo ordenado a sus camaristas que la desnuden, se mete de nuevo en la cama y se resigna a terminar sus días sumida en la soledad, el cansancio y los recuerdos. Cuando recibe a los pocos cortesanos que la visitan, ve en sus ojos una curiosidad sospechosa, la fría impaciencia del guerrero que permanece al acecho. Pese a sus gestos afectuosos, no van para compadecerla sino para averiguar si todavía le queda mucho tiempo de vida. Tan sólo Alexéi Razumovski le parece sinceramente conmovido. Pero ¿en qué piensa cuando la mira? ¿En la mujer enamorada y exigente que ha tenido tantas veces entre sus brazos o en aquella cuyo féretro adornará mañana con flores?
Pronto a esta obsesión funesta de Isabel viene a añadirse otra: el miedo a un incendio. El viejo palacio de Invierno, donde la zarina vive en San Petersburgo desde el comienzo de su reinado, es un inmenso edificio de madera que la más pequeña chispa haría arder como si fuese una antorcha. Si el fuego prendiera en un rincón de sus aposentos, ella perdería todos sus muebles, todas sus imágenes santas, todos sus vestidos. Seguramente ni siquiera tendría tiempo de huir y perecería abrasada. En la capital son frecuentes esta clase de siniestros. Debería hacer acopio de valor y tomar la decisión de mudarse. Pero ¿adónde? La construcción del nuevo palacio que Isabel ha encargado a Rastrelli está retrasándose tanto que no puede confiar en verlo acabado antes de dos o tres años. El arquitecto italiano pide trescientos ochenta mil rublos sólo para terminar los aposentos privados de Su Majestad, pero Isabel no dispone de ese dinero y no sabe de dónde sacarlo. Mantener al ejército en campaña le cuesta un ojo de la cara. Además, en junio de 1761, un incendio ha destruido los depósitos de cáñamo y lino, unas valiosas mercancías cuya venta hubiera ayudado a llenar las arcas del Estado.
Para consolarse de esta penuria y este desorden típicamente rusos, la zarina ha empezado de nuevo a beber grandes cantidades de alcohol. Cuando ha ingerido un número suficiente de copas, se desploma en la cama, vencida por un sopor casi bestial. Sus camaristas velan su descanso. Tiene a su lado, además, un guardián nocturno, el spálnik, encargado de permanecer atento a su respiración, escuchar sus lamentaciones y calmar sus angustias en los ratos en que emerge de la oscuridad y recupera la conciencia. Seguramente le cuenta a este hombre inculto, ingenuo y servicial como un animal doméstico, las inquietudes que la asaltan en cuanto cierra los ojos. Las historias de la familia y las sutilezas de la política llevan tanto tiempo dando vueltas dentro de su cabeza que se han convertido en una bazofia indigesta. Mientras rumia viejos rencores y vanas ilusiones, espera que la muerte aguarde al menos hasta que haya firmado un acuerdo definitivo con el rey de Francia. El hecho de que Luis XV no la quisiera como prometida cuando ella sólo tenía catorce años y él quince puede ser comprensible. Pero que dude en reconocerla hoy como única y fiel aliada, cuando los dos están en la cima de la gloria, eso es algo que, a su entender, no tiene explicación. ¡El bribón de Federico II no rechazaría semejante regalo! Claro que el rey de Prusia cuenta con el gran duque Pedro para hacer que Rusia se arrepienta. Isabel preferiría ser maldecida por la Iglesia antes que aceptar una humillación como ésa. Para demostrar que todavía es capaz de ocuparse de los asuntos de Estado, el 17 de noviembre emite un decreto destinado a reducir el impuesto sobre la sal, muy impopular, y, en una muestra de indulgencia tardía, publica una lista de condenados a cadena perpetua que deben ser puestos en libertad. Poco después, una hemorragia más violenta que de costumbre la obliga a interrumpir toda actividad. Cada vez que tose, vomita chorros de sangre. Los médicos ya no se apartan de su lado y confiesan que, en su opinión, no queda ninguna esperanza.
El 24 de diciembre de 1761, Isabel recibe la extremaunción y encuentra la fuerza suficiente para repetir las palabras de la oración de los moribundos pronunciadas por el sacerdote. En este mundo que se aparta poco a poco de ella, como aspirado hacia la nada, intuye la lamentable agitación de los que la enterrarán mañana. No es ella la que está muriendo, es el universo de los demás. Puesto que no ha resuelto nada sobre su sucesión, encomienda a Dios decidir la suerte de Rusia después de su último suspiro. ¿Acaso allá arriba no saben mejor que aquí abajo lo que le conviene al pueblo ruso? Hasta el día siguiente, 25 de diciembre, fecha del nacimiento de Jesús, la zarina lucha contra la oscuridad que invade su cerebro. Hacia las tres de la tarde, deja de respirar y un gran sosiego se extiende por su rostro, donde todavía quedan unos restos de maquillaje. Acaba de cumplir cincuenta y tres años.
Cuando las puertas de la cámara mortuoria se abren de par en par, todos los cortesanos reunidos en la sala de espera se arrodillan, se santiguan y bajan la cabeza para escuchar el anuncio fatídico, pronunciado por el anciano príncipe Nikita Trubetzkói, procurador general del Senado: «Su Majestad Imperial Isabel Petrovna se ha dormido en la paz del Señor.» El príncipe añade la fórmula consagrada: «Nos ha ordenado vivir muchos años.» Finalmente, declara con voz potente para no dar lugar a equívocos: «Dios guarde a nuestro Muy Gracioso Soberano, el emperador Pedro III.»
Tras la muerte de Isabel, «la Clemente», sus allegados hacen el respetuoso inventario de sus armarios y baúles, en los que encuentran quince mil vestidos, algunos de los cuales Su Majestad no se puso nunca, salvo quizá ciertas noches de soledad para contemplarse en un espejo.
Los primeros en inclinarse ante el cuerpo maquillado y engalanado de la difunta son, como está establecido, su sobrino Pedro III, que tiene dificultad para disimular su alegría, y su nuera Catalina, preocupada ya por cómo utilizará este nuevo reparto de las cartas. El cadáver, embalsamado, perfumado, con las manos juntas y una corona en la cabeza, permanece expuesto seis semanas en una sala del palacio de Invierno. Entre la multitud que desfila ante el féretro abierto, numerosos desconocidos lloran a Su Majestad, que tanto amaba a los humildes y no vacilaba en castigar las faltas de los poderosos. Pero las miradas de los visitantes se desplazan irresistiblemente de la máscara impasible de la zarina al rostro pálido y grave de la gran duquesa. Arrodillada junto al catafalco, Catalina parece absorta en una plegaria sin fin. En realidad, al tiempo que murmura interminables oraciones, reflexiona acerca de la conducta que deberá adoptar en el futuro para contrarrestar la hostilidad de su marido.
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