Henri Troyat - Las Zarinas

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Tras la muerte de Pedro el Grande, en 1725, ¿quién sucederá a ese reformador déspota y visionario? Rusia está inquieta, nobles y vasallos trazan sus estrategias y desarrollan hipótesis acerca de quién ocupará el trono. Serán tres emperatrices y una regente quienes detentarán el poder durante treinta y siete años: Catalina I, Ana Ivánovna, Ana Leopóldovna, Isabel I. Mujeres todas ellas caprichosas, violentas, disolutas, libertinas, sensuales y crueles, que impondrán su extravagante carácter al pueblo y harán vacilar a la Santa Rusia.
Henri Troyat narra el destino de esas zarinas poco conocidas, eclipsadas por la personalidad de Pedro el Grande y por la de Catalina, que subirá al trono en 1761.

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La cuestión es que el 22 de octubre de 1729, aniversario del nacimiento de Iekaterina, los Dolgoruki comunican a sus invitados que la joven acaba de ser prometida al zar. El 19 de noviembre, el Alto Consejo secreto recibe el anuncio oficial de los esponsales, y el 30 del mismo mes se celebra una ceremonia religiosa en el palacio Lefort de Moscú, donde Pedro acostumbra a residir durante sus breves estancias en la ciudad. La anciana zarina Eudoxia ha accedido a salir de su retiro para bendecir a la joven pareja. Todos los dignatarios del imperio y los embajadores extranjeros se encuentran presentes en la sala, esperando la llegada de la elegida. Su hermano, Iván Dolgoruki, el antiguo favorito de Pedro, va a buscarla al palacio Golovín, donde se ha alojado con su madre. El cortejo atraviesa la ciudad aclamado por una multitud sencilla y crédula que, ante tanta juventud y tanta magnificencia, está convencido de asistir al final feliz de un cuento de hadas. A la entrada del palacio Lefort, la corona que adorna el techo de la carroza de la prometida se engancha con el montante superior del pórtico y cae al suelo con estrépito. Los supersticiosos interpretan este incidente como un mal presagio. En cuanto a Katia, no se inmuta. Cruza muy erguida el umbral del salón de ceremonias. El obispo Feofán Prokópovich la invita a acercarse junto con Pedro. La pareja se coloca bajo un palio de oro y plata sostenido por dos generales. Tras el intercambio de los anillos, salvas de artillería y campanadas preludian el desfile de las felicitaciones. Siguiendo el protocolo, la zarevna Isabel Petrovna da un paso adelante y, tratando de olvidar que es la hija de Pedro el Grande, besa la mano de una «súbdita» llamada Iekaterina Dolgoruki. Al cabo de un momento le toca a Pedro II dominar su despecho, pues el conde de Millesimo, tras aproximarse a Iekaterina, se inclina ante ella. La joven ya se dispone a tenderle la mano. Pedro querría impedir ese gesto de cortesía, que le parece incongruente, pero ella acelera el movimiento y presenta espontáneamente sus dedos al agregado de embajada, que los roza con los labios antes de incorporarse, mientras el prometido le dirige una mirada asesina. Al ver la expresión irritada del zar, los amigos de Millesimo se lo llevan y desaparecen con él entre la multitud. Entonces es cuando el príncipe Vasili Dolgoruki, uno de los miembros más eminentes de esta numerosa familia, cree que ha llegado el momento de dirigir un pequeño discurso moralizador a su sobrina. «Ayer yo era tu tío -dice ante un círculo de oyentes atentos-. Hoy, tú eres mi soberana y yo soy tu fiel servidor. Sin embargo, apelo a mis antiguos derechos para darte este consejo: no mires al hombre con quien vas a casarte sólo como tu marido, sino también como tu señor, y no te ocupes más que de complacerlo. […] Si algún miembro de tu familia te pide favores, olvídalo para no tener en cuenta más que el mérito. Será el mejor medio de garantizar toda la felicidad que te deseo.» [19]

Estas doctas palabras tienen la virtud de ensombrecer el humor de Pedro. Hasta el final de la recepción, permanece ceñudo. Ni siquiera durante los fuegos artificiales que clausuran la fiesta concede una mirada a la joven con la que acaba de intercambiar promesas de amor y de confianza eternos. Cuanto más escruta los rostros alegres que le rodean, más tiene la impresión de haber caído en una trampa.

Mientras él se deja baquetear por las intrigas políticas, las mujeres, la bebida y los placeres de la caza, el Alto Consejo secreto dirige, mejor o peor, los asuntos del Estado. Por iniciativa de los sabios y con el aval del zar, se toman medidas para reforzar el control sobre la magistratura, reglamentar la utilización de las letras de cambio, prohibir al clero el uso de prendas laicas y reservar al Senado el conocimiento de los problemas de la Pequeña Rusia. En resumen, pese a la deserción del emperador, el imperio continúa.

Entre tanto, Pedro se ha enterado de que su querido Iván Dolgoruki está pensando en casarse con la pequeña Natalia Sheremétiev. A decir verdad, no tiene ningún inconveniente en ceder su «valido» de otros tiempos a una rival. Así pues, queda convenido que, para afianzar la amistad innata que une a los cuatro jóvenes, las dos bodas se celebren el mismo día. Sin embargo, este arreglo razonable no para de atormentar a Pedro. Todo -cosas y personas- le decepciona y le irrita. En ningún sitio está a gusto y ya no sabe con quién sincerarse. Poco antes de que acabe el año, se presenta sin haber sido anunciado en casa de Isabel, a la que ha descuidado en los últimos meses. La encuentra mal instalada, mal servida, privada de lo esencial, cuando debería ser la primera dama del imperio. Ha ido a quejarse ante ella de su desasosiego y es ella quien se queja ante él de su indigencia. Isabel acusa a los Dolgoruki de haberla humillado y arruinado y de disponerse a ejercer su dominio sobre él a través de la esposa que le han arrojado a los brazos. Conmovido por las quejas de su tía, a la que sigue amando en secreto, replica: «¡Yo no tengo la culpa! ¡No me obedecen, pero pronto encontraré la manera de romper mis cadenas!» [20]

Estas palabras son referidas a los Dolgoruki, que se consultan para elaborar una réplica a la vez respetuosa y eficaz. Además, hay otro problema familiar que es preciso solucionar urgentemente: Iván se ha peleado con su hermana Katia, la cual desde sus esponsales ha perdido todo sentido de la mesura y reclama los diamantes de la difunta gran duquesa Natalia, afirmando que el zar se los había prometido. Esta sórdida disputa en torno a un cofrecillo de joyas puede irritar a Pedro en el momento en que es más necesario que nunca adormecer su desconfianza. Pero ¿cómo hacer entrar en razón a una mujer menos sensible a la lógica masculina que al destello de unas piedras preciosas?

El 6 de enero de 1730, en la tradicional bendición de las aguas del Nevá, Pedro llega tarde a la ceremonia y se queda de pie detrás del trineo descubierto donde está Iekaterina. En el aire gélido, las palabras del sacerdote y el canto del coro tienen una resonancia irreal. El vaho sale de la boca de los cantores al mismo tiempo que su voz. Pedro tirita durante el interminable oficio. Al regresar al palacio, es presa de escalofríos y se mete en la cama. Todos creen que se trata de un resfriado. Por lo demás, el 12 de febrero el zar se encuentra mejor. Sin embargo, cinco días más tarde los médicos descubren en él los síntomas de la viruela. Ante el anuncio de esta enfermedad, con frecuencia mortal en la época, todos los Dolgoruki se reúnen, aterrorizados, en el palacio Golovín. El pánico ensombrece los semblantes. Ya se prevé lo peor y se buscan salidas para la catástrofe. Entre la agitación general, Alexéi Dolgoruki afirma que sólo habría una solución en el caso de que el zar llegara a desaparecer: coronar sin tardanza a la que él ha escogido como esposa, Iekaterina, la pequeña Katia. Pero esta pretensión le parece exorbitante al príncipe Vasili Vladímirovich, que protesta en nombre de toda la familia.

– ¡Ni yo ni ninguno de los míos querremos ser sus súbditos! ¡No está casada!

– ¡Está prometida! -replica Alexéi.

– ¡No es lo mismo!

La discusión sube de tono. El príncipe Sergéi Dolgoruki habla de sublevar a la Guardia para apoyar la causa de la prometida del zar. Mirando al general Vasili Vladímirovich Dolgoruki, dice:

– Iván y tú mandáis el regimiento Preobrazhenski. Vosotros podéis ordenar lo que queráis a vuestros hombres…

– ¡Nos matarían! -contesta el general, y abandona la reunión.

Tras su marcha, otro Dolgoruki, el príncipe Vasili Lukich, miembro del Alto Consejo secreto, se sienta junto a la chimenea donde arde un enorme fuego de leña y, sin pedir la opinión de nadie, redacta un testamento para presentárselo al zar mientras éste todavía tenga fuerzas para leer y firmar un papel oficial. Los demás miembros de la familia se congregan a su alrededor e intervienen sugiriendo una frase o una palabra para redondear el texto. Cuando el príncipe termina de escribir, entre los presentes se alza una voz que expresa el temor de que mentes malintencionadas pongan en duda la autenticidad del documento. Inmediatamente interviene un tercer Dolgoruki, Iván, el valido de Pedro y prometido de Natalia Sheremétiev. ¿Se necesita la firma del zar? ¡Eso es pan comido! Se saca un papel del bolsillo y lo exhibe ante su parentela.

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