Henri Troyat - Las Zarinas
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Henri Troyat narra el destino de esas zarinas poco conocidas, eclipsadas por la personalidad de Pedro el Grande y por la de Catalina, que subirá al trono en 1761.
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Catalina, desposeída y desanimada, trata de olvidar su desgracia leyendo con pasión los Anales de Tácito, El espíritu de las leyes de Montesquieu, y algunos ensayos de Voltaire. Privada de amor, intenta paliar esa falta de calor humano interesándose en la filosofía e incluso en la política. A fuerza de frecuentar los salones de la capital, escucha con más atención que antes las conversaciones, a menudo brillantes, de los diplomáticos. Al lado de un marido completamente absorbido por pamplinas militares, adquiere una seguridad y una madurez mental que no pasan inadvertidas a los que la rodean. Isabel, cuya salud declina a medida que la de Catalina mejora a ojos vista, no tarda en percatarse de la metamorfosis progresiva de su nuera. Pero todavía no sabe si debe alegrarse o preocuparse por ello. Enferma de asma y de hidropesía, la zarina se aferra en su vejez al todavía joven y apuesto Iván Shuválov, que se ha convertido en su principal razón de vivir y su mejor consejero. Se pregunta si, para su tranquilidad personal, no sería preferible que Catalina tuviera, como ella, un amante oficial que la colmara en todos los aspectos y le impidiera inmiscuirse en los asuntos públicos.
Hacia mediados de 1755, por Pentecostés, un nuevo plenipotenciario inglés llega a San Petersburgo. Se llama Charles Hambury Williams y lleva en su séquito a un joven y vivaz aristócrata polaco, Stanislas August Poniatowski, de veintitrés años de edad. Stanislas es un apasionado de la cultura occidental, ha frecuentado todos los salones europeos, ha conocido personalmente, en París, a la famosa señora Geoffrin, a la que llama «mamá», y disfruta en Londres de la amistad del ministro Horace Walpole. Dicen que habla todas las lenguas, que se adapta a todos los climas y que gusta a todas las mujeres. Nada más desembarcar en Rusia, Williams se propone utilizar al «polaco» para seducir a la gran duquesa y convertirla en su aliada en la lucha que planea emprender contra la prusofilia del gran duque. Por otro lado, el canciller Alexéi Bestújiev, respaldado por toda la «facción rusa», está dispuesto a secundar al embajador británico en sus propósitos. Consciente de la situación, desearía que Rusia se pusiera abiertamente del lado de los ingleses en caso de conflicto con Federico II. Según los rumores que corren por las cancillerías, el propio Luis XV, percibiendo el peligro de una guerra, está impaciente por reanudar los contactos con Rusia. De la noche a la mañana, gracias a sus conversaciones de salón con Stanislas Poniatowski, Catalina se ve metida en pleno caos europeo. Sin darse cuenta, las cuestiones internacionales adoptan para ella el hermoso rostro del polaco. Pero, pese a sus numerosos éxitos mundanos, Stanislas es tremendamente tímido. Aunque tiene una gran facilidad de palabra, se siente paralizado de respeto ante la gracia, la elegancia y la capacidad de réplica de la gran duquesa. Arde de deseo, pero no se atreve a declararse. Es León Narishkin, el alegre compañero de aventuras de Sergéi Saltikov, quien lo empuja a dar el paso. La camarista confidente de Catalina, la señorita Vladislávov, facilita sus primeros encuentros en Oranienbaum. Siempre al acecho de las intrigas que se traman, la zarina no tarda en saber que su hija política ha encontrado un sustituto de Sergéi Saltikov, que su último amante se llama Stanislas Poniatowski y que los tortolitos se arrullan infatigablemente mientras el marido, indiferente, cierra los ojos y se tapa los oídos.
Isabel no se toma a mal que su hija política vuelva a echar alguna cana al aire, pero se pregunta si no habrá una segunda intención política detrás de esta relación amorosa. De repente le parece que hay dos cortes rivales en Rusia, la «gran corte» de Su Majestad y la «pequeña corte» granducal, y que los intereses de estas dos emanaciones del poder son opuestos. Para asegurarse las simpatías de la «gran corte», tradicionalmente francófila, Luis XV envía a San Petersburgo a un emisario escogido, Mackenzie Douglas. Este partidario de los Estuardo, de origen escocés y refugiado en Francia, pertenece al gabinete «paralelo» de Luis el Bienamado, llamado «el secreto del rey». Va a Rusia supuestamente para comprar pieles, pero en realidad para comunicar a la zarina un código confidencial que le permitirá cartearse directamente con Luis XV.
Antes de ponerse en camino, Douglas ha sido informado de que su misión será más delicada de lo previsto, pues Londres subvenciona ahora a Bestújiev para que sirva a la causa británica. Se dice que incluso la gran duquesa, apoyada por su actual amante, Stanislas Poniatowski, se ha puesto del lado de los ingleses. El príncipe Poniatowski, que había sido apartado provisionalmente de la corte, acaba de reaparecer con un cargo oficial: ha sido nombrado ministro del rey de Polonia en Rusia. De este modo, su presencia queda regularizada, y Catalina ve en ello la promesa de un plácido futuro para su relación. Por otro lado, la gran duquesa se siente reconfortada por las recientes disposiciones de Alexéi Bestújiev respecto a ella. Habiéndose agregado junto con el canciller al clan de los amigos de Inglaterra, se siente a salvo. Bestújiev ha suprimido el odioso espionaje al que la sometía la emperatriz. Ésta sólo recibe ahora de Oranienbaum informes relativos a las extravagancias prusianas de su sobrino.
En este clima de vigilancia recíproca, prudentes negociaciones y engaños corteses, en San Petersburgo se ha elaborado un primer tratado tendente a definir la actitud de las diferentes potencias en caso de un conflicto francoinglés. Pero, de repente, tras unas deliberaciones secretas, el 16 de enero de 1756 se firma en Westminster un nuevo acuerdo en el que se estipula que, en el supuesto de una guerra generalizada, Rusia se unirá a Francia en su lucha contra Inglaterra y Prusia. Esta brusca inversión de las alianzas deja atónitos a los no iniciados y subleva a Isabel. Sin duda alguna, Bestújiev, mejor pagado por alguna otra potencia, ha roto los compromisos de honor que Rusia había contraído con Prusia. Y Catalina, sin detenerse a pensar, ha seguido encantada su ejemplo en ese cambio de chaqueta tan escandaloso. Además, siempre se ha dejado engatusar por el espíritu francés. En la furia de Su Majestad influye tanto la contrariedad política como el amor propio herido. Lamenta haber confiado en el canciller Alexéi Bestújiev para llevar las negociaciones internacionales, cuando el vicecanciller Voróntsov y los hermanos Shuválov le aconsejaban aplazar esta decisión. A fin de tratar de limitar los daños, en febrero de 1756 convoca a toda prisa una «conferencia» que, bajo su presidencia, reúne a Bestújiev, Voróntsov, los hermanos Shuválov, el príncipe Trubetzkói, el general Alexandr Buturlin, el general Apraxin y el almirante Golitsin. ¡Mucho será que todas esas cabezas pensantes no consigan salir del embrollo! En resumen, para evitar lo peor, se trata de saber si, en la hipótesis de un enfrentamiento, Rusia puede aceptar donativos a cambio de su neutralidad. Isabel, haciendo alarde de honor imperial, dice que no. Pero entonces llega a sus oídos que Luis XV se dispone a firmar un acuerdo de ayuda militar recíproca con María Teresa. Obligada por sus compromisos anteriores con Austria, Rusia se convierte al mismo tiempo en aliada de Francia. Atrapada a su pesar entre Luis XV y María Teresa, Isabel no tiene más remedio que enfrentarse a Federico II y Jorge II. ¿Debe alegrarse o asustarse? A su alrededor, los cortesanos se sienten divididos entre el orgullo nacional, la vergüenza de haber traicionado a sus amigos de ayer y el temor de pagar muy caro un cambio de rumbo innecesario. Se comenta, en secreto, que la gran duquesa Catalina, Bestújiev y tal vez incluso la emperatriz han recibido dinero para embarcar al país en una guerra inútil.
Indiferente a estos rumores, Isabel se encuentra, para su asombro, en la posición de una amiga indefectible de Francia. Poniendo al mal tiempo buena cara, el 7 de mayo dispensa a Mackenzie Douglas, de regreso en San Petersburgo tras una breve desaparición diplomática, un recibimiento repleto de delicadeza, de aprecio y de promesas. A Douglas le sigue, con un intervalo de unos días, el extraño Charles de Beaumont, llamado el caballero de Éon. Este personaje equívoco y seductor ya había hecho, tiempo atrás, una primera aparición en Rusia. Entonces vestía prendas femeninas. La elegancia de su ropa y la viveza de su conversación habían seducido a la emperatriz, hasta el punto de que le había pedido que fuera ocasionalmente su «lectora». Y ahora el caballero de Éon vuelve a lucirse ante ella, pero vestido de hombre. Se exhiba con falda o con calzas, Isabel sigue encontrándole la misma gracia y el mismo ingenio. ¿Cuál es su sexo? A la emperatriz le da igual. ¡Ella misma ha cambiado de sexo tantas veces en las mascaradas de la corte! ¿Acaso lo esencial no es que ese gentilhombre tenga la inteligencia y el gusto franceses? Beaumont le trae una carta personal del príncipe de Conti. Los términos calurosos de este mensaje la conmueven mucho más que las consabidas amabilidades de los embajadores. Sin vacilar, le contesta: «No quiero ni terceros ni mediadores en una reunión con el rey [Luis XV]. Sólo le pido verdad, rectitud y una absoluta reciprocidad en lo que se acuerde entre nosotros.» La declaración carece por completo de ambigüedad: más que una demostración de confianza, es una declaración de amor por encima de las fronteras.
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